SUBVERSIÓN.

El escritor leonés Jose Antonio Martínez Reñones, participa en el menú literario de nuestra página con un relato corto, en el que aborda con maestría y un atervimiento inimaginable la historia de amor entre un tractorista que lleva remolacha a La Veg

El poeta y escritor leonés Jose Antonio Martínez Reñones, participa en el menú literario de nuestra página con un bello relato corto, en el que aborda con maestría y un atervimiento inimaginable una historia de amor entre un tractorista que lleva remolacha a La Vegellina y una joven revolucionaria.

Una atrevida historia de amor y misterio que discurre por los campos leoneses sumamente conocidos por todos los que han pateado en algún momento paisajes o discotecas de la zona.

La historia de amor también discurrió por estos rincones de Benavides. fotografía de guiarte.com. Copyright.

SUBVERSIÓN

Tenía los pechos firmes, tersos, no maduros ni desmayados, vamos, digo, como guindas por San Juan. Cuando los notaba presionarse contra mí, resbalaban y se huían como masa de pan entre los dedos. Iban y venían fugaces igual que corzos, fugitivos como flanes, pero, en contra, los pezones, los pezones rosas, se mantenían duros y tozudos como un chupachús, rosa chupachús. Le acariciaba la espalda y no sé - porque, la verdad, a mí no se me suelen ocurrir estas delicadezas - me parecía estar tocando alas de ángel o algo así. Yo me entiendo. ¡Y aquellas nalgas suaves de raso y acolchadas de mazapán; aquellas nalgas que cogerías una en cada mano y no te hartarías de estrujarlas porque parece que se te han pegado con mosto, con dulce mosto!. No me creerás, pero estas son las verdades que mejor recuerdo de ella.

Recuerdo que estábamos de pie y desnudos, desnudos desnudamente. No sé si me explico. Ella desnuda, desnuda del todo. Ella sólo muslos y yo sólo besos sobre su desnudo del todo. Besos y muslos y besos hasta la rodilla, por el interior de los muslos estremeciéndola como a lametazos de ortiga, saltando de un muslo a otro muslo, lamiendo con más dedicación que una vaca a su cría. Besarla y olerla. La nariz, como un sabueso a ras de piel, siguiendo la estela de una bandada de perdices y aquel aleteo llegaba al prado de su hierba pelirroja, a aquellas matas donde inhalaba la humedad de su coño con más ahínco que esos de la coca. Ya digo, besos y olerla y besarla y lamerla y sorberla, apurarla con más ganas que un cigarro en una helada. Y volvía a ponerme de pie contra ella y le colocaba el badajo entre las piernas - porque se me iba así, sin casi darme cuenta, como la aguja de una brújula, con una terquedad indiscutible - y ella, ahora lo apretaba, ahora lo dejaba respirar, ahora lo jineteaba y se convulsionaba como una comba, ahora parecía que lo iba a estrujar con ese andar prieto de piernas cruzadas conque caminan las chicas de las bandas que desfilan ante el babeo del personal que se afeita. Y él, el badajo, decía, como atontado, como buscando el aire, siempre para arriba, para arriba y siempre asfixiado como pidiendo socorro y frotándose como un barbo con sarna. Y a mí que ni me parecía mal todo ésto, ya digo.

Durante un tiempo, estando de pie, me entretuve en hurgarla, en rastrearla, en tantearla despacio como si fuera un ciego que aprende a leer. En el triángulo de su coto de pelo pelirrojo los dedos se comportaban como cinco gatos en un zarzal. El que llaman corazón se resbaló como un buzo hasta su crica, que al sentirlo lo enjauló de un golpe, apretándolo en un intento de tomarlo como propio. Era tal la presión que pensé a lo bestia,- porque en ocasiones así se le escapa a uno todo el animal - : Esta me lo quiere gangrenar. Y no era verdad. A lo mejor fue la alegría de conocernos o yo qué sé, porque al rato ya quería que me moviese por allí con la soltura conque un bancario recuenta los billetes. Tan pronto adentro hasta los nudillos, tan pronto afuera como para escarbar y coger carrera, tan pronto a tocar ese timbre de gusto que tienen las hembras y que las hace enrebujarse como un ocho. No sé si he reparado, pero tenía una raja corta y flexible como la de los monederos de antes. La verdad es que era jugosa y rechonchita como la boca, en realidad debe se otra boca colocada en perpendicular - son los caprichos de Dios, que inventó la dislocación de las cosas antes que el Picasso ese- y esa boca también daba una agüilla de sandía madura. Ni quiero ofender ni ponerme pelma, pero era así. Después ella de oficiante besándome con brasas por el cuello, los hombros, las tetillas, el vientre, el pubis ¿ se dice así ?, ¡ joder qué finuras !. Repasándome el torso con las manos como un pincel y haciéndome pintadas obscenas con saliva y dándome calambre con un raspe de sus pezones y agarrándome como a puñados mis signos de varón. Yo que soy rudo y que cuando conocí a otras mujeres, quizás tan diestras como yo, lo hice frente a frente y allí me extenuaba entre la presión comprimida en los cojones y el no saber qué hacer con ellas allí despatarradas, quietas como una foto, digo que esto me gustaba, pero me dejaba patidifuso.

En otro tiempo estas piruetas me encabronarían, pero hecho así , tan simple que hasta parecía natural, no sé, aquella noche tan clara, con el puente Paulón guardándonos en las sombras y el Orbigo pasando al lado y tocando un finísimo violín, ya digo, para desparramarse y empezar a creer de qué forma tiene que ser el cielo si es que lo debe haber. Y me la cogió con las dos manos mientras se agachaba y con las puntas de las uñas me hizo un tamborileo en la cúpula roja e hinchada que me subió una descarga por todo el espinazo y me puso el culo hermético como un submarino. Y luego la engulló despacio, despacio, despacio..., tirando del pellejo para atrás, con los ojos cerrados, concentrada en aquel alargue de macho que le atiborraba hasta las anginas.

Ojalá, pensé medio idiotizado, nos quedemos eternamente así. Ya digo que exactamente el cielo debe de ser eso y que si no lo es, es un fraude. De rodillas, oye, me estaba rezando un ordeño que ni un piva, tú. Y uno, que es duro hasta que empieza a ser blando, no tuvo más remedio que desembalsar como un pantano. Me ponía de puntillas y resollaba y hacía intentos de zafarme de sus llaves, pero que no, que no. Me estrujaba contra ella que creí que terminaría arrebañándome la rabadilla. Y ya te digo, exploté a borbotones, como un fuego artificial de polvorón. Es que me puso el territorio central como un brasero.Y, además, abrió más la boca y apretándome la picha para apurar los restos iba dejando derramar los cuajos como a gotas condensadas y tragándolo a quisquilete. No se apartó. No hizo ascos.

Parecía todo tal que natural. Y me dejé caer. No me quedaron más que la horma de los huesos, digo por no exagerar. Y entonces tumbado, sí me di cuenta del puente, del Órbigo, de la noche estrellada. Y hasta me dio por pensar que era bonito imaginar la Vía Láctea, el nuestro Camino de Santiago, que era como una infinita corrida de Dios. Oye, sin que nadie se moleste, porque tengo para mí que a Dios hay que tratarlo como de tú, porque lo demás son ganas de joder a la cuadrilla o de hacer negocios. También me dio tiempo a meditar, porque ella cesó como complacida y se rindió dormitando junto a mí.

Nos cubrimos con la ropa y el resto de la manta que llevo siempre en el coche. Medité, es un decir, porqué no me habría dejado joderla como debe hacerse, es decir, como un macho y una hembra. Y además medité que quién era, que de dónde era, que qué hacía, que a qué se dedicaba de verdad... Porque, esa es otra, yo a esas alturas, en cueros y a dos velas. La verdad es que todo eso no dejaba de preguntármelo desde hacía un mes que nos llevábamos viendo. Pero ella escurriendo el bulto: que no me preguntes. Pero que misterio ni qué niño muerto: que no me preguntes, que a ti no quiero engañarte. ¿Que no quieres engañarme a mí, por qué a mí ?. Bueno, de todas formas continué machacando el morral porque me intrigaba. Qué cojones, me parece a mí que es lo normal o ¿ no ?. ¿ Que cómo te llamas siquiera ?. Y Ella se levantó empalidecida por la luna, guapa como un jazmín que se ondula, y me miró fijamente, tan fijamente y tan largo, que ya me cundía el examen y casi compasiva, más que misteriosa, me espeta que mañana, mañana lo sabría todo.

Rediós, la muchacha. Estaba claro que a ésta se le habían empachado tantas horas de cine. Mañana sería lunes, nada especial a simple vista, un lunes más de un noviembre más. Y qué iba a pasar por aquí que hasta han dejado de pasar los ferrobuses y los titiriteros ni siquiera se molestan en acudir a las patronales de puro muerto que está todo. Y qué iba a pasar. Y yo qué sé. Bueno, se puso tan seria que empecé a temer que a lo mejor si pasaba algo, no sé. A veces uno no se entera hasta que no se le viene todo encima.. Así que nos levantamos, nos atusamos y la llevé como siempre para Veguellina.

Se bajó como siempre en los soportales de Extensión Agraria y como siempre hasta que no humeaba y metía tercera plaza abajo no se movía, así que tampoco sabía siquiera dónde vivía. No sabía quién era, qué hacía, cómo se llamaba, dónde vivía y tú dirás eres jilipollas chaval, y a lo mejor es verdad que lo soy, pero no lo sabía. Y no es una película. Te lo juro. Pero esa noche, mira tú, sí que me fui mosca para casa y venga a darle vueltas y venga a roncarme los huevos el puto tema, me despertaba con la lengua áspera como una corteza de palera y venga a enroscarme en las sábanas, desasosegado, oye, como la noche antes de sacar el carné de conducir o que te fueras a ir de viaje o algo así.

Y venga a rumiar siempre lo mismo y vuelta a repasar desde que la conocí, que la conocí un día cualquiera. Que yo estaba a la cola de la Ribera quitándole la lona al remolque. Serían las diez y una muchacha se para a lado. Yo a lo mío, a doblar la manta y meterla en el pescante. A todo esto, la muchacha, así, de reojo, está que entela: tacón, medias, minifaldas, gabardina y oliendo a droguería y todo eso. Me pide fuego. Claro, toma. Nunca la había visto. Sería nueva. Daría clase en el Instituto. Y es que ya digo la chavala como para escornarse, oye. Una cosa así no se le va a nadie a poco que le queden dos ojos bajo las pestañas. Nunca la había visto. Y la muchacha me da hebra. Venga a largar, a mentar pijadas, ni sé y yo colorao, cada vez más y fumando sin ton y no sabiendo donde meter las manos con esas uñas mal cortadas y negras y los paisanos de atrás tocándome los huevos que si tiras o te la tiras o la tira de la Once o yo que sé qué chorradas. Y Ella coqueteando sin cortarse y agradeciendo los piropos con soltura con una profesionalidad que vaya la que me estaba cayendo a mí. Yo meao, claro. Aquello no era normal. Y encima va y me pregunta que cuando me toca la próxima papeleta. Quedé alelado. Y ¿ eso ?. La caraba, tú. Y venga a lo mismo, a la papeleta de mis colgantes como la burra al trigo.. Hasta que se me hinchó lo hinchable y para acabar la sesión la invito el domingo a Benavides, a la pista de los Cirolines. Estaba cantado que iba a decir que sí. No sé porqué, pero estaba cantado.

Y ya estamos en los asientos de eskai fumando como una térmica toda la noche y yo yendo a la barra y pidiendo un larioscola y para ella un pipermín. Y entremedias ansioso, desenfrenado, sobre todo cuando ponían esas luces como de ultratumba que destacaban las dentaduras y el blanco de los ojos y empezaba el agarrao con las Noches de Blanco Satén. Yo salido, ni te cuento, la picha como un estil, pero Ella que só y yo sobándola con más entusiasmo que si remejiera chichas y Ella que sóóó. Mecagonningundios. Y ella: Relájate. ¿ Rela..qué ?. Te comportas como un jato. La hostia tú, yo un jato. Vaya con la templagaitas ésta. En fin. Mientras yo embodegaba mis larioscola Ella zurra y dale a preguntar, date cuenta, del trabajo, de la remolacha, de si todos juntos no sería mejor, si no sería la hora de luchar de una vez por todas, joder, la tipa. De remolacha y con una jai así, digo como recortada de un Interviú. Tres domingos con misma murga que si no me doy cuenta que me están robando el sudor los intermediarios, ¡no te jode, la lista!, que si hay que colectivizar, ¿ y eso qué es ?, que a qué clase de sindicato estoy afiliado, yo que siempre he pasado de esos mamones, que si hay que empezar a hacer algo... Unas charlas, oye que no acertaba a distinguir de qué púlpito me venía el sermón.

Con los callos que ya tiene este rapaz y aguantando nanas del hombre del unto, no te amuela la doctora. Para ser claro, añado, que sí, que es verdad que me destemplaba: esa voz, ese aplomo... No sé. Aquello era un cachondeo o una imaginación. Y yo venga a restregarme los ojos. Ahora, en el tiempo, reparo que algunas veces me dejaba clavado, tieso, sobre todo cuando pasaba el cuatro ele de la guardia civil y Ella escupía con tanto asco que parecía un hombre. Ahí, por un repente, creo que pensaba que sí se tomaba en serio todo lo que contaba. El caso es que si no hubieran andado los cubatas a mano termino cogiendo complejo de párvulo con babero y cachuscas. De trincar, ya te digo, nada de nada, hasta el día del puente Paulón. Pero a pesar de todo yo indagaba como podía sobre su edad ( ¿ 23 ? ), la piel le daba como más joven, pero tenía una mirada tan severa.¿ Asturiana ?. Podía, no sé, la verdad es que no tenía dejes ni acentos. Se cuidaba mucho el palabrario. Nunca hablaba de su tierra ni de su familia ni de sí misma. parecía un libro sólo doctrinas, sólo frases, y vuelta a preguntar y vuelta a reír ( eso sí, cuando reía me reducía a un extasiado feligrés ). Y decía Prudón tal y Malatesta cual y Guérin, como el cura canturrea según San Mateo, San Marcos o San Juan.

Yo ni me enteraba. Porque la verdad, a ver, qué riles tengo yo que ver con todo eso...

Y llegó el lunes. Nada. Ni siquiera la vi, ni el martes, ni el miércoles, ni ya ningún día más. Hasta ayer, claro, de otra manera. En foto. En tres fotos recortadas de El País, tres fotos como esas que salen en la tele donde sacan a los de ETA. Una de frente y las otras dos de cada uno de los perfiles. Estaba desfigurada, como a borrones por la cara y el pelo más corto y fruncida como seria, no sé. En el sobre que me mandó ponía: Cárcel de Mujeres de Yeserías y ponía en letra de estudiada, muy bonita:

Querido Carmelo: Nos tenían controlados. Últimamente estos hijosdeputa andan muy espabilados con toda esa mierda de la informática, el vídeo, los micrófonos y demás. En fin, (como tú decías ). Imagino que te habrás enterado por los periódicos. No pudo ser y no pudo ser, pero algún día va a tener que ser. La Revolución que pretendemos no va a tardar en llegar. En contra de lo que se piensan los orondos capitalistas, los fofos burgueses de las clases medias, los fascistas marxistas, incluso las barrigas agradecidas de las clases bajas e ignorantes, nuestra Revolución es imparable. La Historia ha alcanzado tal punto de degradación que ha llegado el momento de recuperar el ideal del hombre autárquico y hecho para la felicidad, no para los electrodomésticos.

La Organización acordó iniciar el despliegue entre las gentes humildes, que debíamos contactar con lo que queda ( lo que está dejando este mercadeo devorador ) del campesinado, porque aún les permanecen rescoldos de orgullo e individualismo suficiente que ha sido desarrollado en colectividad. También acordamos asambleariamente realizar acciones de posicionamiento, tanto para que sepan que ya estamos aquí, como para expandir nuestro ideario. Y a mí se me encomendó, algo que no te puedo detallar - ya sabes que estos peleles leen las cartas con rayos x -, pero que hubiera alcanzado su éxito si la azucarera de Veguellina hubiera saltado por los aires o hubiéramos conseguido que el consejo de administración de la misma hubiera cedido la empresa a los cultivadores. Ese era nuestro objetivo.

Aún no está la fruta madura, a lo que podemos observar por esta u otras acciones, por lo que estamos trabajando en otros niveles. Ya te explicaré. Tengo unas ganas locas de salir de aquí y verte. Muchas noches, te confieso, me duermo pensando en tu mirada ingenua y tierna. Perdona si por mi causa te incordian los picoletos. El 18 me sale el juicio. Vamos a ver lo que me echan y ya te contaré. Te quiere Ana.

Y yo me he quedado más atolondrado que nunca. Ha pasado un año y cada día que amanece parece que floto. Trabajo y no me entero. No salgo, no bebo. Sólo pienso y paseo y las horas haciendo cola para entregar remolacha se me vuelven insufribles, porque pienso que va aparecer detrás de cualquier tractor y no aparece y vuelvo a casa como un sonámbulo. De aquella Revolución que decía en la carta no entendí mucho, la verdad, porque yo de letras, ya te digo, para ir tirando.

Noli me Tángere.

> > Volver a la guía de La Cepeda