La criada de Corús

A Inés Bardón, que salió de Corús cuando acababa de cumplir doce años, nadie le preguntó si quería servir en Astorga, en casa del señor Pascual, que allá por abril de 1931 era el cacique más poderoso
Así comienza un nuevo relato de Juan

A Inés Bardón, que salió de Corús cuando acababa de cumplir doce años, nadie le preguntó si quería servir en Astorga, en casa del señor Pascual, que allá por abril de 1931 era el cacique más poderoso de La Cepeda y Maragatería, o sí acaso prefería vivir en el pueblo, a pesar de que se había quedado huérfana un mes antes. A la pobre niña le dijeron que tenía que marchar a trabajar a casa de un señor importante y punto. Así, sin ninguna explicación.

En realidad, todo ocurrió por culpa de una tía de la niña que, además de mala y de puta, pues se acostaba con el párroco de Manzanal por los donativos que dejaban los feligreses los domingos en misa, era una alcahueta con muy mala baba a la cual la temía todo el pueblo. En cuanto la veían aparecer por una calle, la gente cruzaba a la otra; el caso era no encontrarse con ella. Decían que llevaba metido el demonio en el cuerpo. Tan es así, que, a su propia sobrina Inés, cuando se murieron sus padres, la mandó a trabajar a casa del señor Pascual, un tipo rancio y con mala fama. Y todo, por apropiarse de la herencia de la chiquilla.

Antonia, que así se llamaba la tía, aunque los pocos que se atrevían a dirigirse a ella le trataban de usted, no tenía escrúpulos con el dinero. Vivía obsesionada con acumular y acumular. Y total, para nada, pues luego no lo lucía en absoluto: a veces, si se ponía el pañuelo negro a la cabeza, parecía un adefesio.

De talla era más bien gorda, con un culo que le llegaba hasta las pantorrillas, aunque con unas piernas pequeñas y flacas. Sólo le faltaba subirse a una escoba y ponerse a volar.

Inés llegó a casa del señor Pascual pasmada de frío y con los ojos tristes de pena y de miedo. La trajeron en un coche negro. Desde luego, de alguien con mucho dinero y poderío. Un vehículo, cuando entonces, era un lujo inasequible para la mayoría de la gente normal. O sea, que a cualquiera le impresionaba. Sin embargo, ni siquiera la oportunidad de subirse a la máquina de ruedas impresionó a la zagala. Por su cabeza, más bien, se arremolinaban los temores más insospechados y la angustia de no saber exactamente adónde iba, a pesar de que, casi como por intuición, adivinaba que a un sitio desagradable.

Y en efecto: se confirmaron sus peores presagios en cuanto llegaron a Astorga. A la puerta de la casa donde vivía el señor Pascual, salió a recoger la maleta que traía la niña un señor muy mayor con pinta de sirviente, con un aspecto amarillento, como enfermizo. A la pobre criatura le cambió la cara solo de ver lo que se cernía sobre ella. Con lo dulce que era, parecía mentira que, así, de golpe, se pudiese transformar su tierno rostro infantil en el de una niña mustia y con cara de vinagre.

Pero lo peor estaba por venir. El señor Pascual la vio pasar de cerca y tan solo la miró de arriba abajo sin decirle ni una palabra, lo cual aterrorizó a Inés. Йl se movía compulsivamente en un sillón de piel, mientras discutía de política con otros dos hombres que, por el aspecto, parecían políticos. Estaban malhumorados porque los resultados de las elecciones municipales en las grandes ciudades habían dado la victoria a los republicanos, y ellos, al parecer, pertenecían a un partido monárquico.

El hombre de cara enfermiza acompañó a la niña a una habitación mal ventilada y le dijo que a partir de ahora ése sería su dormitorio. Inés se puso a llorar y se tumbó en la cama. Se sintió desgraciada y abandonada.

Los últimos claros de luz del día aún dejaban pasar su estela por entre las rendijas de la persiana. Recostó su cara pálida sobre la almohada. Olía a moho y humedad. Pero la noche estaba a punto de adumbrar la habitación. Pronto sintió un pavor angustioso que la dejó inmóvil.

Así permaneció durante dos horas, con los ojos abiertos, en vigilia, observando la oscuridad, en tensión, cuando, tras un golpe violento contra la puerta, la figura báquica y voluminosa del señor Pascual se postró frente a los pies de la cama. Olía a coñac. Sin el menor escrúpulo le rasgo el vestido a la niña de dos movimientos bruscos y la dejó desnuda.

Los chillidos de Inés no impidieron que el cacique la violara mientras gritaba puta República.

Al día siguiente, la criada de Corús apareció muerta en la cama y al señor Pascual lo metieron en la cárcel. En la calle, mientras tanto, un grupo de hombres daba gritos a favor de la República.

 

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