El orinal de Laurentino

El escritor Juan José Domínguez, autor de la novela Sombras de La Cepeda, próximamente va a publicar un nuevo libro con relatos ambientados en la comarca. Entre ellos está la historia de un emigrante cepedano que hizo las Américas hace ya un siglo. E
El escritor Juan José Domínguez, autor de la novela Sombras de La Cepeda, próximamente va a publicar un nuevo libro con relatos ambientados en la comarca. Entre ellos está la historia de un emigrante cepedano que hizo las Américas hace ya un siglo. Es una narración jocosa, desternillante, que te presenta ahora la web de La Cepeda.

A comienzos del siglo XX, cuando estaba de moda que muchos españoles emigraran a Estados Unidos, entre ellos muchos leoneses, en aquel país del Atlántico principiaba a montarse todo el tinglado capitalista que ahora fascina a tantos. Fue lo mismo que si ahora, en un corto espacio de tiempo, llegasen a Europa millones y millones de personas ávidas de fortuna y hartas de la pobreza de sus países de origen.

Da la casualidad de que uno de los que marcharon en busca de otro mundo, o, por lo menos, en busca de mejor vida, salió de Villameca y dicen que se enriqueció tanto que, en cuestión de un año, ya alternaba con lo más granado del estado de Florida. Incluso hay quien asegura que casi llega a Gobernador del estado, aunque esto no se ha podido demostrar.

Se llamaba Laurentino Mayo y embarcó un 3 de junio de 1901, en el puerto de Vigo. Al despedirse de la gente del pueblo, con merienda y todo, cuentan que lo único que llevaba como equipaje era un orinal de cobre que le regaló un pariente de Porqueros, después de cuidarlo tras una larga enfermedad.

Había que verlo qué chulín y qué tieso caminaba el día que salió de Villameca con destino a América. Tenía un bigote afilado y con bucle, muy de la época. Y aunque de cuerpo no aparentaba gran cosa, pues de talla no pasaba de uno y medio, vaya cómo movía los brazos y cómo se atusaba la chaqueta. Más que un pueblerino, parecía un militar revestido con grímpolas de general. Una especie de Zumalacárregui, pero en versión cepedana. Alguien ya lo anunció con acierto: +Laurentino llegará lejos.” Y la verdad: el que lo dijo no se equivocó.

Tres meses tardó el barco en llegar a América. Y precisamente, gracias a ello, Laurentino conoció a una gallega caprichosa que, condesa, marquesa o algo así, se encoñó tercamente del estupendo orinal y, tras regateos de última hora, pagó un buen dineral por el preciado cobre, además de otros servicios que, al bueno de Laurentino, listo y hábil como nadie, le vinieron de maravilla, pues los días sin amor se hacían largos y aburridos navegando en el ancho mar.

De aquella, en un viaje tan largo, sucedía cualquier cosa. Uno podía subirse al barco soltero y bajar casado. Por ejemplo, Bernardo, el manco de Requejo, un poco antes de que partiera Laurentino a Estados Unidos, embarcó en Bilbao con destino a Argentina, y, cuando el barco aún no había alcanzado ni la mitad de trayecto, se casó con una de Pamplona después de que a los dos les diera un arrebato de amor y pasión. No hubo ningún problema en el casamiento. De cura ofició un madrileño que iba al nuevo continente a evangelizar a una tribu de Paraguay. Si hubo, sin embargo, un pequeño inconveniente: como a Bernardo le faltaba un brazo, la madrina, que era de Oviedo y un poco tonta, preguntó al cura de dónde podía agarrar a Bernardo, a lo cual, el novio, un poco enfadado, le dijo entredientes que le cogiera de los cojones. Como es de imaginar, las carcajadas de la tripulación se escucharon en todo el Atlántico

Cuando Laurentino pisó tierra americana lo hizo ya sin el orinal, pero con un buen fajo de billetes pintados con la cara del presidente de los EEUU. A partir de entonces comenzó la experiencia americana para el de Villameca. En un mes, más o menos, montó un negocio de mantas al por mayor, cuyos beneficios aumentaban velozmente gracias al desparpajo que Dios le dio. Pero, sobre todo, gracias a que la gallega se empeñó en comprar el orinal.

Primero mercó con mantas, luego con cuerdas y accesorios para las granjas, y, al final, una vez que ganó y acumuló lo suficiente como para invertir en empresas de mayor alcance, con telas de colores que le compraba a un tratante oriental, cuya amistad llegó a unirlos tanto que, a los dos años, el de Pekín le ofreció a su hija Wan Melín.

Era una chinita de 15 años, dulce y sumisa como una geisha japonesa. Y como Laurentino andaba escaso de amor y de tiempo, la aceptó.

Laurentino, en cuanto sumó una cantidad de dinero considerable, se dedicó a la compra de propiedades a gran escala, y ahí fue cuando la alta sociedad de Florida lo consideró ya como un miembro más del selecto clan, a pesar de que entre las señoras no se veía muy bien que un blanco tuviera de esposa a una +amarilla”. Aunque, en el fondo, lo que ocurría era que las señoras se mostraban celosas porque sus maridos visitaban los prostíbulos donde las chinas les hacían las delicias orientales a los rudos americanos. Y entonces, claro, las puritanas de Florida sabían que, cuando un yanqui cataba la gloria oriental, no había dama que consiguiese satisfacer de igual modo a ningún varón. Ni siquiera las meretrices de París, que decían que dominaban las enseñanzas de los placeres y el amor.

En el pueblo, mientras tanto, no sabían nada de Laurentino, que hacía ya dos años que había salido de Villameca, hasta que un 5 de agosto, por la mañana, recibieron una carta en la que el +desaparecido” anunciaba que a finales de agosto llegaría a León. Menuda la que se formó. Se rumoreaba de todo. Y en realidad, sin fundamento ninguno, pues la carta, que por cierto, la leyó todo el pueblo, decía: +Queridos hermanos: por la presente, os anuncio que a finales de agosto me llegaré hasta León, esperando encontraros tan bien como cuando os dejé. Un abrazo: vuestro hermano, Laurentino Mayo.

La expectación que se creó con la vuelta del americano, como ya le llamaban, llegó a tal grado que, a partir del día 20, los paisanos y las paisanas salían a la plaza del pueblo, al atardecer, y miraban por el camino principal que venía de Astorga para ver si aparecía por allí. Hasta que por fin, el día 28, poco después de las dos, se vieron venir a lo lejos tres coches tirados por caballos, uno de los cuales venía repleto de equipajes y paquetes.

Los veloces animales levantaron una polvareda tal, que nadie recuerda semejante nube de polvo por aquellos caminos de La Cepeda. Casi parecía humo de fuego; lo cual provocó más de un susto al gentío que ya se agolpaba en la entrada del pueblo. +Ya viene, ya está ahí”, decían.

Al entrar los carruajes por el pueblo a toda velocidad, la gente comenzó a aplaudir y a gritar como si de un espectáculo festivo se tratara. No salían de su asombro ante la llegada de Laurentino, quien hacía dos años se había marchado casi como un gañán y ahora llegaba con gloria de concejal de pueblo, con caballos, con maletas de cuero y con señoritas extrañas como las que aparecían dibujadas a veces en los carteles de las paredes de la capital.

Las muchachas de las que se asombraba la gente eran dos irlandesas de cabellos rubios que servían en casa de Laurentino, pero que como vestían al estilo protestante, con vestidos largos de campesinas, daban la imagen de señoras de buena casa. Las paisanas de Villameca, al verlas así, y además hablando en un lenguaje extraño, balbuceaban y comentaban entre ellas a cuenta de las jóvenes extranjeras, que, para los excitados hombres del pueblo, suponían un atractivo jamás visto por la zona.

Como lo fue, por supuesto, la bajada pausada por la escalerilla del landó en el que viajaba Laurentino agarrado del brazo de su mujer. Le pasaba una cabeza, pero a él no le importaba, llevaba con orgullo su baja estatura. A los vecinos, sin embargo, si les sorprendió la atípica pareja, sobre todo al ver a la china de risa redonda y con los ojos desgañitados cual estreñimiento la hubiera llevado directamente al orinal.

Se oyeron exclamaciones y también aclamaciones en favor de Laurentino y su acompañante, como si de una boda se celebrase. Ahora bien, en cuanto bajó las escaleras el último de los sirvientes, que era de raza negra, se produjo tal alboroto entre la parroquia que, igual que si hubieran visto a Satanás, salieron corriendo en todas direcciones para asombro de los visitantes que, sin enterarse de cuál era la razón del sobresalto, se escondieron debajo de los carromatos por si acaso sucedía algo grave.

Como es de suponer, en cuanto Laurentino puso orden y explicó a los americanos que los del pueblo no habían visto nunca a un negro y que por eso se asustaban, todo volvió a la normalidad. De hecho, Wili, el hombre de color, casó al año siguiente con la hija del alcalde de Villamejil para escarnio de muchos pero para goce y disfrute de Mirella, que esperaba hombre como quien espera un hijo que ha ido a la guerra. Y todo, por culpa de un orinal.

 

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