Cinco es cinco, dame quinientas.

Juan José Domínguez, joven escritor cepedano, afincado en Navarra, cuenta, en su artículo mensual, cómo la soledad del invierno atenaza los pueblos, y rememora escenas costumbristas en el curioso bar de Matías, junto al pantano de Villameca.


Todos los años sucede lo mismo cuando acaban las fiestas de Navidad. Los pueblos pequeños de León se quedan sin gente. Quintana del Castillo, que es uno de ellos, no es ninguna excepción. En cuanto pasa el día seis de enero, por norma general, las calles suelen vaciarse de gente y la plaza del pueblo amanece al día siguiente solitaria y sin niños jugando junto al crucero.


Además, las viejas casas de piedra se llenan de tristeza y tan sólo se escucha ya el ruido de las gotas de lluvia o el de alguna pisada apresurada y solitaria. De normal, suele ser la de Ángel, el funerario, o la de Olivio, el del camión de la basura. El resto de los vecinos, ni tan siquiera se asoma a la carretera.

Parece como si se asustaran de abrir la puerta y salir a la calle, donde tienen que enfrentarse sin remedio con el silencio gélido del invierno.

Pero no, no es el miedo el problema, sucede que los años, o los impedimentos físicos, ya no invitan a caminar a los viejos del pueblo de una punta a otra, como se ha hecho toda la vida. Y además, si a eso le sumamos que el que se atreva a pasear solo por el pueblo, a lo mejor no se cruza con nadie en todo el día, pues se puede dar la circunstancia de que convenga más quedarse dentro de casa, antes que enfrentarse con el peor enemigo de todos; esto es: la soledad

Por ejemplo, los tiempos del trasiego incesante de personas y animales por el pueblo y los alrededores ya no se dan. Hace ya un cuanto tiempo, a lo mejor una década, que no circula ningún carro tirado por vacas, ni se ve tampoco la vecera, con los hatos paciendo en el prado. Y claro, así ocurre con cualquier hecho ordinario de cuando entonces.

En Quintana, el hecho de ir hasta la fuente del Cacheiro, con el fin de coger agua fresca, pero sobre todo de pasear y saludar a los vecinos, como una costumbre, pasó a la historia de momento; por lo menos durante los meses de invierno. Ahora, si uno pretende encontrarse con alguien por donde mana el chorro de agua cristalina, tiene que esperar a que llegue el verano, que es cuando hay gente y la temperatura acompaña; entonces sí se ve a los del pueblo y a los turistas ocasionales pasear por los alrededores de la fuente.

Antes de que el pueblo se quedase sin vecinos, allá por los setenta, era el lugar preferido para intimar y pasear de los que principiaban el arte del enamoramiento. Pero también de muchas mujeres que iban a lavar allí. Daba gusto ver a Elisita arrodillada en el lavadero de madera mientras canturreaba: allí estaba ella, frota que te frota, con el jabón blanco de toda la vida, gritando y saludando a todo el mundo que pasaba por allí.

Desde el pequeño alto donde ella se ponía para lavar la ropa, se podía vigilar y saber quién cortejaba a quién, porque por debajo de donde ella enjabonaba las camisas de Nardo, se abría el estrecho camino que llegaba hasta la fuente del Cacheiro, en los Molinos de Quintana.

De todo aquello ya no queda nada, así que es mejor volver a la realidad de ahora.

Como he dicho antes, año tras año se repite la misma escena dolorosa: la mayoría de los que han disfrutado las vacaciones de Navidad regresan a las ciudades donde trabajan o estudian y ya no vuelven hasta Semana Santa. Es entonces, pues, cuando comienza el largo velatorio de enero, con su soledad, con el frío intenso y, sobre todo, con la sentida nostalgia de los que esperan a que pasen pronto los meses de la estación blanca.

Por desgracia, cada año son menos los que soportan la soledad invernal. Unos porque la edad ya no les permite valerse por sí mismos y necesitan que alguien les cuide, y otros porque se han muerto, el caso es que en los pueblos, últimamente, casi no se ven paisanos rondando por las plazas o dedicándose a las tareas del campo.

A veces, el aspecto que presentan los pueblos resulta desolador, trágico y, porque no decirlo, patético. Y así ocurre con todos los pueblos del entorno.

La Cepeda se va muriendo poco a poco, casi sin darnos cuenta. Aunque, a decir verdad, murió hace dos décadas, cuando salimos de la pobreza extrema y nos incorporamos a las nuevas formas de trabajo, cuando compramos tractores y automóviles y, como ya lo he dicho en otro capítulo, cuando llegaron los socialistas y empezamos a cagar en los wáteres y no en las cuadras.

De todos modos, a pesar de las penurias, casi todos salieron adelante. De hecho, en cuanto la gente ganó y ahorró algo de dinero, a veces trabajando muy duro, rápidamente lo invirtió en arreglar o en construir casas nuevas en la comarca. Y gracias a ello y a que los de por allí sentimos un apego muy especial al terruño, aún seguimos yendo a pasar unos días en cualquier ocasión que se preste.

Pero, lo mejor de todo, es que a las nuevas generaciones, aunque no hayan nacido en la Cepeda, también les gusta pasar ahí las vacaciones. Quizá por esa razón, los de mi quinta, que somos los hijos de los que emigraron a otras ciudades o países del extranjero, siempre que nos volvemos a ver nos sentamos frente a la lumbre, si es en invierno, y recordamos cosas de cuando entonces.

Muy simpática, a saber, me parece una anécdota que solemos recordar y que sucedió en el bar de Matías, el del pantano de Villameca, a finales de la década de los ochenta. Acababa de llegar a Quintana del Castillo, Birgit, una muchacha alemana de Stuttgart, que, acostumbrada a otra cultura, se sorprendió al ver el singular negocio hostelero, con Delia, Olga, Carlos y Maribel como protagonistas principales.

Para los que no conocen el bar, conviene explicar que en él, de seguro, es donde más fiestas se han celebrado y, desde luego, ha sido el punto de encuentro de la juventud de tres generaciones seguidas. Asimismo, no hay duda de que ahí ninguna consumición cuesta igual, porque unas veces la misma ronda te puede valer 200, 500, 1000 o 75 pesetas. Depende. Ahora bien, en la mayoría de los casos, cuando uno va a pagar y pregunta cuánto se debe, Matías, que es el dueño, responde: Cinco es cinco, dame quinientas.

No obstante, si por algo destaca de verdad ese fantástico bar, es porque Matías guarda en el mostrador unas gafas para leer de cerca que, cualquiera que las necesite, las tiene a su disposición. Quizá sean las gafas más internacionales que existen en el mundo. Así las cosas, lo máximo que ha sucedido donde Matías, que se sepa, lo protagonizó una monja que viajaba hasta Galicia y que, casualmente, pasaba por allí.

Fue en 1983, cuando, por sorpresa y sin esperárselo, una monja muy joven entró al bar y le pidió un vaso de leche a Matías, el cual quedó boquiabierto ante la presencia de la religiosa – posiblemente, porque nunca había entrado al establecimiento ninguna otra- y le contestó que esperase, que él no sabía si tenían leche en ese momento.

Cuando entonces, hay que recordarlo, ni siquiera servían café de cafetera; el que daban salía del puchero. O bueno, eso creíamos.

- Delia, ¿hay por ahí un poco de leche –le pregunta Matías a su mujer?

- No, no hay leche.

- Hostia, como no va a haber un vaso de leche para una monja –gritó Matías delante de la monja-.

A la monja se le subieron los colores y salió corriendo del bar como si hubiese visto a Satanás.

Se pueden contar decenas de curiosidades de ese apócrifo bar, por eso que Birgit, la de Stuttgart, quedase asombrada de lo que se podía ver allí.

Hasta tal punto resulta inimitable el chigre de Matías, que, en una ocasión, uno de los cuñados de la alemana le preguntó: ¿Birgit, a qué no has visto un bar así en toda España?. -Pues no, pero no he visto ninguno cómo éste en el mundo entero, dijo.

Después de esto uno ya puede imaginarse la atracción del negocio y las cosas que ocurren por el lugar.

Y eso que cuando el bueno de Matías montó el negocio, los de la comarca decían que no iba a durar mucho, que sólo a un loco se le ocurría invertir un duro entre cuatro pinos…

En fin, sea lo que fuere, el caso es que, poco a poco, y casi sin meter ruido, Matías ha ganado mucho dinero con el bar; de lo cual me alegro, aunque sólo sea por darle en las narices a los cantamañanas agoreros que en su día lo tachaban de chalado.

La envidia, la desconfianza y la tacañería, la verdad, son los defectos principales de mis paisanos. Y no lo digo por lo de Matías, sino porque siempre que alguien se decide a montar un negocio o a tomar una iniciativa creativa, de seguido salen los mismos de toda la vida a criticar por la espalda.

Porque, todo hay que decirlo, a la cara no se atreve a decirte nada ni Dios. Y claro, luego así nos luce el pantano.

El pantano de Villameca está justo detrás del bar de Matías. Y con toda probabilidad, es uno de los sitios más hermosos de La Cepeda. Siempre huele a pino.

Pamplona, enero de 2001

 

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