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Rogelio Blanco publica el Odre de Agar

Rogelio Blanco, destacado cepedano, director general del Libro, es un poeta y ensayista interesado por el arte y la creación. Acaba de reunir en un libro, "El odre de agar", todos sus ensayos y reflexiones sobre el acto de crear.
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Por Carmen Sigíenza. Madrid (EFE).-

El leonés Rogelio Blanco, además de ser el actual director general del Libro, es un poeta y ensayista interesado por el arte y la creación, la faceta que, en su opinión, salva al hombre. Ahora acaba de reunir en un libro, "El odre de agar", todos sus ensayos y reflexiones sobre el acto de crear.

Unos ensayos que habían sido, casi siempre, publicados en revistas y catálogos, compilados en "El odre de Agar", por la editorial Endymion, y que podría considerarse la segunda parte de "La escala de job", un libro con contenidos pictóricos y poéticos, donde Rogelio Blanco (Morriondo de Cepeda, León, 1953) defendía la figura de Jacob frente a Job.

"En aquel libro -matiza el autor a Efe- hablaba de Jacob, frente a Job, que es un resignado de paciencia infinita hasta el insulto. Mientras que Jacob desafía y se enfrenta a los dioses, lucha y crea un pueblo, y eso no es ni más ni menos que lo que hace la poesía y la pintura".

Y "El Odre de agar" sigue esta misma línea acerca de las reflexiones sobre la creación y los creadores que han ayudado al autor a cruzar la travesía de la vida. Un título nada fácil pero que Blanco eligió por pura simbología: Agar es la esclava de Abraham con la que tiene un hijo, Ismael, que será el padre de una gran nación, los ismaelitas. Pero Abraham expulsa al desierto a Agar por los celos de su esposa Sara, quien ya le ha dado también un hijo. Ambos vagan por el desierto tan sólo con un odre, un pellejo que sirve para contener agua que se agota hasta que llega la misericordia y llena el odre y pueden continuar.

"El odre es el elemento que reúne el agua, que es la vida, para poder continuar o cruzar la travesía que es la propia existencia; y para mí, todo lo que simboliza el agua, como elemento vivificante, son los actos creadores del hombre cuando intentan ser como los dioses, cuando intentan continuar la obra de los dioses, que es la creación", subraya.

Pero Blanco aclara que no es que el hombre intente emular a los dioses, sino que aspira a ser esa imagen y semejanza de los dioses en su poder de ordenar la creación, y los espacios de mayor creación del hombre son la poesía y la pintura, que a su vez cargan el odre que se necesita para cruzar la existencia.

Y esos compañeros que el director general del Libro ha elegido para alimentar su vida y que quedan en el libro analizados y fotografiados son Vicente Alexandre, Luis Cernuda; el chileno Héctor Ciocchini, Cirlot, María Zambarno, Unamuno, Encarnación Pisonero, Tomás Alvarez, o los pintores Juan Martínez, Urculo, Joaquín Lobato, Eugenio Granell, y Angel Alonso, entre otros a los que dedica amplias reflexiones.

Para el autor, la poesía está llamada a ocupar los espacios que abandonó la filosofía, "que se ha perdido en lodazales hermenéuticos y abstracciones y ha olvidado lo cotidiano, de los objetos, de su pregunta inicial, la proximidad, el rostro del otro, algo a lo que se ha dedicado la poesía, que yo creo, que en este momento, es el elemento creador más próximo a la realidad del hombre; porque al fin y al cabo, los hombres casi siempre actuamos en espacios concretos, y de la abstracción no vivimos".

Rogelio Blanco está trabajando ya en otro ensayo sobre la esperanza en el ser humano, a la vez que está cerrando un libro, que hace tiempo que confeccionaba, sobre la historia del utopismo en España.

"No se entiende -dice- cómo en el país del Quijote no se haya escrito sobre las utopías. La utopía es lo que ha hecho andar la historia y lo que ha hecho que el hombre descienda del árbol, que ocupe el lugar que ocupa en la cadena biológica. La utopía está inserta en el hombre, en su lucha e insatisfacción permanente frente a la realidad", concluye

PR"LOGO

Abraham, padre de Isaac, esposo de Sara y patriarca de Israel, repudió a su esclava egipcia Agar y al hijo de ambos, Ismael. La concubina y el hijo, Agar e Ismael, hubieron de viajar por el desierto hasta llegar a las tierras de Arabia. La razón del repudio fue que Sara, esposa de Abraham había concebido un hijo, Isaac; si bien Sara, ya antes, estando embarazada Agar, ya la maltrataba. Agar trató de huir pero el ángel de Yahveh la obligó a retroceder y someterse a Sara. Y este ángel le profetizó una gran descendencia proveniente de su hijo, Ismael, un onagro humano.

"Despide a esa criada y a su hijo", fue la orden de Sara a Abraham. "Levantóse, pues, Abraham de mañana, tomó pan y un odre de agua, y se los dio a Agar, le puso al hombro el niño y la despidió". Agotada el agua del odre, Agar se dispuso a morir con su hijo ahogada en sollozos. Dios dio cuenta del llanto y su ángel le señaló un pozo. Llenó el odre y bebieron ella y su hijo. Pudieron cruzar el desierto. Ismael fue un gran arquero y padre de una gran nación (Génesis, 12-21).

La vida se juega en un ancho presente y sobre un inmenso pedregal rodeado de cordilleras y receptor de algunos oasis. En este espacio y con un tiempo se maceran sueños, se superan cansancios, se disfrutan los amaneceres y se olvidan los extenuantes atardeceres. A veces, sedientos, suplicamos a los cielos; otras, necesitamos nuestros sueños en los senos plácidos de las madres, quienes exhaustas soportan su peso sin expresar el agotamiento.

Para cruzar este desierto es preciso un recipiente, quizá un odre, y alguna compañía, quizá un ser próximo; el odre es el receptáculo destinado a albergar lo necesario para soportar el deambular.

Si la vida es caminar, es decir, echar un pie y luego el otro, por sendas y caminos, entre atalayas y planicies, difícilmente se soporta el ritmo si el viajero no lleva los contenidos apropiados en el odre. Existir es resistir. Y para esta resistencia se necesita de los demás y, de estos, sus creaciones, sus mundos poéticos. Son éstos los que se almacenan en el odre salutífero y salvífico y ellos son los compañeros de viaje. Poetas, pintores, ensayistas, etc., sin límites devenidos por académicos géneros, partícipes de la creación, han sido y son los manantiales y compañeros señeros que nos arropan y ayudan a soportar la inanidad circundante cuando se ofrece o la levedad del existir cuando acucia.

A Héctor Ciochini, Encarnación Pisonero, Tomás Álvarez, Ricardo Magaz y Rafael Escuredo por sus aportaciones creadoras y ensayísticas; a Juan Martínez, Amparo Segarra, Resty, Manuel Amaro, José Agulló, José Antonio Santocildes, Adela Calatayud, Joaquín Lobato, Baruj Salinas y María Paz Álvarez por los gestos poéticos y artísticos; y también a "Alain", Eduardo Ъrculo, Ángel Alonso, J. Eduardo Cirlot, Eugenio F. Granell, Miguel Unamuno, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, cuyas obras siguen demandando atención. A todos les debo, que al menos, durante un instante me detuvieran o ralentizaran el ritmo de mis pasos, que sonsacaran un estremecimiento o la suficiente perplejidad, la pregunta inquietante o la respuesta necesaria.

A ellos les debo que, al menos, durante unos momentos, cambiaran el ritmo del pulso vital y rompieran el cansino y monocorde rutinario. Solicitándome prólogos, textos para catálogos de experiencias críticas u otras razones consiguieron ser el acicate que me ha obligado a estrenar los días en cada alborear. Rendidas gracias a todos.

 

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