Eugenio de Nora: Lucidez del tiempo

Eugenio de Nora, próximo ya a cumplir los ochenta, es el mayor poeta cepedano y uno de los más notables del siglo XX en España.
El periodista Antonio Dopacio le hace una extraordinaria entrevista que ha sido difundida por Europa y América y que

Eugenio de Nora, historia viva de la gran poesía.

El escritor nacido en León en 1923, es uno de los grandes poetas españoles del siglo XX y precursor de los creadores de la denominada poesía social de posguerra como Gabriel Celaya o José Hierro. En la entrevista nos hace un repaso por su vida y obra cuando está próximo a entrar en la edad de la gran reflexión.
ANTONIO DOPACIO EFE-REPORTAJES

Al encontrarse con Eugenio de Nora lo primero que se le viene a uno a la cabeza es que se encuentra ante un “gentelman” británico con traje impecable -chaleco incluido-, o ante un académico con las formas que dicta el protocolo convencional. Su larga estancia de 40 años en tierras suizas también le han debido marcar. Pero únicamente hacen falta unos minutos de charla para que todos los formalismos se desvanezcan. Hombre afable, irradia confianza y calidez por su forma de expresarse que acompaña con una impresionante dicción de profesor -que lo fue durante muchos años- y conduce la charla hacia su personal y equilibrada percepción de la realidad.

Es fácil reconocer en él al poeta, pero no sólo al rapsoda de la poesía social o, como prefiere denominarla “testimonial”, sino al bardo amoroso y, sobre todo, al existencial. Su hablar quedo y su forma de sentir la vida ahora, cuando está haciendo una recopilación de sueños y valores firmemente consolidados, y próximo a cumplir los 80 años, está sólo pendiente de vivir. En él permanece la búsqueda constante del punto de equilibrio entre formas e ideas que le convierten en un personaje sumamente embriagador. Eso sí, con la esperanza de que, quizás pronto, le sea reconocido el inmenso valor que su contribución poética ha tenido y tiene para la historia de la Literatura.

A Eugenio de Nora (Zacos, León, 1923) la guerra le sorprende a los 12 años de edad. Las duras experiencias en la retaguardia nacionalista serán el origen de su disidencia. Estudió Filología Románica en Madrid entre 1942 y 1947, donde se relacionó con figuras como Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño o Leopoldo Panero.

Su espíritu inquieto hace que comience a escribir los primeros versos a temprana edad. Uno de sus títulos más emblemáticos que apareció con un seudónimo durante mucho tiempo fue el de “Pueblo cautivo”, que comenzó a escribirlo a los 18 años y en el que aludía a la Guerra Civil y al dolor de los vencidos.

-- ¿Qué recuerdos le vienen a la memoria cuando alguien le pregunta por ese libro emblemático?

-- Recuerdos muy agradables. Es curioso pero la mayor parte de los textos de “Pueblo cautivo” fueron escritos siendo el autor candidato, primero a sargento y después a oficial de las milicias universitarias franquistas, en el campamento de La Granja (Segovia).

-- ¿Sería un trabajo difícil poder escribir esas estrofas en esa condición de “militarizado”?

-- Efectivamente fue una labor de abstracción importante la que tuve que conseguir palpando la realidad que me acosaba, día a día. Pero el punto de partida, la experiencia que hizo fluir ese libro es la de una ciudad, León, que se sumó al ejército sublevado y la constatación de que, aún siendo un niño, pude ver palpablemente la represión brutal, los encarcelamientos, las torturas terribles, los fusilamientos sin juicios que hacían los representantes del denominado “movimiento”. Ese fue el punto de partida de donde surgió la poesía de “Pueblo cautivo”. Un libro sin ideología política todavía y con influencia formal de Aleixandre, de Neruda, de César Vallejo. También de lo poco que se conocía entonces de Miguel Hernández y de la poesía contra la dictadura de Primo de Rivera que escribió Unamuno.

-- Ahora vivimos otros tiempos, otro sistema político ¿el poeta en democracia, con libertad, tiene mejores o peores posibilidades para la creación que cuando usted comenzó a elaborar sus versos tras la contienda española?

-- El poeta tiene siempre, al principio, la tentación de escribir un tipo de poesía sentimental, especialmente cuando existe un ambiente opresivo. El poeta tiende a escribir en contra, sin más, previamente a cualquier otra opción. Pero pensando en la calidad, es mejor la ausencia de esa presión para que el poeta se enfrente con la realidad total y directamente con las constantes, casi obsesiones, del espíritu, que tienen una presencia o valor permanente. Entonces vamos hacia un tipo de poesía vinculada al pensamiento, a la visión del mundo, pero sin esa facilidad de la poesía casi panfletaria a la que invita el régimen opresivo.

-- Usted es uno de los grandes poetas de los denominados poesía social de posguerra. ¿Qué queda de esa poesía de denuncia?

-- Como siempre, los poetas sociales, los hay pasables, mediocres y abiertamente buenos. A mi no me gusta el término de poesía social, yo opto por la expresión de poesía testimonial. Además se suele decir que la poesía social comienza con Gabriel Celaya y la testimonial con José Hierro, pero antes de que publicaran los escritos esenciales tanto Gabriel como José, nosotros ofrecíamos poesía testimonial en la publicación “Espadaña”, allá por el año 1944. Resumiendo, lo que queda y lo que tiene posibilidades de seguir quedando es lo bueno.

--Es decir que buena parte de esa poesía social que se hacía en los años sesenta y setenta, de alguna manera ha caducado…

-- Efectivamente, muchos de esos escritos no tienen ya valor. Es algo parecido al artículo breve o columna de prensa. El proceso por el cual la protesta y la rebelión se puede transformar en poesía es un proceso muy complicado. El poeta que tiene conciencia de que al mismo tiempo que protestar está haciendo poesía, es más bien excepcional. Lo que sigue estando vigente por su fuerza poética es una buena parte de la poesía de Blas de Otero, una gran parte de la de José Hierro, de la mía, una parte de los escritos de Celaya y de otros posteriores como José Ángel Valente.

-- Pero se ha escrito mucha poesía de características sociales durante la postguerra y el franquismo…

-- Hay unas pocas obras que se están incorporando al canon de la cultura española o escrita en español y que seguirán creciendo en prestigio. Pasa como siempre, me acuerdo de un comentario que se hacía sobre Víctor Hugo y que había escrito tanto que la mayor parte estaba sumido en la irrelevancia, es decir, que la gente no lo lee, pero con unas cimas, unas islas impresionantes. Al contrario del autor que escribe poco, porque piensa que tiene obras de gran importancia y que no debe escribir más si no llega a ese nivel o lo supera, formándose así un pequeño archipiélago de cimas. Estamos siempre en eso. Yo soy más partidario del archipiélago de cimas que de la acumulación. Los poetas que han escrito mucho siempre me parece que son más bien malos que buenos. Tal es el ejemplo de Neruda, que cada vez que lo leo y analizo coincido con la calificación que le dio Juan Ramón Jiménez: “es un gran mal poeta”.

-- ¿Con qué se queda, con los hechos o con las ideas. El mejor de los mundos posibles o el ideal?

-- Eso es muy difícil de responder. Ahora está de moda la denominada “poesía de la experiencia” apoyada en la realidad concreta, más o menos objetiva, exterior. A mi me parece una ingenuidad porque ¿quién no hace poesía de la experiencia? No tenemos más que eso, la experiencia de la realidad. Claro, se puede acentuar más la realidad exterior, supuestamente objetiva, o la interior de cada una o hasta la llamada realidad virtual. Un ejemplo de esta última es la de los poetas pro comunistas que durante 40 o 50 años cantaron con entusiasmo el mundo luminoso que iba a llegar. Eso era una realidad virtual, pero para ellos era efectiva.

-- Osea que para usted el punto de partida siempre es la experiencia…

-- Así es y, tras la experiencia, la realidad. Ahora bien, tengo la configuración de un hombre, quizás en parte por mis orígenes campesinos, que tiene muy en cuenta la realidad exterior, porque esa realidad es anterior y posterior a mi propia existencia. Mi punto de partida es netamente realista, tiendo a no dejarme seducir por el espejismo de lo ideal, pero hay una contradicción, porque por buena que sea la realidad, siempre es mejorable y aquí hay que recordar aquello de Antonio Machado: “A los progresistas: tener en cuenta que todas las cosas son empeorables, y a los reaccionarios: que todas las cosas son mejorables” y en eso estamos…

-- Incluso se refleja en el título de la recopilación de poesía que escribió: “Días y sueños”…

-- Los días es lo cotidiano, lo palpable, lo real y los sueños son la realidad hacia la que se tiende. Si hay alguien que, en principio, está destinado a sobrepasar la realidad real hacia una realidad superior es el poeta. Esta recopilación a la que alude es semejante a “La realidad y el deseo”, de Cernuda y similar a “Spleen e ideal”, de Baudelaire. El auténtico poeta está siempre en esa encrucijada…

-- ¿Qué le dice el término globalización? ¿Hacia donde camina?

-- Siendo realistas, tenemos que coincidir en que la globalización no es una opción, es un hecho. Pero hay que sacarle el partido para la gran mayoría de la población y, especialmente, para los más desfavorecidos. Por el camino que vamos me viene a la memoria una novela utópica de Pedro Salinas que se titula: “La bomba increíble” en la que una especie de gobierno mundial establece campañas de pacificación, que son realmente de exterminio, para imponer la “conformidad obligatoria con todo lo establecido” contra los disidentes. No podemos consentir que se llegue a eso…

-- Para finalizar, para usted ¿el proceso de creación poético es únicamente inspiración…?

-- El poeta que se deja tentar por lo que se le ocurre tiene todas las posibilidades de escribir futilidades. Para la creación de verdadera calidad hace falta sentir, hace falta pensar, orientarse dentro de la realidad y luego tomar conciencia del enorme salto que significa lo que existe en el espíritu del poeta y lo que va a plasmar en palabras y ahí entra el proceso de la formalización que es el paso definitivo.

Hombre solidario como pocos, confiesa sentir nostalgia de la España en que creyó y la que se encontró al volver, “más insolidaria, más egoista y en la que la despoblación rural llega a herir mi sensibilidad, aunque creo que la situación se puede arreglar” y personaje con un sentido del humor casi británico concluye con: “estoy dispuesto a que la reivindicación de mi obra sea póstuma, porque no sería el único, pero si llega algo antes… mucho mejor”.

ANTONIO DOPACIO
EFE-REPORTAJES

RECUADRO 1

EUGENIO DE NORA, APUNTES BIOGRÁFICOS

Poeta nacido en Zacos, León, en 1923. Doctor en filosofía y letras por la Universidad de Madrid. Fue durante muchos años lector de Literatura Española en la Universidad de Berna, Suiza, donde acabó siendo catedrático en esa especialidad. Permaneció trabajando en este país desde 1949 hasta su jubilación en 1990. Redactor de la revista “Cisneros” (1943-46) y de “Espadaña” (1944-51), esta última al lado de Victoriano Crémer y Antonio de Lama, que fue iniciadora de las corrientes existenciales, con una metafísica no excluyente de los temas sociales.

Ha publicado: “Amor prometido” (1945), “Cantos al destino” (1945), “Pueblo Cautivo” (1946 –apareciendo como anónimo-), “Contemplación del tiempo” (1948), “Siempre” (1953), “España, pasión de vida” (1954), “Angulares” (1975) y “No he de callar” –título que sacó en 1997 de su obra “Pueblo Cautivo”, pero ya con su auténtico nombre. En 1999 se editó “Días y sueños: Obra poética reunida”.

Como crítico es autor de los tres volúmenes de “La novela española contemporánea” (1958-1962).

Recibió en 1947 el accesit del prestigioso premio Adonais por su obra: “Contemplación del tiempo”, Ganó el Premio Boscán de Poesía por su obra "España, pasión de vida" y el Premio León Felipe 1998 de poesía. En marzo de 2002 recibió el Premio de las Letras de Castilla y León, por su “compromiso social y el carácter universal de su poesía”.

Vive en Madrid, está casado con su musa inspiradora, Carmen, y tiene dos hijos.

RECUADRO 2

EL MAYOR FRACASO DE LA POLICÍA POLÍTICA FRANQUISTA

La F.U.E. (Federación Universitaria Escolar) inicial se creó en el bar madrileño de “La bombilla” en 1929. Fue una institución proyectada para la renovación educativa y contra la dictadura de Primo de Rivera. Fue apoyada por Unamuno y participaron en ella: Marañón, Valle Inclán, Pérez de Ayala, María Zambrano o el mismo Azaña. Después hubo otros elementos activos dentro de la esta asociación como fueron Rafael Alberti, Max Aub, Miguel Hernández, Jorge Guillén, Neruda incluso hasta Camilo José Cela, provocando movimientos de protestas estudiantiles e, incluso renuncias de cátedras, por la de Ortega y Gasset y García Valdecasas, etc.

Al terminar la Guerra Civil, Eugenio de Nora, Nicolás Sánchez Albornoz y Carmelo Soria, entre otros, retomaron la idea de la F.U.E. para buscar la renovación educativa del país y contra la dictadura de Franco.

Una de las actividades en los talleres de la F.U.E. era la de publicar escritos, y entre ellos publicaron “Pueblo Cautivo”, firmado por un tal Carlos del Pueblo. La policía franquista se volvió loca buscando esta firma. Varios componentes de la F.U.E. fueron detenidos y llevados al campo de prisioneros que levantaron el Valle de los Caídos. Eugenio de Nora siguió con sus actividades como militar en las milicias universitarias, se marchó de vacaciones a León, volvió a Huesca, donde quedó destinado, para, finalmente, al enterarse de los hechos, autoexiliarse a Ginebra (2 de mayo de 1949). La no localización del autor que estaba tras el seudónimo de Carlos del Pueblo fue uno de los mayores fracasos de la policía social y política franquista. El libro se reeditó en 1997 con el nombre “No he de callar” y con el dato auténtico de su autor: Eugenio de Nora.

 

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