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A DIEZ MIL LA HORA Y SI TARDAS ALGO MÁS NO PASA NADA

El escritor cepedano Ricardo Magaz, aporta a la web de La Cepeda un nuevo relato corto, en el que narra –magníficamente- una historia vinculada a los ámbitos madrileños relacionados con la prostitución.

(El trabajo fue ganador del Premio de Relatos de la Asociación Española de Prensa-Técnico Profesional,2001).

A diez mil la hora y si tardas algo más no pasa nada

No andaré con rodeos. La Chelo era prostituta, todo el mundo lo sabe. De las de cinco mil pesetas y la cama, aunque a veces el catre lo incluyera generosamente en los mil durillos del servicio. También resultaba conocida su preferencia por contratarse a ratos. "A diez mil pelas la hora y si tardas algo más en aliviarte no pasa nada", acordaba dadivosa con clientela de todo tipo y condición.

De ordinario ejercía su ministerio en la esquina de Montera con Sol, muy cerca del oso y el madroño. Sin embargo, en las temporadas en que el clima era desfavorable, cruzaba el kilómetro cero y se instalaba en el recodo con Carretas, donde el calorcillo de la rejilla del metro la ayudaba a soportar el frío y las duras horas de espera, y de paso le calentaba la zona del "huerto" por debajo de la falda, como llamaba a la industria de la que, siempre, malvivió.

La edad de la Chelo ya era, desde niña, indefinida. Nació siendo vieja. El día que los aviones arrasaron las torres gemelas de Manhattan, alguien la escuchó decir frente al televisor del burdel donde se ocupaba, en la calle Cruz, que no era buena fecha para cumplir añadas. "Estos americanos están acostumbrados a tener siempre el jodido protagonismo", afirmó con ira contenida.

En aquella aciaga jornada se le subieron al omóplato otros diez años más. La Chelo no los acumulaba de uno en uno como todo cristiano, cada verano se le venían encima dos quinquenios de golpe. El trajín callejero multiplicaba el tiempo y las arrugas, que rápidamente fueron derivando en profundos surcos.

De toda la fauna que anidaba a diario por las esquinas de la Puerta del Sol, la Chelo era, a buen seguro, el referente a no seguir. No obstante, nadie albergó nunca sospechas sobre su profesionalidad; la paciencia con los clientes, aparte de estar acreditada, era el honroso elemento que la diferenciaba de la consabida ligereza con que las colegas de fatigas despachaban a los abrumados “usuarios”. Ya desde su primera época como palanganera en la virtuosa casa de lenocinio de doña Angustias, en la calle de La Ballesta, a espaldas del edificio de la Cadena Ser, había dado sobradas muestras de querer prosperar en el oficio. Las pensiones de Malasaña terminaron siendo su única mansión.

La Chelo fue, desde la más tierna infancia y a su manera, muy religiosa. El maridaje con la fe y la jerarquía eclesiástica la acompañó hasta el confín de sus fuerzas. Lo había mamado en el hospicio donde una noche la depositaron de incógnito, al amparo de las sombras, cuando apenas había roto a llorar. Su peculiar fervor se acrecentó a medida que pasaron los otoños y por consiguiente las penalidades. A los 14 tuvo un follón, en el sentido más beligerante del término, con el capellán de la inclusa y, durante unos meses, se declaró atea “gracias a Dios”. Tras reconsiderar su apostasía, más tarde, volvió a engrosar las nutridas filas del Sumo Romano Pontífice.

Nunca extrañó a nadie, a pesar del efímero episodio de escepticismo, la inclinación natural que después, en el ejercicio del cargo, demostrara por los seminaristas "a punto de cantar misa", o sea, con rango de diácono y considerables expectativas de coadjutor. Afirmaba sin pudor para quien quisiera oírla que “los clérigos y los militares sin graduación son los clientes ideales: nunca consumen la hora completa, son amables y precisos y se alivian con presteza”. No así otros gremios, como el del transporte o la incorregible clase funcionarial, que resultaban lentos y exigentes, extremadamente exigentes, y además lo tocaban todo.

En ocasiones acudía a misa vespertina en la vieja parroquia de la calle Desengaño, semiesquina con Gran Vía. Allí, de rodillas, su particular devoción de corte más bien apócrifo la conducía a estados cuasi místicos. Cuando por fin consideraba oportuno abandonar el ambiguo trance dogmático, se entregaba a una suerte de plegarias, rezos, ruegos, súplicas, jaculatorias y otras invocaciones infructuosas que a voz en grito elevaba, con aspavientos teatreros, al Omnipresente Creador. En los bancos postreros la acompañaban una caterva de tipos mal encarados, fulanas, proxenetas, malhechores, borrachos, chulos, vagabundos, alcahuetas, truhanes, maleantes, soplones, banqueros arruinados en busca de inversores, facinerosos, trileros, busconas, carteristas, bribones, yonkis, proscritos, rufianes, sospechosos a perpetuidad, rateros, hampones, trotamundos errantes, camellos, granujas, golfos, poetas sin musa ni hostal y otros especímenes portuarios de tierras adentro que, con menor recogimiento y entusiasmo religioso, en realidad pretendían pasar desapercibidos a los ojos de las redadas policiales o guarecerse de las bajas temperaturas de la Villa y Corte.

La única pasión que de mayor se le conoció a la Chelo era El Corte Inglés de Preciados; precisamente el de la calle Preciados, no otro cualquiera. Decía que en ese lugar, como en la fogueada parroquia de Desengaño, toda la feligresía era igual; no había discriminación en el trato. De idéntica manera se atendía a un ejecutivo pijo de Torre Picasso que a una modesta ama de casa que aparentaba tener el mágico plástico de la Visa Oro que la Chelo nunca poseyó. Tampoco le hizo falta. Pagaba al contado todo aquello que compraba, que solía ser mucho e inútil en la mayoría de los casos, especialmente en periodos irrefrenables donde el desaliento y la melancolía se adueñaban de su quebradizo estado de ánimo. Las malas lenguas aseguraban que el bingo y el JB eran otras de las recetas predilectas que atenuaban las amarguras de la añeja profesión.

Las visitas que la Chelo hacía a la comisaría de policía solían ser frecuentes, para qué vamos a decir otra cosa. Por propia iniciativa sólo compareció cuando tuvo que renovar el DNI, largamente caducado. Raro era el mes que no se quedaba setenta y dos horas en la zona menos noble del inmueble. Luego, Su Señoría decretaba que ya había llegado el momento de que atendiera la “industria” y de nuevo regresaba seductora a Montera esquina Sol, excepto en invierno, como ya ha quedado advertido.

La relación con los guardias era mala, realmente mala. Algo mejor, quizá, con un poli bastante estirado y beato que había estudiado en los franciscanos, con el que llegó a coger relativa confianza. A este sabueso, con fama de tiquismiquis, se le atribuían varias novelitas negras con frases en latín que a veces solía firmar con “topónimo”. La Chelo no se fiaba del todo de él. “Mira, madero, menos rollo moralizador y abrevia los papeles que tengo al público desatendido y hay mucha competencia en el barrio”, le espetó descarada en una ocasión en la que el probo funcionario le recriminó su desordenado y licencioso comportamiento, entregado por entero al fornicio y, lo que era mucho peor para un puntilloso servidor del orden, lleno de transgresiones a la Ley Orgánica 1/92, más conocida como ley Corcuera. “Claro, como los de la pasma tenéis Muface y economato os importa un huevo si los demás comemos, maldita sea”, le apuntilló muy farruca la mujer, por si no había quedado clara su postura.

La Chelo siempre pretendió separar el polvo de la paja, dicho en términos metafóricos. Desde que, apenas gastados los quince abriles recaló furtiva en los arrabales madrileños, su principal preocupación consistió en distinguir el “oficio” de la vida privada. Cuando se dio cuenta de que ambas estaban inevitablemente emparentadas, ya era demasiado tarde: un chuleras de los de diente de oro, tupé al uso y utensilio de Albacete había tomado plaza en su corazón y... en su cartera.

Las sucesivas primaveras de la Chelo se fueron consumiendo poco a poco con mayor pena que gloria. La fortuna le pasó de largo como un tren expreso sin estación ni maquinista. La aventura fugaz en París, al socaire de las oleadas migratorias de maleta con esquineras de latón, no le sirvió, tampoco, de gran cosa. En la ciudad del Sena perfeccionó su francés que, ya de vuelta al ruedo ibérico, tanto le facilitó la labor diaria. "Lo mejor de los franceses es, precisamente, el francés y las manufacturas", explicaba solícita a quien quisiera prestarle atención, no aclarando si se refería al docto idioma galo y a la producción en fábrica, o a las deleitosas artes amatorias de los gabachos.

A la Chelo la conocí verdaderamente por casualidad una mañana de tórrido verano en la sala de espera de la Clínica de La Concepción, al lado de la plaza de Cristo Rey. Tenía hora, paradojas de la vida, para hacerme los análisis previos a la vasectomía. Ella aguardaba cariacontecida, con una petaca de ginebra en la faltriquera, el arqueo de los menguados anticuerpos que aún se alojaban titubeantes en su organismo debilitado, según me aclaró después. Cuando me acomodé en el sillón ya debía ir por el duodécimo lingotazo. Nos saludamos con desafecto y distancia. No obstante, se me quedó mirando con intensa fijeza. La enfermera la llamó al poco por un nombre común y dos apellidos aún más corrientes y molientes. Nunca se me olvidarán. Luego supe que eran sus verdaderos datos y que lo de “Chelo” lo había adoptado como alias de guerra.

Salió a los diez minutos y tomó asiento a mi lado. Por la comisura de sus labios se escapaba una sonrisita entre nerviosa y beoda. No anduvo con tapujos. “Cariño, te conozco perfectamente. Te he visto coger el coche mil veces en el aparcamiento de Tudescos, cerca de la radio de Gran Vía. Sé que eres periodista, picapleitos o algo así, que en definitiva viene a ser la misma milonga. Por eso te voy a confesar una cosa, encanto; será un secreto entre profesionales", me reveló titubeando con amargura contenida en la soledad de la inhóspita sala. "No me quedan más de tres reglas. Estoy a las puertas de la nada, colega. Igual te hago una guarrada contándote esto, pero tómatelo como el último deseo de una agónica que sólo tú puedes cumplir porque no se lo diré a nadie más”, prosiguió con voz aguardentosa, encendiendo un Ducados y arrojándome con osadía el humo a la cara. “Necesito que me hagas un favor, tío; quiero ser imperecedera, perpetuarme..., llegar al infinito", aseveró con el mismo tono de voz y un rictus alcohólico, utilizando palabras que no pegaban con su condición barriobajera. “Deseo vivir en el único lugar donde tratan igual a toda la gente; quiero afincarme para siempre en El Corte Inglés de la calle Preciados”, me advirtió muy finolis y con irreprimible energía, después de retirar la petaca de los labios. "También quiero otra cosa más, cariño -agregó ya totalmente ebria y desquiciada-, quiero que escribas un obituario novelado como el que suelen redactar para los señoritos de la Castellana y esos gordinflones patrioteros, y le pongas un título arrogante de epitafio. Si no lo haces, desde el más allá, si es que lo hay, te daré caña, colega”, dijo finalmente tartamudeando en tono de amonestación callejera. Luego me pidió el teléfono y se marchó, sin más explicaciones, dando traspiés por el efecto del alcohol. Mi perplejidad me impidió articular palabra y moverme por unos minutos. Un contradictorio sentimiento de compasión me invadió. No volví a preocuparme ni saber más de la mujer hasta bien entrada la estación otoñal.

La vasectomía, por cierto, fue todo un éxito; mis madrugadas no tienen queja ni desazón.

La rutina volvió a instalarse afortunadamente en mi cuerpo holgado. Las jornadas complacientes, propias de un contrato laboral blindado, transcurrían con sencilla placidez que se vio súbitamente perturbada una mañana de octubre. La noticia me llegó a través de un mensaje SMS al móvil. “Este es un aviso del Servicio de Atención al Cliente del Tanatorio Municipal de la M-30. Le comunicamos que la misa por el alma de la finada tendrá lugar, Dios mediante, a las 12 horas de hoy, en la parroquia de la calle Desengaño de esta capital. Metro Callao, línea 5”, decía el texto de impecable traza.

Comenzaba a experimentar cierto conflicto interno que, de no resolver pronto, seguramente terminaría complicándome la existencia.

Allí arribé a la hora indicada, bastante confuso y sin saber muy bien a qué atenerme. En efecto, se estaba celebrando un funeral. La concurrencia era más bien escasa, quizá una docena de personas, como mucho. La mayoría, damas extravagantes de esas a las que nunca les confiarías las llaves del apartamento. En el centro, y sobre caballetes, el típico ataúd de caoba con una corona de flores en la que figuraba con letras no muy bien rotuladas un “Tus compañeras no te olvidan". El cura, ya entrado en años, lidió el trámite con prontitud y en veinte minutos despachó el sepelio. Antes de concluir tuvo un gesto de generosidad con la difunta y, en una especie de homilía con estudiado toque de solemnidad, agregó: "Es público y notorio en todo el barrio que nuestra hermana Chelo llevó una existencia algo pecaminosa, particularmente en sus relaciones con los ministros de la iglesia e, incluso, con la milicia, pero es igualmente de justicia ensalzar en este preciso día su mayor virtud: todos sabemos que nunca tenía prisa por agotar la hora con la clientela. Era, en verdad, queridos parroquianos, una menesterosa aportación que nuestra allegada hizo a la comunidad de la que formaba parte", exhortó el sacerdote algo turbado. Creí observar una lágrima furtiva debajo de sus gafas de robusta montura metálica, aunque no podría asegurar este extremo a ciencia cierta.

Un coche fúnebre de los servicios asistenciales del ayuntamiento trasladó, con desconocido destino, el féretro. Antes, el funcionario que parecía llevar la voz cantante dio ceremonioso el pésame a todo el mundo y entregó un recibo para que, horas después, se pudieran recoger sus cenizas en las oficinas de la delegación del Tanatorio en la plaza Mayor. Consideré que era el momento adecuado para hacerme presente y entablar conversación con la reducida tribu de asistentes a las exequias. Sentía imperiosa necesidad por disipar las dudas sobre la mujer que acabábamos de despedir y que me había puesto en tan serio compromiso. Dos botellas de Rioja del año fueron suficientes para que, acodados en la barra del bar de enfrente, los pintorescos personajes desgranaran voluntariosos la obra y milagros de la Chelo.

Al despuntar la tarde, seis prójimos -cuatro “señoritas”, un trilero-poeta y yo mismo- nos congregamos en las dependencias municipales. Mi inicial inquietud había desaparecido por completo. No hicieron falta muchas palabras. Les expliqué mis pretensiones y todos, sin excepción, estuvieron de acuerdo. Como si de una procesión de la Santa Compaña se tratara, cruzamos con la vasija de cenizas de la Chelo por la calle Arenal. Paramos en el chiringuito de frutos secos de la Puerta del Sol, pedimos media docena de Mahous Cinco Estrellas, las abrimos, vertimos la cerveza en el suelo y, con un embudo hecho torciendo la hoja de sucesos de El País, fuimos rellenando los botes con las cenizas. Rematada la operación nos dirigimos lata en mano a nuestro destino final en la calle de Preciados: ¡El Corte Inglés!

A las puertas del coloso mercantil nos repartimos, por riguroso orden de edad, las plantas. La primera, de complementos e hipermercado, para mí; la de caballeros, que era la segunda, para la rubia platino de labios carnosos y abundante pecho; la tercera, dedicada a ferretería y deportes, para la de las caderas prominentes y bolso de cocodrilo; y así sucesivamente hasta alcanzar la cafetería en el último piso. La operación resultó sencilla, no hubo problemas. De manera solapada fuimos derramando las cenizas por todo el centro comercial. Un poco por los pasillos, otro tanto en los probadores, lo mismo por las escaleras mecánicas…, hasta concluir la faena que, como mucho, duró un cuarto de hora. Luego nos disolvimos sin tan siquiera decirnos adiós. No fue necesario. La Chelo habitaba per saecula saeculorum en su sin par y anhelado paraíso particular, camino de la eternidad capitalista.

Ya ha transcurrido un tiempo prudencial desde entonces. Mi vida ha retornado otra vez a la normalidad y a los tranquilos quehaceres habituales. Cumplí con la primera y más importante de las voluntades que me endosó ebria y alevosamente aquella mujer en la desierta sala de espera de La Concepción. La sección de ultramarinos de El Corte Inglés de Preciados es fiel testigo de cuanto ahora manifiesto. No es mi intención, sin embargo, pasar a la posteridad como el tipo haragán que olvidó escribir el obituario melodramático de una desahuciada. Lo prometido es deuda y los débitos hay que cubrirlos para el buen discurrir de los amaneceres. He aquí, realizado, el segundo y último de los deseos de la Chelo.

Se me permitirá, no obstante, que renuncie a revelar el verdadero nombre de Chelo, sólo conocido por ella, por ese poli fervoroso y algo estirado que estudió en los franciscanos y que al parecer escribe novelitas negras con frases en latín, y por este humilde gacetillero justiciero de hermosas causas perdidas. La memoria es el perfume del alma. Nihil obstab. Imprimatur.

El escritor Ricardo Magaz.

El escritor Ricardo Magaz.

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