Senderismo cepedano en Asturias: Las de Caín

El grupo cepedano de senderismo Las de Caín desempolvó de nuevo las mochilas, botas y cantimploras. En esta ocasión para trasladarse fuera de las tierras leonesas, concretamente a Fuso de la Reina, en Asturias.


Por Ricardo Magaz

La Cepeda,León, 11 de noviembre de 2000

El grupo de senderismo Las de Caín desempolvó de nuevo las mochilas, las botas y las sempiternas cantimploras. En esta ocasión para trasladarse fuera de las tierras leonesas, concretamente a Fuso de la Reina, en Asturias.

Allí se congregó una parte del popular conjunto, compuesto por amantes de la naturaleza, montañistas, escaladores, trotamundos, trashumantes impenitentes y estudiosos de la flora y la fauna de La Cepeda, Maragatería y Bierzo, fundamentalmente.

El ya célebre e intrépido grupo, nació en la comarca de La Cepeda en 1999 y es conocido por la práctica de rutas que entrañan cierto riesgo y, por tanto, con un alto nivel de dificultad (de ahí su peculiar nombre). Pero especialmente la agrupación destaca, sin ningún género de dudas, por su carácter ecologista y de estudio de los entornos naturales. Al núcleo fundador se sumaron rápidamente otros senderistas, montañeros y excursionistas expertos en medio ambiente, de Maragatería, Astorga, Bierzo y León, muchos de ellos, miembros destacados de arraigadas y prestigiosas entidades como la Universidad de León, la Asociación Rey Ordoño I, la Monte Irago, el Marcelo Macías, el Instituto de Estudios Bercianos, La Caleya, el Instituto Cepedano de Cultura, El Fuyaco, la Casa de León en Madrid o la recintemente creada Lobo Sapiens, de Astorga, entre otras.

La famosa y complicada ruta secreta del río Górgora, en el paraje de Peñainfierna, de la localidad de Montealegre (La Cepeda); los puentes de Mal Paso, en Molina Seca (Bierzo); el trayecto de Potes y la subida a Fuente Dé, por encima de los 2.500 metros, en plenos Picos de Europa (Cantabria); la Senda del Oso, en Teverga (Asturias), o el itinerario de las Xanas, son algunas de las múltiples y variopintas rutas recorridas, estudiadas, fotografiadas, filmadas, escritas y publicadas hasta ahora por el tándem naturalista, de tan singular nombre y composición.

Pero en esta ocasión la senda elegida fue asturiana; es decir, prima hermana. El 11 de noviembre, festividad de San Martín y día especialmente aciago para el género porcino, una sección de Las de Caín se concentró en el escultórico Parque de Invierno, en las afueras de Oviedo, desde donde se divisa la transitada senda de Fuso de la Reina. Se trata de un trayecto amable y en este caso sin especiales impedimentos orográficos, pero con gran valor ecológico y paisajístico, de unos 15 kilómetros, que discurre por encima de las antiguas vías ferroviarias, ahora soterradas, del tren estrecho o vasco. La Manjoya, Las Caldas y finalmente Fuso, son las poblaciones más representativas del hermoso valle que se otea en el horizonte.

A lo largo de todo el recorrido los expedicionarios más curiosos podrán descubrir algunas fuentes bien cuidadas. Al poco de la partida se llega a la vieja estación de La Manjoya, de estilo pseudovictoriano y actualmente en acelerada reconstrucción. Esa parte de la senda transcurre con un nivel de dificultad prácticamente nulo, siendo recomendable, por tanto, para todas las edades y condiciones. Es normal ver ganado vacuno pastando libremente por los prados colindantes. La vegetación suele ser, por lo general, frondosa, algo agreste y diversa: helechos, uvas de perro, castaños y matorral conforman el panorama. Se hace necesario cruzar varios puentes y los senderistas más osados tienen la posibilidad de tomar rutas alternativas que acortan ligeramente el trayecto. Un ruidoso riachuelo, eterno aprendiz como el Manzanares, acompaña fielmente al excursionista durante todo el camino. Las reducidas y compactas casitas de madera para los pájaros, cuelgan discretas de los árboles más altivos. Al fondo se avista la arrogante sierra del Aramo, cubierta por un leve manto de nieve.

Cuatro son los túneles que es necesario atravesar para llegar al destino final de Fuso de la Reina. Los hórreos y las paneras están siempre presentes en este paisaje preñado de rural asturianismo, tan próximo a lo leonés y viceversa, a pesar de la aparente disparidad. El pasadizo de Mulineru es el primero en aparecer con su alma negra como el carbón de las ricas cuencas vecinas. En esta zona la naturaleza se manifiesta en estado mucho más puro. Sobre el arroyo serpenteante se alza un imponente y sólido puente, ideal para la práctica del arriesgado puenting; si tuviera, claro está, el necesario ojo o hueco para ello (en caso contrario es poco recomendable para la integridad física). La alzada es considerable: supera con creces los 50 metros. En las cercanías aparece de inmediato otro viaducto de similares características; éste sí tiene orificio para, en caso de lanzarse al vacío atado a la cuerda, no engrosar las ya largas listas de la Seguridad Social. Los subterráneos Mergullo y Premaña, ligeramente más cortos, se vislumbran a continuación.

En esta parte de la ruta predominan los tonos ocres, los azafranados, los amarillentos y también algunos pajizos, típicos de la estación otoñal, ya casi entrado el invierno. En las cercanías de la renegrida galería de Veneros, muchos castaños rondan la centena larga de años. Aquí la senda se transforma en un hábitat húmedo, denso y boscoso donde el sol da escasamente durante la jornada. A mediodía, todavía se puede observar el vaho del aliento al salir apurado y a trompicones de la garganta reseca del caminante. A escasa distancia se presenta casi de improviso un pequeño y seductor pueblo: Las Caldas. Esta localidad fue en su día un enclave realmente importante en Asturias: un sugestivo balneario estilo renacentista de dos plantas, ya cerrado; un cine con el mismo nombre, de la época en que Bogart y Bacall se paseaban de la mano por la gran pantalla; una pequeña plaza con estatua dedicada a un insigne prócer y una añeja y cautivadora ermita consagrada al Cristo de la Salud, como no podía ser de otra manera en semejante lugar, son una clara muestra del pasado esplendoroso que seguramente ya no volverá. Las viejas y orgullosas casas solariegas se dejan ver en las cercanías con sus respectivos blasones de eterno pedernal, quizá algo eclipsadas por el castillo que con dos desafiantes almenas reina majestuoso en el altozano fronterizo; la yedra parece haberle preservado de los malos augurios de los elementos y del lógico envejecimiento de los siglos. El río Nalón recibe allí mismo a un afluente pírrico, serpenteante y con escaso caudal, a la vera protectora de la impresionante fortaleza.

Para quien quiera reparar en ello, el prosaico y negro asfalto de la comarcal contigua, ofrece al excursionista un detalle poético y especialmente urbanita entre tanta belleza natural: Rocío, te quiero, coño. Deja al otro. G.Z, reza la apresurada pintada a brocha, a modo de pública y posiblemente infructuosa declaración de amor en pleno centro de la calzada, justo enfrente de la señal del MOPU que prohibe, a los insensatos conductores, adelantar sin riesgo para la humanidad, ya en las postrimerías de Las Caldas. A un kilómetro aproximadamente se encuentra el llamativo pueblo de Caces. Parada obligatoria en Casa Eleuterio, en plena plazuela: la sidrina, las fabes y también la tortilla son, sin duda, sus especialidades más recomendables. A las afueras se puede contemplar un santuario de buena factura arquitectónica, posiblemente de finales del XVIII. Recuerda en el estilo a la siempre añorada, con ojos de miel, ermita de San José en Requejo de Cepeda, sólo que en la asturiana se ha mezclado incomprensiblemente el clasicismo más puro con las luces de neón, el aluminio blanco-insolente y los maceteros de todo a cien en el porche de entrada, recientemente añadido por los parroquianos sin paraguas ni paciencia suficiente para con la inestable y lluviosa climatología del lugar.

Sabido resulta que principio y desenlace tienen, y quieren, las cosas desde el amanecer de los tiempos. Se acerca, pues, el final de la travesía. Algunas ramas caídas hablan de vientos huracanados por el paraje en días pasados. Casi con seguridad, en esta franja de la ruta nunca entran del todo los rayos solares, igual que en el nebuloso túnel de Veneros; el ambiente es, por tanto, no recomendable para asmáticos. Y, por fin, Fuso de la Reina. Entrañable pueblo que se encuentra en la parte más oriental del hermoso e irrepetible valle. Las columnas de humo se elevan solemnes y llamativas sobre los techos de las casas de piedra; parece que las chimeneas dieran gozosas la bienvenida a los excursionistas, que no podrán sustraerse a ese detalle que predomina incluso por encima de la grandeza natural del entorno. Algún árbol limonero y varios hórreos acompañan al grupo senderista hasta el proverbial Bar La Arquera, en el confín de la empinada cuesta. La humareda de la cocina casera, el olor a pote asturiano, la deliciosa tarta de almendras, el sabor a hogar añejo y el talante amable y acogedor de la dueña y la camarera de la Casa, hace aconsejable, y obligada, la parada y fonda después de haber cargado durante kilómetros con las mochilas... leonesas, naturalmente.

...A menos seis minutos!, exactamente, ni uno más ni uno menos, podrá finalmente el senderista, el viajero, el excursionista, el simple caminante sin rumbo fijo, el trotamundos impenitente, el nómada, el trashumante o el peregrino despistado y sin brújula, tomar en la pequeña estación de vía estrecha el tren Feve de regreso al terruño patrio. Hace años que en Fuso de la Reina se ríen sarcásticamente, y con razón, de la famosa y seguramente inmerecida puntualidad británica. Por ello es necesario dar cumplido aviso a navegantes y parroquianos; lo dicho, con el billete debidamente comprado en taquilla y ¡a menos seis minutos!, exactamente, en la vieja estación. En caso contrario pasaran Las de Caín por las adversas consecuencias de la supuesta impuntualidad leonesa, seguramente también inmerecida. No pregunten por qué; lo pueden imaginar.

NOTA: Las personas interesadas en participar en las actividades del Grupo de senderismo Las de Caín, pueden dirigirse al Apartado de Correos 1.374 de León, o bien a través del correo electrónico rimal@cedrasl.com

 

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