Por las faldas del Celemín

Vamos a narrar una ruta de algo más de catorce kilómetros, en la zona de Valdemagaz, que recoge algunos de los paisajes más interesantes de los pueblos de Magaz, Benamarías, Zacos y Vega.

Mapa de la ruta por el entorno del Embalse de Benamarías
Este recorrido nos requerirá una mañana entera... y nos lleva por los montes del municipio de Magaz de Cepeda, en los que hay una interesante flora y paisajes de indudable belleza. En total, el recorrido de la ruta es algo más de 14 kilómetros.

Por poner un punto de arranque, propongo dejar el coche en Magaz, y caminar tranquilamente hacia Benamarías. Aunque hay otros caminos, seguimos la pequeña carretera que avanza hacia el oeste. En nuestro caminar veremos que el valle se abre. A la izquierda discurre el río Rodrigatos y hacia la derecha, en dirección casi norte avanza otro pequeño valle que surca el arroyo Candelante.

El valle de Candelante era en el pasado una zona de elevada producción de frutales. Hoy todos están abandonados. También era una zona de prados, la mayoría de los cuales también han dejado de explotarse. El pequeño arroyo discurre siempre con agua, acompañado en la mayoría de los trechos por una hilada de ramajos de excelente porte. El ramajo nos detecta que estamos en terreno húmedo y fresco.

Sencilla, pero bella, es esta ermita de Zacos, que se halla a la entrada de la población.
Es fácil ver, dominando la salida del valle de Candelante, un castro. Está casi a mitad de camino entre vega y Benamarías. Es pequeño pero bonito. En la parte norte se ve cómo se cortó el talud para fortalecerlo, dejando en el medio un pequeño embalse que aún tiene agua en tiempos húmedos. Los antiguos gustaban de tener el agua cerca.

En el castro se han encontrado algunas piezas de interés. Una de ellas, un pequeño gallo, está en el Museo de León. El lugar se denomína aún Iglesia Caída, y los mayores aún nos hablan de quien conoció sus muros.

Iglesia común para los pueblos de Benamarías y Vanidodes, en medio del paisaje
Ya en el casco urbano de Benamarías, tomamos el camino hacia el norte. Podemos ver que es una zona de abundantes aguas. Incluso, los lugareños hacían antaño embalses en los que recogían las aguas para el riego en el verano.

El terreno arcilloso permitía hacer estos con facilidad y garantizaba la conservación del agua.

En dirección hacia el embalse vamos viendo cómo los robles colonizan el valle de Salguiral. Es un espacio agradable que nos conduce a la presa de tierra. Desde la cima de esta, podemos disfrutar de una buena vista del pequeño lago artificial.

Embalse de Benamrías
Habitualmente es una zona solitaria, y nuestra llegada a la cima servirá para asustar a alguna bandada de patos, que darán un par de vuelos y acabarán volviendo al lugar. Los robles van cerrando en torno al embalse. Al fondo, hacia el norte, está el pico del Celemín. Son 1137 metros de altura. Hacia el oeste aparece el terreno más montuoso, con el cercano monte de Manzarnoso, de 1336 metros de altitud.

Siguiendo hacia el norte, por la ruta marcada pasaremos al este del Celemín y nos adentraremos en una pinada. En el entorno es fácil ver algún caballo, cuando no corzos o zorros... Hay alimento para todos.

Una vacada pasta en el monte de Zacos, junto al camino que va a El Celemín
Tras pasar el bosque de pinos, el camino gira hacia el este en dirección a Zacos. El trayecto es agradable, con montes ondulados en los que los claros alternan con robledales, urces y matas de salgueros, que denotan los cierres de los viejos prados.

Zacos en un bello pueblo, con algunas casas de sabor tradicional, una buena iglesia, y una ermita llena de encanto y sencillez. En este pueblo nació el poeta Eugenio de Nora, en cuyos versos se destila este paisaje de choperas y corrientes de agua clara.

De Zacos podemos regresar a Vega y Magaz por la carretera, o bien tomar el camino del Aspra, que nos lleva por medio del campo. Si vamos por la carretera y a la altura de Vega queremos desviarnos para ver el cercano Castro, cuidado, porque en un galpón existente al lado hay una manada de perros que desaniman al viajero (si no le hacen algo peor) es lo más lamentable del trayecto.

Vega es un pueblo que conserva alguna casa de indudable belleza, aunque la mejor, de neta influencia modernista, ubicada enfrente de la fábrica de harinas, está casi destruida. El entorno del río es agradable.

No es un manzano en flor... se trata de un manzano seco colonizado por líquenes.
En síntesis, el recorrido nos habrá dado un regusto ambivalente. Por un lado, la belleza de los paisajes y la variedad botánica. Por otro lado, el sello del abandono de los cultivos y la marca de la despoblación. El consuelo, es que ese abandono está permitiendo que la naturaleza vuelva a recobrar su esplendor.

Es lo que hay.

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