Rogelio Blanco: nuevo libro de cuentos

“Dismundo” es el título del último libro de Rogelio Blanco Martínez, que lleva un prólogo de Juan Gelman y está editado por Reino de Cordelia.
Dismundo. Libro de relatos publicado por Rogelio Blanco
Madrid, 20 de noviembre de 2011

Es un importante libro que surge de un mundo enraizado en la infancia del escritor, en La Cepeda, cargado de belleza, aunque reflejando miserias, bondades y asperezas.

En el país más profundo de un país, una aldea bautizada Dismundo, la negación del mundo, se vive un abandono sin horizontes ni destino.

Rogelio Blanco ofrece nueve retazos de un universo rural del que todos apartan la mirada y en el que los muchachos aspiran a cultivar la tierra de algún amo y las chicas a emigrar a la capital como criadas. Con una humildad que rebosa ternura, emoción y lirismo humano se cuentan las historias cotidianas de Armelinda, Domiciano, Leontino, Robustiano, Librada… Personajes de nombres atávicos, la mayoría de raíz visigótica, que han logrado escapar de la muerte: la mitad de la tumbas del cementerio pertenecen a niños que duermen el sueño eterno bajo los brezales acosados por el viento.

En palabras de Juan Gelman, «un universo nocturno en el que hay que aguzar la vista para apreciar el fulgor de cada uno de sus astros».

El Autor

Rogelio Blanco Martínez (Morriondo de Cepeda, León) ha habitado en el mundo del libro desde distintos ámbitos: editor de libros y revistas, prologuista, coordinador de proyectos editoriales, y desde el año 2004 como Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas, en el Ministerio de Cultura.

También es un autor prolífico y de inquietudes diversas, pues ha tocado casi todos los géneros a través de las siguientes obras: La pedagogía de Paulo Freire; La ciudad ausente; Pedro Montengón y Paret, un ilustrado ante la utopía y la realidad; La ilustración en Europa y en España; Zambrano; La escala de Jacob; El odre de Agra; La vara de Aarón; La dama peregrina; La honda de David; y Un día cualquiera: el diario de Edwuardo.

Ha participado, además, en varios libros colectivos, y es autor de múltiples artículos publicados en prensa y en revistas especializadas. Dismundo es su primera obra de relatos cortos.

Del prólogo de Juan Gelman

¿Qué es el país profundo de un país? ¿El que está al fondo, aplastado por todos los demás países de un país? ¿Y cómo respira, quieto y sin amparo? Cada uno de estos nueve relatos abre puertas para conocer el abandono que vive, sin horizonte ni destino, su rutina de trabajo y puro margen en una aldea bautizada Dismundo. Léase dis/mundo, o mundo otro que el mundo, o negación del mundo que lo niega.

Armelinda, Secundino, Domiciano, nombres de antes como los zuecos que calzan, mueven su vida en textos dotados de unidad autónoma que juntos pintan un paisaje de color pobreza, su único protagonista. Dismundo es duro, las tumbas de los niños ocupan casi la mitad del cementerio de la aldea y no impiden que el viento mezca la flor azul de los brezales. La recuperación de un perro casi despedazado por lobos que derrotó bravío despierta bondades olvidadas y hay quien dice que Dios es bueno con los ricos porque hablan mejor. Aquí no se cuentan únicamente vidas, se cuenta vida. Son estas narraciones que nacen de la tierra, del humus que obsesiona al autor como fuente de toda humildad, la real, la que no necesita autonombrarse, y sería un grave error incluirlas en el archivo etiquetado “literatura costumbrista”. Rogelio Blanco construye ficciones que eluden las fatigas de letras al uso con destellos de ternura, lirismo humano, suspenso, emoción, comicidad. Su con/pasión por Robustiano, Librada, doña Bibina no es un harapo de la misericordia que los de arriba vuelcan sobre los de abajo como un agua sucia. El autor nada oculta de las carencias culturales, producto de la inequidad, que, con otras, pesan sobre Dismundo, pero instala sin didactismo una pregunta: ¿por qué los demás países de este país no se interrogan sobre su triste subsuelo, no lo recorren para verse, por qué se tapan los espejos con un paño negro como luto de judíos?

La comodidad de pensamiento —y algunas más— diferencia a esa rutina de la que impera en Dismundo, “un lugar sin tiempo, un tiempo sin reloj”, donde los muchachos serán peones de algún dueño de la tierra a los 14 años y las chicas de 14, criadas en la capital. Niños sin futuro condenados a prolongar el linaje del pobre y la vida como una repetición. Pero los dismundianos no se rinden, saben cómo sobrevivir, prueban que lo humano es capaz de atravesar las asperezas más crueles. Una lección para estos tiempos en que se nos quiere domar el coraje para convertirnos en carne fácil de autoritarismos.

Dismundo no cuenta cuentos camperos, esa otra etiqueta que sirve a conciencias críticas livianas. Habla con el habla de sus habitantes y su escritura subvierte el discurso oficial, como toda escritura de verdad. Se encontrarán modismos y palabras viejas que, paradójicamente, descubren la riqueza de la lengua castellana y se quedan a vivir en la mente del lector por su autenticidad. ¿Por qué olvidar que el ternero también se nombra jato? ¿Por qué desechar expresiones como estabular, copichuela, espurriar y, sobre todo, coscorito, más dulce que carozo, en especial si es de cereza?

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