Morir esperando a la Guardia Civil de Valladolid

El pasado veintidós de febrero los cepedanos asistimos a una nueva desdicha. El pantano de Villameca se cobró otra víctima más. Desde su inauguración en 1945 el embalse traicionero le ha segado la vida a varias decenas de personas que, con ánimo conf
MORIR ESPERANDO A LA GUARDIA CIVIL DE VALLADOLID

El pasado veintidós de febrero los cepedanos asistimos a una nueva desdicha. El pantano de Villameca se cobró otra víctima más. Desde su inauguración en 1945 el embalse traicionero le ha segado la vida a varias decenas de personas que, con ánimo confiado, se acercaron hasta sus muros y orillas.

El último fallecido ha sido un joven y experimentado submarinista, vecino de Benavides, que quedó atrapado durante todo un día en el tubo del sistema de desagüe de la presa, a 21 metros de profundidad.

El caso ha tenido gran repercusión gracias a los medios de comunicación y a su impecable y riguroso tratamiento informativo, alejado del morbo. La propia televisión estatal daba la noticia con profusión de imágenes en su primera cadena para toda España. Pero, ¿qué diferencia existe entre esta desgracia y cualquier otro hecho trágico de análogas características?

La disparidad estriba en el rescate. O mejor dicho, en la ausencia de rescate. El joven Carlos Arias González, de 30 años, se sumergió pertrechado con un completísimo equipo de buceo en las aguas tranquilas del primer dique de Villameca a media tarde del domingo veintidós. El grupo de amigos y familiares que le acompañaba, y el propio personal del pantano, se dieron cuenta de que había quedado retenido en el fondo. Intentaron izarle tirando de la cuerda de seguridad a la que estaba unido pero fue inútil; el consumado submarinista, que permanecía con vida y mandaba señales al exterior a través de la cuerda, tenía aprisionada la pierna izquierda en un tubo-aliviadero de succión que le impedía emerger por sus propios medios.

Alguien, con buen criterio, llamó a la Guardia Civil. Al poco tiempo llegaron las dotaciones rurales de la zona, cuya disposición fue ejemplar. Lo que precisaban, sin embargo, era una unidad subacuática de rescate perentorio. El responsable policial comunicó urgentemente este extremo. La ayuda requerida llegó desde Valladolid al día siguiente, lunes, a la hora de comer. Fueron necesarias 22 horas para que los GEAS arribaran a la Cepeda Alta. Nada se pudo hacer ya, excepto recuperar el cadáver y certificar el óbito. En el equipo de inmersión del fallecido aún quedaba oxígeno; todo apunta a que murió por hipotermia, por desesperación, o por ambas cosas.

¿Cómo es posible que León, la región con más embalses de todo el noroeste peninsular, carezca de unos Grupos de Actividades Subacuáticas (GEAS)? La respuesta es sencilla. Esta unidad especializada de la Benemérita se encuentra acantonada en Valladolid por sinrazones de oportunidad política y centralismo voraz. El Viejo Reino es simplemente la periferia discordante de la Comunidad. Una cosa es cierta, el joven leonés Carlos Arias estaría vivo si las aguas hubieran sido las del Pisuerga.

Es apremiante exigir responsabilidades al más alto nivel; en León, en las propias Cortes de Fuensaldaña y, por supuesto, en Madrid. No es posible que después de este despropósito las cosas sigan como si nada hubiera ocurrido. Aquí hay ineludibles responsabilidades políticas que afrontar. No obstante, existe un antiguo remedio para cualquier culpa: reconocerla, asumir las consecuencias y, naturalmente, rectificar. Dicho queda.

Fdo.: Ricardo Magaz

 

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