El maqui cepedano

Ricardo Magaz, novelista nacido en Castrillos de Cepeda, aporta a la web de La Cepeda una narración relativa al mundo de los maquis en los tiempos que siguieron a la Guerra Civil española.

Por Ricardo Magaz

Sabed que no existe nada más elevado,
más fuerte, más sano, más digno y
más útil para el porvenir, en la vida,
que cualquier hermoso recuerdo, y tanto
más si éste pertenece a la infancia
y a la honrosa casa paterna.
-Tales de Mileto-


Tenía yo nueve años de edad cuando mi madre decidió que hiciésemos un viaje. Un viaje muy largo al extranjero, los dos solos. Por fin iba a conocer a mi padre que siempre estuvo trabajando por esos mundos de Dios. Aunque nueve años no sea demasiado tiempo, para mí en realidad era toda una existencia. No conocer a mi padre porque trabajaba lejos, era algo que consideraba realmente injusto y desproporcionado. No encontraba esta razón lo suficientemente lógica y convincente. Lo que sí tenía claro era que esa experiencia la necesitaba como el comer diariamente. Otra vivencia echada en falta y que se iba pronto a realizar, sería la de subir al tren. Para un niño cepedano el tren tiene la magia de lo distinto. Nada se le parece. Nada.

Así podía comprenderse la doble excitación que sentí al pisar la vieja estación de Astorga. El ansia y la curiosidad me mantenían observador con todo lo que me tropezaba y se apartase ligeramente de lo ordinario: vistosos uniformes civiles y militares, así como personas de distinto origen y condición, resultaban más llamativas y peculiares por encontrarse allí en un día tan señalado para mí.

Un preso esposado soportaba resignado las indicaciones que la pareja de la Guardia Civil que lo escoltaba, transmitía al Jefe de Estación.

-Trasladamos a este peligroso elemento del maquis a otro centro. Como se porte igual que donde estaba... ¡Menuda pieza está hecho! -agregó contundentemente el bigotudo guardia que parecía llevar la voz cantante.

Me quedé mirando fijamente sus grandes y brillantes esposas que parecían resumir todo el peso de una teórica culpabilidad, causa y efecto, de su gran abatimiento, agravado por el notable sentimiento de vergüenza al verse públicamente vejado de aquella forma tan notoria.

Mi madre se percató de mi descarada actitud.

-¡Vamos! Eso a ti no te interesa -ordenó mientras entraba en el vagón.

Yo le ayudé a subir la única maleta que llevábamos. Resultaba un equipaje insignificante para un viaje tan largo; pero esto no me extrañaba lo más mínimo. Éramos una familia con pocos recursos y yo estaba acostumbrado a la escasez material en cada faceta de nuestra vida.

Nos acomodamos provisionalmente en unos asientos del último vagón, cerca del coche-bar. Digo provisionalmente porque apenas comenzó el tren su marcha mi madre se levantó muy decidida.

-En los vagones delanteros debe de dar más el sol -dijo mientras se levantaba tirando de mí.

¡Vaya tontería! El sol daría por igual en todos los vagones. Yo lo atribuí a una de sus manías. Cogimos nuestra maleta y nos aventuramos a posiciones más avanzadas. Mi madre echaba una rápida mirada a cada uno de los compartimentos que sobrepasábamos. Vacíos serían todos iguales, pero la diversa fauna que los ocupaba los convertía en mundos totalmente diferentes que nada tenían que ver entre sí.

Al llegar donde estaba instalado el preso me detuve nuevamente. Mi instinto me sugería que su postura no era digna ni natural. Una persona en sus circunstancias debería encontrarse como ausente, ajena a todo. Él, sin embargo, nos miró fijamente un instante, desvió la mirada y continuó atento a desconocidos objetos del exterior que parecían merecer incomprensiblemente su atención, porque los seguía con la mirada en sus trayectorias con el rápido cruzar que el movimiento de sus brillantes ojos reflejaba.

Nos instalamos unos tres compartimentos más adelante.

Para un niño, estos habitáculos tan característicos de los trenes pueden ser un pozo de inquietudes y curiosidades, o simplemente una pequeña celda, según el grado de libertad que se le tolere.

Aquél era mi día de suerte. Toqué, monté y desarmé todo aquello que era susceptible de moverse: ceniceros, cortinas, reposabrazos, rejillas... Increíblemente, mi madre no me decía nada; se limitaba a mirar parsimoniosamente por la ventanilla y, de vez en cuando, el reloj.

Llevábamos muy poco rato cuando me preguntó si quería una naranjada. Tal pregunta a un chico de mi edad y condición era, a todas luces, innecesaria. No obstante, yo le contesté tan serio como ella me lo había preguntado.

Vuelta en dirección al coche-bar. Teníamos que deshacer el camino recorrido unos minutos antes.

Yo estaba encantado. Todo era nuevo para mí, incluso el paisaje. Claro está que esto era lo que menos me importaba, pero se añadía al resto: los túneles, el vapor y el constante traqueteo se entremezclaban, produciéndome un continuo enajenamiento. El tren me transportaba algo más que físicamente. Lo hacía de una manera integral.

Nos íbamos adentrando en zona montañosa, y las grandes extensiones de cultivos se transformaban en pequeños campos cada vez más esporádicos, hasta convertirse en testimoniales. Los chopos, encinas y alfiles de las llanuras daban paso a los arbustos y demás flora propia del monte bajo. El aire fresco comenzaba a sentirse gracias a las ventanillas de los pasillos que aún permanecían abiertas. Manos anónimas las cerraban a nuestro paso indiscriminadamente.

Una vez en el bar, mi madre pidió dos naranjadas. Yo acabé la mía en un instante, mientras ella apenas la había probado.

Me la ofreció.

-Hijo, bébete la mía también.

Hice lo propio con fingida mesura.

Como habíamos bebido agua antes de subir al tren, yo tenía el estómago realmente hinchado.

-Mamá, quiero hacer pis -exclamé inocentemente a voz en grito.

-Vamos, te acompaño al retrete.

No entendía la diferencia entre un vagón y otro, pero este tipo de situaciones me ocurrían a todas horas con mi madre en particular y las personas mayores en general.

Mi madre pasó primero. Yo esperé fuera. Tardó un poco más de lo normal en salir.

-Ahora pasa tú hijo. No cierres la puerta, no vaya a ser que luego no puedas abrir. Yo te espero en nuestro sitio -agregó con una dulce sonrisa típica de ella.

Antes de irse se despidió con un beso. Las frecuentes manías suyas tenían en ese día, en ese preciso día, su punto álgido.

Esto empezaba a producirme cierto agobio que podía estropearme el viaje. Hice mis necesidades pensativo, y ciertamente preocupado.

Acababa de subirme los pantalones cuando, de pronto, entró el preso de forma rápida, nerviosa e inesperada. Le habían quitado provisionalmente una de las esposas. Se abalanzó hacía mí, tapándome la boca con una mano y con la otra comenzó a buscar desesperadamente algo en todos los posibles recovecos de tan reducido espacio como en el que nos hallábamos.

En pocos segundos encontró lo que alguien había dejado allí intencionadamente, y él buscaba con desesperación: un enorme cuchillo puntiagudo que a mí acabó por convertirme el susto en auténtico pánico.

Ni siquiera ahora puedo ser objetivo en sus dimensiones. En mi memoria sigue registrado con una longitud de medio metro.

Resultaba bárbaramente intimidante.

Auparme con un brazo a la altura de su pecho, colocarme la punta del cuchillo en mi cuello y salir de allí dando un portazo y grandes voces fue todo uno.

-¡Al pasillo! ¡Al pasillo inmediatamente o le rebano a este niñato el gaznate! -gritó a la pasmada y sorprendida pareja de la Guardia Civil que le había esperado fuera.

Con torpes y dubitativos movimientos los guardias le hicieron caso, pero no le pareció suficiente a mi violento y robusto secuestrador.

-¡Y los pasajeros lo mismo! ¡Digan a todos que salgan al pasillo! ¡Venga!, ¡pero ya, coño! -añadió con la cara desencajada y las venas del cuello a punto de estallar.

Más por los gritos amenazadores del preso que por las instrucciones que la pareja de la Guardia Civil iba dando a los viajeros se encontraron, casi en su totalidad, en el estrecho pasillo. Se erguían los más bajos para ver, y se encogían los más altos para no destacar demasiado. Quedaron las cabezas perfiladas de una manera ligeramente ascendente, como en un cine de barrio.

Sin añadir una palabra más, ocurrió lo que nadie se esperaba. El preso pegó un contundente tirón del freno de emergencia. Hubo una súbita contracción de la hilera de personas que la dejó reducida a un tercio de su longitud de un modo violento y aparatoso.

En ese momento ya se encontraban los pobres guardias hacia el final del pasillo, por lo que resultaron de los más afectados por el aplastamiento humano.

Visto y no visto me encontré corriendo bosque arriba cogido por la mano sudorosa de mi secuestrador que me sujetaba fuertemente la mía a la altura de la muñeca y me dirigía con rápidas sacudidas el camino a seguir. De vez en cuando me gritaba furiosamente que corriese más. Dada mi actitud temerosa, él consideró innecesario amenazarme en caso de intentar soltarme y huir. Quedaba patente para los dos mi manifiesta inferioridad. Es algo que ni me planteé.

Cuando empezaron a flaquearme las fuerzas aminoré el paso inconscientemente. Entonces, él me dijo de una forma un tanto imperativa:

-¡Alberto, o corres más, o te sacudo un bofetón!

Esto me dejó desconcertado, totalmente desconcertado. Aquel cambio de tono en alguien que unos minutos antes quería cortarme el cuello y ahora se conformaba con un cachete: Además... ¿Cómo se había enterado de mi nombre? Por lo visto, terminaban los sustos y comenzaban los misterios.

Al llegar a la cima, libre ya de cualquier posible acoso, descansamos unos minutos. Él permanecía todavía con el espíritu activo, pero sus movimientos denotaban la tranquilidad que emana de un hombre confiado y seguro de sí mismo.

Tímidamente le pregunté:

-¿Cómo... cómo sabe mi nombre?

Él respiró profundamente, como para coger fuerzas.

-Sé muchas cosas de ti, Alberto. Más de las que tú te imaginas. No te preocupes, no tengas miedo de mí, también tú, algún día, comprenderás todo lo que hoy ha sucedido.

Ese día no tardó en llegar. Muy pronto comprendí las razones que propiciaron mi protagonismo en esta historia. Los numerosos detalles, aparentemente triviales e inconexos de aquella jornada, tomaron coherencia e incluso resultaron determinantes en mi futuro.

Pronto descubriría la gran mentira piadosa con la que mi madre me alimentó los primeros años de mi vida. ¡Mi padre no había estado nunca trabajando en el extranjero!

Bien es verdad que quizá tuviera algo limitada su capacidad de movimientos para venir a casa a vernos; pero ciertamente nunca había pisado tierra extraña.

No obstante, y como es natural, siempre le quedaré eternamente agradecido a mi dulce madre por aquel sorprendente viaje, y especialmente por el hecho de que nos entraran ganas de hacer pis en el pequeño servicio rodante.

Ahora, unos años después, aquí, en el exilio de París, sí puedo decir que mi padre, hombre de pública virtud y arraigada trayectoria política y sindical, está en el extranjero.

 

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