A Fidio.

Era Fidio el francés más cepedano y el cepedano más francés. No en vano lo nacieran en la Toulouse de entreguerras y allí viviera hasta la mocedad dice Santiago Somoza Pardo en una bellísima semblanza de un personaje de esta tierra...

Por Santiago Somoza Pardo

Siero(Asturias)

De Ábano a Castro por La Veiga y de Palacios a Villar. Esos eran sus dominios, su campo de acción. Quijote de la Alta Cepeda, buhonero del Tuerto, Astérix del Gándara, por caminos polvorientos e intransitables -más tarde mejorados por más obra que gracia del asfaltado y de la tardía concentración parcelaria-, con sol, lluvia, nieve o viento, se recortaba la silueta inconfundible de Fidio, aquel pequeño gran hombre esperado por todos, una o dos veces por semana, para abastecerse de toda clase de productos básicos, que él transportaba en su carro desde su sede central de Quintana del Castillo.

Eran otros tiempos, no muy distantes pero sí muy distintos, sin apenas carreteras ni coches ni consumo, en los que Astorga quedaba lejos. Por eso aquella especie de servicio puerta a puerta funcionaba. Y funcionaba bien.

Era Fidio el francés más cepedano y el cepedano más francés. No en vano lo nacieran en la Toulouse de entreguerras y allí viviera hasta la mocedad, pero, eso sí, conservando siempre la nacionalidad española de sus metecos progenitores, ella de Ábano y de Quintana él. Las aguas del Garona fueron testigo mudo de sus correrías infantiles, de sus éxitos en el deporte juvenil, de sus pinitos con las primeras fiancées y de la gestación de unas ideas de preocupación social que irían madurando con el tiempo y de las que siempre haría una ostentación tan firme como prudente.

Pero la Historia no jugó a su favor. A principios de la II Gran Guerra, recién estrenada la mayoría de edad, las duras condiciones de la Francia ocupada lo empujaron, junto con sus padres, a abandonar su país de nacimiento y cruzar por primera vez -para quedarse aquí definitivamente, aunque no era esa su intención por aquel entonces- la frontera de una España no menos dura y de futuro incierto y que, por lo visto, tampoco era tan una ni tan grande ni tan libre como rezaba la propaganda oficial del momento. En los años siguientes volvió en dos ocasiones, en ambas de visita rápida, pero nunca pudo llevar a cabo el regreso definitivo, como era su deseo. Sus raíces, sin embargo, debían de ser más sólidas de lo que él mismo admitía, lo cual, unido a la soledad de sus viejos, con los que mantenía una fuerte dependencia, amén de otras posibles razones, hizo que los Pirineos se le cerrasen para siempre. Nunca más volvería a su querido Midi salvo con la imaginación, en los emocionados recuerdos que desgranaba ante los más íntimos, y eso solo en muy contadas y especiales ocasiones.

Tras una fugaz estancia en Madrid, primero como empleado en un negocio cercanofamiliar y luego sirviendo a su nueva patria como radiooperador en Transmisiones -donde, paradójicamente, recibió repetidas distinciones al mérito militar por parte del ejército (con)vencedor, precisamente él, el siempre responsable aunque (con)vencido cabo segundo Bedoya Nicolás, y además en El Pardo-, recaló de manera definitiva en el solar paterno. Fue a partir de entonces cuando comenzó su verdadera andadura comercial, a la que dedicaría su vida, comenzando con el mercadeo de pieles y de todo género de géneros y telas. Eran años de escasez y de estraperlo casero. La vida había que malganársela día a día y los frutos eran mucho menores que las dificultades y el esfuerzo. Pero aquel paladín de la pequeña empresa y de la caballería andante cepedanas pateaba la vecindad a lomos de su burra Severina en busca de una clientela que, a golpe de buena labia y ajustada romana, iba en aumento.

Luego extendió su oferta a la fruta y los ultramarinos, fijando entonces su centro de operaciones en el ídem del pueblo –parece ser que por un quítame allá esos voltios: a su casa no llegaba la potencia suficiente para el nuevo frigorífico-, en un local que había pertenecido a la conocida Taberna del Mellao, desaparecida no muchos años antes. Y así fue como aquel joven diminuto, buen bailarín y mejor jugador de naipes, superando sus veleidades galas, sentó cabeza en Quintana, casó en Truides, fundó un hogar en la Cuesta la Iglesia y contribuyó en alícuota parte –con una niña: Chusa- a paliar el envejecimiento demográfico leonés. Más tarde modernizaría su medio de transporte sustituyendo el viejo jumento por una carreta techada y propulsada por motor de un caballo, asimismo solípedo y de potencia real.

¡Qué peso pluma en corazón tan grande! ¡Qué liliput de entraña tan gigante! Con su torpe aliño indumentario era, por decirlo con palabras del poeta, en el buen sentido de la palabra, bueno. Y de rutina cotidiana y horario europeo, no faltaría más: desayuno tempranísimo para atender debidamente a los clientes, madrugadores obligados por las labores del campo, con puntualidad francesa; comida al mediodía; y merienda-cena al atardecer. E incorregible mal comedor, de frugales colaciones casi monopolizadas por los nutritivos garbanzos del país y endulzadas a deshora con las onzas de chocolate La Cepedana que llevaba de continuo en los amplios y profundos bolsillos de sus siempre holgadas americanas.

En los primeros tiempos, el mono de las cartas no favorecía precisamente aquel esquema de vida y, sin menoscabo de sus responsabilidades profesionales, que eran para él sagradas, le hacía gastar el tiempo libre en partidas y más partidas, a veces interminables, de expectante rivalidad y envueltas en vapores más o menos etílicos y en las disputas de rigor entre los jugadores y contertulios, casi siempre los mismos. Pero luego lo superaría definitivamente y pasaría a cumplir aquella vida al dedillo, recluyéndose en casa en torno a la hispana costumbre de la siesta, la radio –compañera musical, informativa y deportiva: la canción española, las noticias del parte, la nocturna e imperdonable Radio Gaceta de los Deportes y las eternas tardes de fútbol del domingo, principalmente- y la lectura devoradora de su admirado Marcial L. Estefanía, el del far west de bolsillo, y del Marca que se traía de Astorga los martes y viernes, días en que cambiaba la tracción animal por el coche de línea para ir a proveerse de las necesarias mercancías que requería para sus actividades laborales.

Aún parece que lo estoy viendo en la cocina de casa, aledaña a su tienda, sentado en el escaño o de pie junto al fuego, como un napoleón con boina, liando sus demoledores canutos de picadura de cuarterón y sus infumables pitillos de caldo, que le quemaban la ropa tanto como los pulmones y que aspiraba con ansioso deleite mientras hablaba y hablaba como una ametralladora, volcán en constante erupción de cenizas y otros volátiles que prodigaba copiosamente por doquier. O en la propia tienda, hacia la hora de cerrar, tras el mostrador, haciendo caja o revisando sus cosas. Inquieto y saltarín, nervio en continuo movimiento, llegaba y se iba todos los días a las mismas horas.

Buen conversador, discutidor febril, de abierta y contagiosa carcajada, franco por claro y directo, franco por francés, franco por...¡qué va, por eso jamás!, saltaba como un resorte en cuanto se mencionaba algo relacionado con el país vecino. Parecía como si la parte de él que allí había vivido, pugnase todavía por conseguir su viejos anhelos. Además, el diferente devenir de sus dos países, con un norte que ofrecía nuevamente unos horizontes impensables por entonces en estos lares sureños, contribuía a alimentar su visceral y comprensible francofilia, por lo que hacía gala de galo a la más mínima ocasión.

Un pesquero retenido, un camión de fruta volcado, la indisimulada falta de colaboración intergubernamental, o lo que fuere, todo lo justificaba por el simple hecho de su procedencia ultrapirenaica, con una vehemencia que haría las delicias de los más chovinistas. Pero si Anquetil e Hinault, los dos grandes de la grandeur francesa, eran sin duda alguna -¡cómo no!- los dioses mayores de su olimpo deportivo, la ostensible debilidad gabacha de la época en el deporte rey le permitía -¡algo es algo!- depositar toda su afición balompédica, que era mucha, en el Atlético de Madrid C.F., su incondicional equipo de siempre. Por otra parte, cuando estaba tan de moda por el auge del turismo colgar el conocido On parle français, aunque más que hablarlo solo se chapurreara, lo recuerdo hablando en fluido francés –era su primera lengua, al fin y al cabo- con alguno de los contados francófanos que muy esporádicamente se perdían por el pueblo.

Así era Fidio y así fue, muy a grandes rasgos, su vida. Monótona y sencilla, pero a la vez original y pintoresca. Un aciago día de los albores del invierno, su fiel e inseparable Moro, caballo con el que tanto había caminado, sufrió en el establo un accidente fortuito que acabaría siendo mortal. El enorme corazón de su amo, enfermo y dolido por los avatares de la vida, que rumiaba en secreto, ya no lo pudo resistir. Cuando lo despedimos, en plenas navidades del 85, la nieve cubrió de blanco toda la contornada. Un blanco puro y limpio como aquel corazón parado para siempre. Por algo sería.

Los que lo conocimos lo echaremos siempre de menos. No había dos como él. Su aspecto y su forma de ser y de actuar tenían algo muy propio, muy exclusivamente suyo. Su especial personalidad y su peculiar figura han marcado, quiérase o no, el último medio siglo de Quintana y sus alrededores, entrando a formar parte, por derecho propio, de nuestra galería de personajes populares. Carro, caballo y caballero, que no jinete, anunciados, antes de ser vistos, por su traqueteo característico, formaban un conjunto sin igual, estampa de un tiempo anterior que se ha ido con ellos. ¡Se acabaron los tenderos que iban por el monte solos! Su presencia era tan esperada y ubicua que aún hoy, cuando se recorren los lugares que frecuentaba, uno tiene la impresión de que se va topar con él de un momento a otro. Nuestro paisaje y nuestro paisanaje ya no son los mismos desde entonces. Hemos perdido un paisano verdaderamente singular.

***

Ya no podremos, querido Fidio, viajar hacia el norte, a tu añorada cuna natal, como alguna vez habíamos planeado. Los hados han frustrado nuestro callado proyecto. Pero de algún modo sigues entre nosotros y el día menos pensado emprenderemos ese aplazado periplo, para que puedas pisar de nuevo las calles tolosanas y cumplir así todos tus nostálgicos deseos. Mientras tanto, sigue tranquilo en tu nuevo destino -por cierto, ¿cuántos afrancesados has conseguido ya para la causa?-, donde a buen seguro ya serás popular, y no se te pase por la mollera, colegui, que ya nos conocemos, la idea de regresar. Porque los tuyos están bien, te recuerdan con orgullo y te llevan con ellos para siempre. Ah, y ya eres abuelo, tío, que no te enteras, y tienes en casa dos hombres más y un perro. Y el carro está en su sitio, tronco, tal como lo dejaste. Y porque desde que te fuiste -haciendo mutis por el foro, que por no molestar eras capaz de todo, hasta de no despedirte- esto ya no es lo mismo, compañero, algunas cosas han cambiado mucho.

Para que te hagas una ligera idea, tres pequeños ejemplos. En el mundo de las dos ruedas sin motor, el nuevo as indiscutible es un mocetón navarro, alto como la copa de un pino y fuerte como un mihura, que se ha erigido en rey de los Campos Elíseos estos últimos años, mientras el otrora invencible ciclismo de la Galia se ha rendido a su potente pedalada y anda sumido en una profunda crisis. En el club colchonero, el Atlético de tus amores, la seriedad y la solera de tu adorado Calderón han sido sustituidas por la zafiedad e incontinencia verbal de un tal Gil y Gil, gil y pendenciero, auténtico truhán del Manzanares, que está dando al traste, recientes éxitos aparte, con el buen nombre de la entidad rojiblanca. Políticamente hablando, en fin, para qué te voy a contar, los vientos que ahora soplan en la Moncloa y en el Elíseo no te son precisamente favorables. Así que ya ves, hermano, móntatelo por ahí que esto no da para más, el horno no está para tus bollos y no te mereces una desilusión tan grande como la que te llevarías si -sin avisar, como es habitual en ti- te presentases aquí y hallases tu mundo patas arriba.

Además, pensándolo bien, ya te tenemos entre nosotros aunque no nos hayamos enterado hasta ahora. Después de siete años sin noticias tuyas, has decidido resurgir de tus cenizas cual ave fénix -mejor ave félix, en este caso- y volver a la vida. Porque hace ya cuatro que corretea por aquí un pequeñajo moreno de ojos como platos y más salado que aquellas pesetas rubias de antaño y que, como tú, ni duerme ni come ni para quieto ni deja de sonreír a todo el mundo. ¡Te reencarnas en tu nieto en año olímpico, no podía ser de otro modo viniendo de un deportista como tú! Con tu querida Celsa siempre cerca, como antes, sigues, niño-abuelo, Félix-Fidio, recorriendo nuestras calles y caminos y quedándote con el personal. Igual que entonces. Igual que siempre.

Bueno, camarada, ya me he extendido bastante gracias a que no me has podido interrumpir, ¡esta vez no!, con tus entrañables y repetitivos ¡Cucha, cucha!¡Guarda, guarda! Pues eso mismo te pido yo ahora: escúchame, aguárdame y hazme un sitio en esa VI República que con toda seguridad ya habrás instaurado, miterrandista amigo. Á bientôt.

Santi, agosto del 96
Quintana del Castillo

 

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