CEPEDANOS EN LAS INDIAS

El escritor Ricardo Magaz comenta que entre los numerosos españoles que acudieron a América tras la llegada Colón pronto empezaron a registrarse personas de nuestra tierra, y cita el caso de dos vecinos de Sueros.
La Cepeda es- según Ricardo- un

Por Ricardo Magaz

Las angustiadas tierras que como La Cepeda se han caracterizado a lo largo de la historia por el invariable y permanente sacrificio de sus gentes, han sido y aún hoy en día siguen siendo territorios condenados a la ausencia endémica e incurable a la que arrastran las estrecheces e incluso, en tiempos no muy extremos, la miseria más ofensiva. Ya desde que la memoria colectiva cepedana tiene constancia de sus primeras divagaciones, los descendientes de aquellas primigenias tribus astures de los amacos, asentadas en las aristas del río Tuerto (auténtico padre de la zona), han vagado por los cinco continentes en busca de mejores oportunidades. Se trata, por tanto, de un pueblo de laboriosos y osados errantes, que no nómadas.

La colonización de América, después del aventurado y según algunos neoeruditos, casual descubrimiento, no podía ser ajena a esta impronta migratoria de La Cepeda. En efecto, existe certeza documental oficial en la Consejería de Cultura de la Junta de C. y León que acredita irrefutablemente que dos cepedanos embarcaron en 1516 rumbo al Nuevo Mundo. Los hermanos Hernando Valdés y Leonor Álvarez, hijos de Gomes Aguado y Catalina Valdés, todos ellos vecinos del lugar de Sueros de Cepeda, decidieron probar mejor fortuna en las Indias. Es de suponer que para iniciar tan comprometida andanza, la situación en el pueblo no fuera realmente halagüeña, como tampoco lo es ahora, a pesar de las centurias acontecidas.

Después de pedir las correspondientes credenciales e informes a los justicias del municipio cepedano de la época, se trasladaron a Sevilla donde era necesario efectuar varias diligencias finales en la llamada Casa de la Contratación de las Indias, antes de emprender la prolongada y sinuosa travesía. Aspectos como la reputada convicción religiosa (cristiano viejo) y la denominada “limpieza de sangre” eran valorados muy positivamente por las autoridades. Si, por el contrario, los expedicionarios no poseían semejantes virtudes, tampoco se les ponía pegas; todo era bueno para el nuevo convento jurídico americano. El escaso tiempo transcurrido desde el descubrimiento de 1492 hasta que Hernando y Leonor se echaron al monte oceánico, en 1516, hace que desde una perspectiva histórica generosa aún puedan ser considerados colonizadores y no emigrantes.

Mucho es lo que se ha escrito sobre las desiguales expediciones de Colón al Nuevo Mundo, y en especial sobre cómo se proveían de personajes con catadura moral híbrida y heterogénea, superlativamente heterogénea. La espada, el catecismo y la bragueta ligera solían ser la verdadera moneda de curso legal en aquellos tiempos y territorios sin ley, tal como se entendían las pautas de convivencia desde la vieja y caduca Europa. No obstante, es de suponer por aquello del apego al terruño patrio y a la posible parentela, que nuestros intrépidos amigos fueran dueños de una acrisolada honestidad cepedana y leonesa, y únicamente les empujara la penuria y los caciques de la comarca, que los habría como en todas partes.

Una cosa si podemos dar por cierta: el mestizaje con los naturales del lugar estaba asegurado. Y es que a los cepedanos y también al resto de los leoneses (colonizadores, emigrantes o transeúntes) nunca se nos podrá acusar de segregacionistas de género o estirados. Los anglosajones, sin embargo, se lo perdieron.

Hay que recocer que resulta realmente hermosa y esperanzadora la posibilidad de tener estirpe en el continente americano. Esperemos no recibir nunca una entrañable carta navideña de Jorge Bush, el de la cabañita blanca de Washington, en América del Norte.

 

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