A ORILLAS DEL AGUA

El escritor Juanjo Domínguez describe unos de sus paisajes míticos cepadanos: "Todos tenemos un rincón o un espacio preferido que, por el colorido de su paisaje o porque a lo mejor nos trae a la memoria recuerdos agradables, lo queremos de un modo es

Por Juanjo Domínguez

Todos tenemos un rincón o un espacio preferido que, por el colorido de su paisaje o porque a lo mejor nos trae a la memoria recuerdos agradables, lo queremos de un modo especial. Creo, incluso, que si pudiéramos, lo llevaríamos a todas partes con nosotros; por lo menos lo tendríamos a mano. A mí me ocurre con el pantano de Villameca.

No sé con exactitud qué fuerza poderosa me atrae al pantano, pero durante la época estival, a orillas del agua que fluye de Los Barrios, sobre todo a última hora de la tarde, cuando el sol se guarda detrás de San Bartolo y el cielo se transforma en una miscelánea nubosa de color ocre y amarillo, me siento como si fuera dueño de la tierra. Más aún: a veces creo que estoy soñando y pienso que la suerte me sonríe porque puedo gozar con tanta belleza.

No hay día del verano que no acuda al atardecer a orillas del pantano. Voy desde que era niño. Es cómo una necesidad. O a lo mejor una enfermedad. Me da igual. Yo voy allí, me siento, y de repente siento algo tan intenso que me olvido del mundo.

De zagal, por ejemplo, nada más cenar me montaba en la bicicleta y recorría los 3 kilómetros que separan Quintana del pantano con el único fin de sentarme junto al agua y contemplar cómo se escondía el sol. Me quedaba ensimismado. A lo mejor sólo permanecía allí unos pocos minutos, tal vez cinco, no más, pero suficientes para regresar luego al pueblo con la sensación de quien ha visto algo maravilloso. Inefable.

Aún sigo yendo. Ahora aprovecho el crepúsculo para bañarme y disfrutar del paisaje y del viento suave y templado de julio.

Con el buen tiempo, merece la pena sentarse un rato junto al agua y dejarse llevar. Enseguida uno se dará cuenta de que no hace falta viajar a países muy lejanos para disfrutar con el paisaje que adorna el pantano.

Recuerdo que a mediados de la década de los ochenta, Vicente el de Encarna solía hacer windsurfing en el pantano, a última hora de la tarde, y aquello era una delicia: la vela sombreada con el sol casi puesto y el cielo rojo parecía que se caía en cualquier momento al agua. La hostia.

 

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