Diligencias sobre el PÓLÍGAMO 10

Un magnífico relato del escritor Jose Antonio Martínez Reñones, que enlaza con el que hace días publicamos de Ricardo Magaz, titulado POLíGAMO 10.
Jose Antonio es uno de los más chispeantes autores nacidos en la vega del Tuerto.
Sus relatos

DILIGENCIAS SOBRE EL POLÍGAMO 10

Un magnífico relato del escritor Jose Antonio Martínez Reñones, que enlaza con el que hace días publicamos de Ricardo Magaz, titulado POLíGAMO 10.
Jose Antonio es uno de los más chispeantes autores nacidos en la vega del Tuerto. Sus relatos son un prodigio de humor, en el que no falta nunca un doble mensaje.

Por José Antonio Martínez Reñones

Yo, señor agente, no soy malo, como mucho proyectista instalador de energía solar tirando a literato en horas bajas. Ahora bien, añadiría, no soy malo porque no me he puesto a ello que si...

En confianza, señor agente, no hay empresa que se me resista ni señora que no me inspire. Y si usted me lo permite le voy a relatar mi posición respecto a los acontecimientos en los que el Benemérito Instituto me involucra.

Entiendo, en buena lógica, que los servicios de inteligencia hayan tomado el rabo por las hojas y, amparándose en los folios redactados por el amigo Ricardo Magaz, bajo el título de Polígamo 10, dejen caer sus sospechas sobre mis humildes huesos puesto que, al parecer, se me distingue en el mismo con un cierto protagonismo. La verdad, señor agente, nunca imaginé que ser protagonista de un relato literario tuviera consecuencias tan perniciosas para los nervios y el buen nombre.

Una vez dicho esto, quiero ceñirme a lo que nos trae, mejor dicho, me ha traído, señor ag...

- Si vamos a estar así dos horas, mejor llámeme Ceferino.

- Se agradece el detalle. ¿Y de dónde es natural agente Ceferino?

- Por favor, prosiga con su exposición, que aquí el que pregunta soy yo.

- Lejos de importunarle me guía la curiosidad.

- Bien. De Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora.

- Diócesis de Astorga. Buen pueblo.

- ¿Lo conoce?

- Por supuesto que no.

- Creí. Prosiga.

- Pues, señor agente Ceferino, lo más gracioso de este asunto que nos trae es que yo, ciudadano ejemplar, devoto de la hacienda pública e inmaculado conductor de tráfico, esté a punto de probar trena por un simple error policial...

- Eso lo decidirá el juez. Prosiga.

- ¿Ese pueblo suyo no es de la cabra y el campanario?

- Efectivamente, pero a la cabra casi nunca le pasa nada. Prosiga.

- Oiga, la verdad, sobre el cuento ese que escribe el bueno de Magaz que si un chapuzas de Madrid anduvo dos años con la furgoneta rotulada con el anagrama de la Gran Logia Masónica del Oriente Español, sin darse cuenta, se lo voy a explicar yo con pelos y señales. No debieran olvidar que el inocente de Magaz ahora cuenta lo que cuenta porque está como una chota, si se me permite la expresión, y aún no ha salido del estado de shock después del fostión con la moto. Hay que reconocer, teniente Ceferino, que es un estado lamentable, pero peor sería que estuviera en avanzado estado de gestación o, lo que es rizar el rizo y ponerse en lo pésimo, en avanzado estado de descomposición.

- No se me enrede y prosiga.

- Oiga, joven, disculpe la impertinencia, pero podría, de cuando en cuando usar términos sinónimos al verbo proseguir, tal que continuar, discurrir...etcétera. Verá, es obligación ciudadana no sólo no inferir patadas en las nobles partes del idioma en que Cervantes dio al mundo el divino Quijote sino que cada uno, en sus justas fuerzas, ha de contribuir a manejar un vocabulario extenso y suficiente, porque es bien sabido que quien no sabe expresarse es que no tiene nada que decir.

- Con su permiso, me voy a cagar, de momento, en la puta bastos. Continúe con la materia que nos trae.

- Pues bien...

- ¡Y sin hacer circunloquios!

- En fin, como le iba diciendo...

- ¡Ni frases hechas!

- Por favor, agente Ceferino ¿a qué estamos?

- ¡A lo que estamos!

- Pues eso, por cierto ¿en su pueblo de usted riegan todavía con las aguas del embalse de Barrios de Luna?

- Sí, señor. La última y más puteada comunidad de regantes. Parece que usted conoce aquello.

- Qué va, qué va. De oídas.

- Vaya, vaya, vaya... Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Continúeme sin embarullarse. - Sinceramente, lo del incauto de Magaz es lamentable y a la vez increíble. Por una parte es obvio que el pobre aún tardará en recuperar sus facultades plenas y por ende...

- ¿Por quién?

- Por consiguiente.

- Ah, ya, jerga socialista. Siga.

- Le decía que tardará en recuperar su personalidad, según cuadro facultativo, un trimestre, pero, por otra, nos tiene a todos perplejos, incluido el equipo médico habitual. ¡Cómo no sólo no ha perdido la capacidad fabuladora y creativa sino que bajo semejante estado –la apariencia es normal, pero la procesión va por dentro, del cráneo, en concreto- está logrando sus más acertadas literaturas!

- Vamos a ver, señor mío, - y me va disculpar su trompa de eustaquio, pero ¿qué cojones tiene que ver la compleja actividad cerebral de don Ricardo Magaz con el asunto que nos trae?

- Mire, capitán Ceferino, si no hay un poco de calma, aquí nos van a dar las uvas, y lo que me temo es que no serán siquiera ni de Vinalopó.

- Éntreme en detalle y enseguida.

- No se me altere, amigo Ceferino, y no me niege que hay buen vino por la zona suya, concretamente en Pobladura del Valle.

- ¿A santo de qué viene esto? No me negará que usted ha estado por allí.

- Bueno, hombre, como todo el mundo, lo justo.

- ¿Y qué?

- Bah, algo fuera de serie.

- ¿Y el chorizo?

- Bua, increíble.

- ¿Y la cecina?

- ¿Qué te voy a contar?

- ¿Que qué me va a contar?¡No te jode el pavo! A lo que íbamos.

- ¿Lo qué?

- A lo íbamos de una puta vez.

- Bueno, bueno, que como muy bien ha escrutado el servicio de inteligencia, Fernández, el de Reformas Fernández, el que llevaba en la furgoneta el...

- Sí,sí,sí...

- Pues bueno, que no es un ente.

- Continúe

- Si quiere le especifico el...

- Continúe, por lo que más quiera.

- Irme.

- ¿Qué?

- Que lo que más quiero es hacer mutis.

- No me rompa los huevos.

- Bueno que Fernández era un conocido que yo le presenté.

- Ahí quería yo llegar ¿Y cuándo y dónde conoció usted a Blas Fernández Domínguez?

- No se lo va usted a creer.

- A lo mejor.

- En un sarao con cinco hetairas en el Barrio de Salamanca, piso del filósofo don Juan Ignacio Ferreras Tascón.

- Ahí quería yo llegar.

- Si quiere vamos. Eso está aquí al lado, a dos bocas de metro.

- No me maree, señor José. O sea que de orgías en casa del filósofo.

- Nunca imaginé que supiera el significado de hetaira. En realidad, Ceferino, tampoco eran hetairas, lo que se dice hetairas, sino más bien unas golfas que se nos pegaron en el Pasapoga y que no nos soltaron hasta que les invitamos al amanecer a chocolate con churros.

- Putas, pero poco putas, ya. Y en esa noche desenfrenada conoció a Fernández Domínguez ¿y a quién más?

- Y a las cinco señoritas, una de las cuales, por mejor señalar, la que le tocó en sorteo al inconsciente de Magaz, se llamaba Margarita Seisdedos. Era la más echada para adelante y parecía que la más salida también. A mí no me hacía juego porque se le notaba mucho la depilación del bigote. Cuando a las cinco de la mañana apareció en mi habitación Magaz aullando con los calzoncillos en la mano perseguido por la tal Margarita Seisdedos, enseguida me congratulé de haber detectado a tiempo a aquel pedazo maricón.

- Guarde las calenturas para mejor ocasión. Insisto, señor José, además de Magaz, Fernández, el filósofo Ferreras y usted ¿quien componía el quinteto final?

- Coronel Ceferino, ¿quiere que le diga la verdad?, Mick Jaegger.

- Acérquese y observe esta fotografía. ¿Es este Mick Jaegger?

- ¡Coño, el Rogelio!

- ¿Quizá Rogelio Blanco Martínez, el otro filósofo? Conteste.

- Da la impresión que sí, pero, a lo mejor es un montaje de la prensa canalla.

- No me venga con gilipolleces.

- Entre nosotros, Ceferino, Rogelio es un buen hombre. No se ha metido en nada. Aquella noche fue una coincidencia. Nos encontramos al salir de Bellas Artes y la cosa se lió, ya sabe. Además de estar casado es un profesor eminentísimo que se echa los fines de semana cultivando patatas en Guadalajara y además un santo varón que cualquier día lo hacen ministro o lehendakari de algo. Figúrese el disgusto familiar. Le ruego que este incidente quede en estas cuatro paredes.

- Y en el magnetofón. Bueno, bueno, bueno...Y ahora que ya estamos casi todos, explíqueme a qué se dedica esta célula de la Organización Humanística Mundial, abreviando OHM, como en el yoga.

- Oiga, agente Ceferino, antes de nada, porque barrunto que esto va a ir para largo, dígame usted, por curiosidad tan sólo, ¿toda esta investigación la ha desarrollado el Benemérito Instituto después de haber interceptado el relato de Magaz?

- Así es, amigo don José. Las incursiones literarias tienen estas cosas.

- Pues sí que sí. ¡Hay que ver en lo que puede desembocar un golpe en la cabeza, incluso con casco!

- Si le sirve de consuelo, aprovecho para decirle que yo, ya con diecisiete años, me hice una persona de provecho el día que me esmorré con la bicicleta tratando de bajar la cuesta del Parador de Benavente por su lado más escarpado, ¿no sé si se sitúa usted?

- Para que voy a continuar ocultándolo. Hace poco más de veinte años yo veraneaba en Santa Cristina de la Polvorosa.

- ¿No me diga?

- Como lo oye.

- Lo sabía. Qué pena habernos conocido en esta lamentable situación!

- No quería sacar este tema para no enturbiar más el proceso o que considerase que trataba de desviar su atención sobre el asunto que nos trae, pero lo cierto, Ceferino, es que en aquellas tierras del Órbigo, en su pueblo, en Manganeses, en la tercera casa a la derecha según se llega de Santa Cristina, dejé el amor de mi vida ¡qué linda muchacha!

- ¿Y se llamaba?

- Concepción Casquero.

- ¡La jodimos, Mi madre!

- ¡Hombre, Ceferino, tampoco fue exactamente así!

 

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