Los escarabajos, en La Cepeda

Un \"vecino especial\" de La Cepeda es el escarabajo, cuya aparición, en el pasado siglo fue como una plaga bíblica que, como en otras muchas partes, generó auténtica hambre en más de una familia de la comarca. Esta es la historia.

Villarmeriel, Enero de 2009

Por Germán Suárez Blanco

La labor de naturalistas y ecologistas no deja de ser meritoria, a pesar fracasos tan sonados como el que nos ocupa en estos momentos. Originariamente era un escarabajo inofensivo que vivía en solanáceas silvestres al pie de las Montañas Rocosas. Un zoólogo lo descubrió en 1824, se extasió ante la sorprendente belleza del insecto con sus diez líneas y su policromía y lo incorporó a la ciencia llamándolo «leptinotarsa decemlineata». Sólo era un insecto insignificante, con interés para un par de naturalistas, que se alimentaba de cualquier planta sin importancia perteneciente a la familia de las solanáceas. Estos naturalistas, viéndolo en peligro de extinción, incorporaron a su dieta alimenticia –para nuestra desgracia- la planta de la patata. Le resultó muy sabrosa, la encontró en enorme cantidad y así se propagó en proporciones tan formidables que ahora puede llevar con razón el nombre con que hoy se le conoce: escarabajo de la patata.

El escarabajo fue una plaga temida en los patatales cepedanos

Se detecta por primera vez en cultivos de patatas en 1860, en Nebraska –Kansas. En 1875 ya había alcanzado la costa este de EE.UU. En 1877 aparece en Alemania. En la zona de Burdeos, antes de 1922. Todo el centro de Europa, entre 1935 y 1939. En España la expansión tiene lugar a partir de 1940, aunque parece que se introdujo durante la Guerra Civil.

Recién terminada la Guerra, los pueblos de la Cepeda Alta se vieron superpoblados: muchas familias que habían emigrado a zonas mineras o a las ciudades se vieron obligadas a volver a los pueblos para encontrar, en las paupérrimas tierras que habían abandonado o arrendado, el sustento que se les negaba en otros sitios.

En consecuencia no quedaba libre de cultivos ni un pie cuadrado de los que podían dar algún fruto.

El centeno, trigo y hortalizas que se cosechaban apenas eran suficientes para el consumo de hombres y ganados, con lo que las patatas puestas en el mercado constituían la principal, si no única, fuente de ingresos.

La Cepeda había sido declarada por el gobierno “zona de patatas selectas para siembra” y en las cooperativas de Quintana o Castro, o en los almacenes de Sueros, Vega o Porqueros se seleccionaban y envasaban con sumo cuidado. Tuve noticia de la presencia en las fincas de funcionarios exigiendo que se sembraran “a menos de dos palmos de distancia una de otra” las patatas para que los tubérculos no se hicieran excesivamente grandes, lo que los haría menos aptos para “simiente”.

Se sembraban en secano y en los escasos regadíos existentes. Las “de secano” eran mucho más tempranas y comenzaban a arrancarse para el consumo propio a principios de agosto. Las “de regadío” no se cosechaban hasta finales de septiembre o primeros de octubre.

La aparición por estas tierras del escarabajo de la patata fue una plaga bíblica que, como en otras muchas partes, causó auténtica hambre en más de una familia cepedana. No olvidemos que, por esas fechas, -en frase de Benilde-, la mayor parte de los días se comía en casi todas las casas: “por la mañana, patatas, a las doce, patatolas y a la noche, patatas solas”.

En mis primeros recuerdos me veo a mí mismo, a mitad de los años cuarenta, acompañando a mi abuela, armado de una vieja cuchara y una lata –de las del escabeche- que iba llenando de rayados escarabajos adultos y de rojas larvas gordas como cerezas, para luego quemarlos en un fuego encendido al efecto. Cortábamos con la mano las hojas que tenían puesta de huevos o larvas menuditas de escarabajo y las echábamos en la lata, con el mismo destino.

Era el primer sistema de lucha contra esta plaga en la Cepeda Alta.

Recuerdo los llantos de algunas familias que, coincidiendo con “la siega la yerba”, descuidaban unos días el patatal y comprobaban que habían perdido totalmente la plantación. ¡Era una verdadera desgracia!

Poco después empezaron a llegar los “sulfatos”. Recuerdo uno al que llamaban “arseniato de plomo” o algo así, que se decía muy peligroso, incluso para el hombre y animales domésticos, por lo que pronto fue sustituido por otros insecticidas.

El método de aplicación era muna escobilla que se mojaba en el caldero en que llevaban el “sulfato” disuelto en agua. Con él se iban rociando las plantas de patata infectadas por los escarabajos. Era un trabajo muy penoso y lento. Además había que cargar a veces con el agua largas distancias, hasta llegar al patatal.

Por supuesto, a los niños no nos dejaban acercarnos al tal sulfato.

Cerca de 1950 empezaron a llegar las “máquinas de sulfatar”. Consistían en una gran petaca de cobre, con capacidad para unos 30 litros de agua, provistas de una bomba, una manguera y un difusor en su extremo. Aliviaba la penosidad de la labor, porque permitía trabajar erguido, pero subsistía el problema del transporte del agua hasta la finca sembrada de patatas.

La precariedad económica de las familias era tal que lo más frecuente era comprar una máquina entre tres o cuatro labradores y compartir su uso.

Cuando, unos cuantos años más tarde, se impusieron las petacas de plástico, el cobre de las antiguas máquinas era muy codiciado por “la rapacería” para conseguir algunos duros de los chatarreros.

A mitad de la década de los cincuenta se usaron también unos “sulfatadores de polvo”, que consistían en un depósito de lata, un fuelle y un difusor, con el que se pulverizaban las plantas infectadas. Eran mucho más baratos que las “máquinas” y exigían menos esfuerzo, pero su eficacia era claramente menor que la fumigación por líquido.

Mi ausencia de las labores agrícolas –incluso en vacaciones de verano- desde mitad de los años cincuenta me releva en de hablar de los nuevos métodos en la lucha contra esta plaga.

Germán Suárez Blanco

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