Pendones para la diosa de la lluvia

Los pendones marcaron el contrapunto vertical de la llanura. Los campesinos marcharon por el camino romano, entre encinas, portando una imagen románica, implorando lluvias. Es un rito milenario en Castrotierra, en el noroeste de España.
Cuadro sobre los pendones de la procesión de Castrotierra, del pintor Alonso Guadalupe. guiarte.com
Los pendones de la diosa de la lluvia.

Por Tomás Alvarez.

Decenas de pendones marcaron el contrapunto vertical de la llanura. Miles de campesinos marcharon por el viejo camino romano, entre encinas, portando una imagen románica, implorando lluvias. Es la pervivencia de un rito anclado en lo profundo de la historia y que brota a la luz en Castrotierra, en el noroeste de España, los años en los que le sequía hace estériles las tierras.

Es una manifestación que sólo se puede ver alguna vez en la vida. Este año ocurrió entre el 10 y el 20 de mayo.

Los orígenes.

Castrotierra es un cerro solitario, poblado en la Edad del Hierro, sobre cuya roca pervive una iglesia cercada por un muro de piedra y acompañada únicamente por urracas, cuervos y gorriones. Está a unos veinte kilómetros al sur de Astorga, la vieja Asturica Augusta, la principal de las ciudades romanas en el noroeste de España, capital de los astures, que habitaban sobre un territorio que englobaba básicamente las provincias de Zamora, León, Asturias y parte de Galicia.

En Castrotierra pervive una costumbre relacionada con las divinidades climáticas precristianas, un culto que la tradición ha “cristianizado”, implicando en los orígenes del mismo a Santo Toribio, un obispo de Asturica en los días en los que se hundió el imperio romano.

Según esta tradición, fue el propio obispo quien mandó buscar en el cerro una imagen que remediaría la sequía.

El –santo obispo- dice la tradición, pese a obrar un milagro, tuvo problemas con el pueblo de Astorga y marchó enojado de la ciudad. En un otero cercano, en San Justo, sacudió sus sandalias enojado, mientras decía: “de esta ciudad no quiero conservar ni el polvo”.

Viajó Toribio a Tierra Santa, de donde trajo el mayor “lignun crucis” (madera de la cruz de Cristo) de la cristiandad y, retirado en un enclave solitario, recibió la visita de sus feligreses dolidos por los siete años de sequía que habían seguido a su marcha. Toribio volvió momentáneamente a la urbe y trajo consigo el fin de la sequía. No sólo esto, sino que reveló más tarde a sus fieles que cavasen en la montaña de Castrotierra hasta encontrar una Virgen que les libraría de la sequía en el futuro.

Pendones para la diosa de la Lluvia

Sólo sale la Virgen cuando los “procuradores de la tierra” lo acuerdan, como en una costumbre típica de los consejos tribales de la antigüedad. Ellos son quienes deciden el momento en que se inicia la ceremonia, que se le comunica al obispado. (Obsérvese la preeminencia de lo cívico en la organización.

El 10 de mayo, los campesinos llevaron hasta el cerro de Castrotierra sus pendones, los mismos que han presidido a lo largo de la historia fiestas y batallas. Esos grandes pendones son orgullo de los concejos. Notablemente elevados, son paseados con lentitud.

Cuadro sobre los pendones de la procesión de Castrotierra, del pintor Alonso Guadalupe. guiarte.com
El mozo más fuerte sostiene el mástil con un cinto atado a su cuerpo, y otros sujetan “los vientos”, una especie de largas cuerdas que descienden desde la parte cimera, y que sirven para mantener erguido el artilugio.

Tras la misa, los campesinos emprenden camino por la vieja ruta romana que unía Asturica con Petavonium, entre magníficos campos de encinas. El camino se une luego con el de la Vía de la Plata, para continuar hasta Astorga. En el trayecto se incorporan cada vez más gentes, gentes devotas, que imploran la llegada de las lluvias. Es una peregrinación de fe que termina en la catedral gótica astorgana al caer la noche.

En la catedral, la Virgen permaneció durante una novena, y el día 20 de mayo, la procesión fue en sentido inverso, desde Astorga al cerro de Castrotierra.

El trasfondo del rito.

El trasfondo mágico precristiano está en todo el rito. Hasta en el nombre del lugar. Los castros eran los poblados prehistóricos del noroeste de España, ubicados en cerros o meandros de los ríos, para mejor defensa.

La explicación de todo está en el propio nombre del viejo cerro sagrado: Castrotierra, Castro de (la diosa)Tierra, la divinidad que desde hace miles de años era protectora de la naturaleza y, especialmente, de los sembrados.

En la ceremonia hay partes asimiladas por la civilización y partes donde pervive lo rural, lo festivo. José Luis Alonso Ponga, en “Rito y sociedad en las comunidades agrícolas y pastoriles”, contrapone la asimilación cultural urbana frente al “pagus”, lo rural, lo campesino. “…en la catedral, es recibida (la procesión) en orden, según el protocolo estricto del orden establecido. Sin embargo la vuelta es lo contrario. Es el triunfo de lo lúdico. Se celebra misa pero también se organiza romería. Se exalta un comensalismo en el que participa todo el pueblo. La gente espera y aplaude no solo a la Virgen sino, principalmente, a los pendones, a los mozos que los portan. Lo lúdico sobresale de lo religioso, al contrario que en Astorga, donde el orden y la devoción predominando sobre la diversión”.

“Estamos –prosigue el experto- ante ese enfrentamiento de contrarios en los que se desarrolla la vida de campesinos y burgueses. La diócesis no puede permitir que se le escape el control de una de las devociones. Por ello exige que se cumplan una serie de normas. Éstas se apoyan en la tradición, una invención que se atribuye al mismísimo Santo Toribio, al revelar el lugar donde se encontraba la imagen”.

De una forma o de otra, el hecho es que la imagen románica de Castrotierra vuelve, rodeada de pendones, a ser el mágico talismán contra la sequía…y contra la mala administración del agua, porque en la zona hay pantanos, como el de Villameca, que derrochan frecuentemente sus reservas, creyendo que nunca va a faltar la previsión.

Y desfile de arte.

El desfile es punto de mira, pasarela, donde resaltan los mozos más poderosos, sujetando los grandes pendones; donde los concejos lucen sus enseñas con artísticos bordados, y donde los poetas exprimen la emoción para cuajar unos versos.

Los pintores también buscan estas manifestaciones del pueblo. Estos días, en la sequedad de la vieja ciudad romana de Astorga, Luis Alonso Guadalupe, un magnífico pintor, exquisito en el tratamiento de la masa con la espátula, ha estado terminando una serie denominada genéricamente “Pendones”.

La serie, cuyas fotografías acompañan a este reportaje, va destinada a una galería de arte de Tokio y se centra en el ondear de las enseñas procesionales, sobre cielos que cambian de color y significado a medida que el sol declina.

El invierno ha sido seco, la primavera también… los campesinos esperan que la Diosa de la lluvia haga reverdecer los campos. ¡Ojalá sea así!.

Y al cabo de la fiesta, durante mucho tiempo, la gente recordará la marcha. Alguna mujer enamorada cantará la copla:

“…mozos hay, mozos hay
en La Ribera.
Cuando llevan el pendón
no hay viento que se lo mueva...”

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