Castañas y Orujo

En el invierno, las castañas y el orujo eran dos componentes tradicionales que animaban la dura vida de las localidades cepedanas. Rogelio Blanco lo recuerda, en este artículo publicado en la revista navideña de la Asociación Rey Ordoño I

Hermosos ejemplares de amanitas, entre la hojarasca de los castaños, en noviembre, en La Cepeda. Imagen de guiarte.com.

Por Rogelio Blanco

Durante el mes de noviembre en las aldeas cepedanas se daban por cumplidas las principales tareas: la sementera de los cereales, la poda y acarrea de fuyacos y leña, la arrinca de las patatas, la recolección de las frutas, si las heladas primaverales permitieron que se lograran y, también, de las castañas.

Recoger las castañas era tarea dura, pues desde finales de octubre las heladas empezaban a ser rigurosas. El contacto de las yemas de los dedos con el suelo gélido y sobre todo con el erizo protector del producto, generaban cierta desazón. A esta dificultad se añade la necesaria e incómoda postura corvada para ir atropando las deseadas castañas. La atropa de las mismas era, pues, una de las últimas tareas recolectoras del año y su ingesta sería diaria en las largas noches invernales.

Sobre la chapa caliente de la cocina de leña, la conocida "bilbaína", los niños se responsabilizaban de rajarlas y darles vueltas para que se asaran uniformemente sin tostarse. Esta tarea la realizaban mientras la familia rezaba el recomendado rosario. Frecuentemente dejaban alguna sin rajar para que se produjera la pertinente explosión y conocido susto de los concurrentes en la cocina, habitáculo más frecuente de la convivencia familiar cepedana. Algunos necesitaban este despiste frente al monótono bisbiseo del rezo.

Cumplidas las tareas con la divinidad, encerrados y despachados los ganados, las familias se disponía a cenar, casi siempre patatas sazonadas. Tras la cena se iniciaba la velada. Se comentaban las tareas y quehaceres y se daba cuenta de las novedades de la aldea, mientras sobre el hule de la mesa se arrojaban unos puñados de castañas asadas y calientes. Los mayores llevaban los temas de conversación mientras ingerían castañas y un vaso de vino. Los jóvenes escuchaban y degustaban el producto. Era frecuente que, pasado un tiempo, alguno de los niños empezara a incomodarse sobre el escañil y rascarse el ano con fruición. No paraba de moverse y de rascarse. Ciertamente ante el dulzor de las castañas se activaban las lombrices intestinales. La molestia iba en aumento y el niño rasca que rasca inicia un fuerte llanto y suplica:

-¿ Agüela!, me pican mucho.

La madre o el padre le recuerdan que todos los días le recomiendan que comiera pocas castañas:

-Fastídiate. Eres un tontín.¡ Nun ves que tous lus días pasate lu mesmu!¿ Pa´qué engulles tantias? Nu escarmentias paeces un desfambriau.

El joven no cesa de llorar y de rascarse.

- Ven pa´cá monín, -le ordena la abuela mientras solicita la botella del orujo-. Esto lo arreglamus de inmediatu. Quíate los tirantes del peto y bájatelo. Túmbate boca abajo sobre los mis cadriles y muestra las ñalgas.

El joven obedece a sabiendas de que el inminente y rápido escozor que le producirán las gotas de orujo sobre el ano le aliviarán de las aguerridas lombrices.

Agüela!, ¡agüela!, sopla .pa´que no m´escueza.

La abuela se cala una viejas lentes. Le abre las nalgas. Atisba el orificio del ano e intenta atinar con unas gotas de orujo mientras atiende las órdenes del nieto.

- Sopla agüela, sopla que m´escuece.

-Veremus si d´esta aprendes guajín, -le dice la abuela-.

Al poco tiempo las molestas lombrices ceden en sus picaduras. El niño podrá dormir y volver a comer castañas asadas al día siguiente.; pues el orujo y su abuela estarán ahí, en la eterna velada de la familia de las largas noches cepedanas.

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