Camino Trascendente, camino intrascendente

Pensar que yendo de Sarria (Lugo) a Santiago se hace el Camino de Santiago, es algo parecido a pensar que quien llega a las afueras de Moscú ha hecho ya el viaje del Transiberiano.

Caminantes en Saint Jean Pied de Port, en el inicio del cruce de los Pirineos. Imagen de José Holguera/Guiarte.com

Santiago de Compostela, 15 de marzo de 2016
Hacer el Camino de Santiago es empaparse de vivencia viajeras, conocer gentes, leyendas, esfuerzos, catedrales, montañas y parameras.

Hacer el Camino es cruzar pastizales, bosques y tierras de cereales; es escuchar trinos de jilgueros y cencerros de los rebaños; maravillarse ante despoblados y ciudades cargadas de historia; admirar palacios y casas de barro.

Empaparse del Camino de Santiago no es una excursión de fin de semana ni un reto; implica mucho más, implica adentrarse en la historia de Europa y de la religión, conocer la hospitalidad peregrina y la solidaridad del caminante.

Este fin de semana se celebró en Sarria, Lugo, un encuentro que aglutinó a decenas de amantes y expertos del mundo jacobeo, en una cita organizada por la Fraternidad Internacional del Camino de Santiago (FICS), y en la que se puso el dedo en la llaga de una circunstancia que está dañando la esencia del Camino: la entrega de la Compostela.

Peregrinos reposan en un pueblo burgalés. Imagen de José Holguera/Guiarte.com

La Compostela es un documento acreditativo de que se ha realizado el Camino de Santiago y se expide en la Oficina de la Peregrinación, cercana a la catedral compostelana, a aquellos viajeros que acreditan haber recorrido cien kilómetros si vienen a pie o caballo y 200 si lo hacen en bicicleta.

Esto ha hecho que millares de personas se concentren en el tramo de Sarria a Compostela y transformen realmente el oficio peregrino en una simple excursión. Poseer la Compostela, por efecto de esta mala práctica, no significa que se haya peregrinado.

Los reunidos han propuesto que para entregar el documento acreditativo de la peregrinación se exija realmente “peregrinar”, es decir, comenzar el viaje en lugares más alejados, tales como León, Oporto o Santiago, salvo para aquellos caminantes que tienen una movilidad reducida o que discurran por rutas históricas que no tengan tal distancia.

Vidrieras de la catedral de León. Imagen de J. M. Rodríguez Montañés/Guiarte.com

La propuesta es inteligente porque dota al Camino de un contenido espiritual e histórico, lo engrandece en el plano artístico y paisajístico y exige al caminante un esfuerzo realmente meritorio.

Reconociendo la belleza de las tierras de Galicia, la calidad de sus gentes, su arte y gastronomía, las guías viajeras y los conocedores del trayecto estiman que quien ha realizado tan sólo los últimos cien kilómetros puede ver caminantes, pero no ha visto el Camino.

Exigir que el peregrino inicie su andadura como mínimo en las viejas ciudades reales de Oviedo y León o en Oporto va a permitir que el caminante se empape del espíritu de la peregrinación, a la par que desmasificará el tramo Sarriá-Santiago que por el asunto de la popular Compostela se ha transformado ya en algo así como un parque temático de excursionistas, en un Camino Menor.

Tal vez, el número de “compostelas” que se entreguen en la Oficina del Peregrino bajará… pero en cambio van a crecer las cifras reales de peregrinos.

Tomás Alvarez

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