Diego Gelmírez en Braga

El periodista y escritor santiagueño Diego Bernal, escribe sobre Gelmírez y su viaje a Braga para arrebatar las reliquias que atesoraba la diócesis de San Giraldo.
La historia de Gelmirez en Braga tiene el encanto de las viejas páginas medievales.
Las noches del arzobispo el Braga

Por Diego Bernal

Muchas cosas están contadas sobre don Diego Gelmírez, pero la grandeza de su obra obliga a volver sobre él y, por muchas vueltas que se dé, siempre será incompleta su evocación; vale pues conformarse con la narración de cierta astucia hecha en procura de mayor grandeza de Compostela.

El arcediano Hugo, canónigo de Compostela, refiere un curioso episodio al que se llama pío latrocinio. Se trata de una hazaña más pícara que piadosa, pero que hay que disculpar a don Diego porque la protagonizó sólo por amor a Compostela.

La mitra compostelana tenía ciertos derechos sobre algunas iglesias de la lusitana diócesis de Braga, sede que regía San Giraldo, obispo virtuoso, cortes y amable anfitrión. Era el año 1102 y a Braga fue don Diego con su corte de prelados.

Gonzalo Torrente Ballester en su libro Compostela y su ángel, afirma que el prelado de Compostela aprovechó el camino para “arrebatar a la ciudad de Braga un buen número de reliquias que allí se conservaban para llevárselas a Compostela”.

En las iglesias de Braga se guardaban reliquias tan importantes como las de los santos Cucufate, Fructuoso y Silvestre, las de la Santa Susana y la cabeza de San Víctor. Las reliquias despiertan la codicia de Gelmírez, que tiene más de político que de virtuoso.

Gelmírez piensa, y puede ser muy cierto que no le falte razón, que no hay mejor relicario que su Compostela, la ciudad santa de Finisterre, la que disputa a Jerusalén y a Roma las mayores glorias apostólicas.

Pedir a San Giraldo, por muy santo que haya sido, el traslado de las reliquias no tendría ninguna posibilidad de respuesta positiva. Seguro que el buen prelado portugués hubiese dado buenas palabras pero ni una sola reliquia. Acudir a litigios tampoco hubiera facilitado los planes del arzobispo compostelano, que bien sabía, como hombre pragmático, que envolverse en pleitos no acelera el cumplimiento de los deseos. Por eso, mientras recibe los honores de su colega santo pone manos a la obra y cumple aquello de más vale pájaro en mano que ciento volando, apura la jugada y engrandece el sagrado tesoro de Compostela a costa de los derechos que tenía sobre la iglesia de Braga

Nocturnidad y expertos colaboradores, quizá también magníficos canteros, -él tuvo los mejores- animan a Gelmírez a realizar lo que Torrente Ballester relata, renunciando, según él, a la fantasía literaria.

El escritor describe a Gelmírez y a sus hombres “primero en una iglesia, luego en otra, quizá mas tarde en una tercera; rozaban las piquetas un cuerpo duro y de la excavación surgía el sarcófago buscado, en cuya tapa una inscripción garantizaba que allí se guardaba el cuerpo mortal de San Fructuoso o de San Cucufate. Y entonces se detendría la enfebrecida tarea y todos los presentes, el obispo a la cabeza, mezclarían la emoción, la fervorosa piedad, y acaso llegasen a cantar en medio de la iglesia oscura y tenebrosa salmos de alabanza y alegría

Es de suponer que arzobispo y clérigos compostelanos practicasen feliz disimulo, dejasen las piedras colocadas como estaban –maestría de maestros canteros compostelanos- pusieran a buen recaudo las reliquias, camufladas entre equipajes, y agradeciesen la hospitalidad de San Giraldo, que como buen santo, nada desconfiase de su astuto colega gallego.

La comitiva deja tierras de Braga, sube Miño arriba, avanza en silencio más de complicidad que de piedad y sólo se abandona el disimulo cuando Santiago ya está cerca.

Por obra y gracia de Gelmírez, Santa Susana y San Fructuoso tienen hermosas iglesias en la ciudad. La primera entre robles centenarios y con traza de templo campesino; la otra al pie mismo del Obradoiro... El pontífice Pascual II ordenó la devolución de las reliquias, pero no hubo respuesta compostelana. Fue don Diego mucho don Diego y fue su ansia llenar de Compostela la vida. Murgía dejó dicho que Gelmírez “dio ley a la ciudad, rey a Galicia, Marina militar a la patria, fuerza al trono, a su iglesia episcopal la primacía, justicia a los desvalidos, seguridad al comercio, a la ciencia hogar y protegió las artes y la poesía”
Los soportales santiagueños continúan recordando leyendas y misterios del pasado. Foto guiarte
 

> > Volver a la guía de Santiago de Compostela