El gigante eterno: las secuoyas de California

A lo largo de la costa de California, hay diversas masas boscosas de secuoyas… son los restos de una extraordinaria foresta que hace apenas doscientos años cubría inmensas áreas del país, con gigantescos ejemplares milenarios.

Un cuentaviajes de Artemio Artigas, con fotografías de Rubén Alvarez.

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A lo largo de la costa de California, hay diversas masas boscosas de secuoyas… son los restos de una extraordinaria foresta que hace apenas doscientos años cubría inmensas áreas del país, con gigantescos ejemplares milenarios.

El árbol eterno

A lo largo de la costa de California, aunque no junto a la vera del mar, se ubican aún los vestigios de un gigantesco bosque de secuoyas: los árboles eternos.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

La secuoya roja de California fue denominada cientí­ficamente sempervirens, porque quienes la observaron notaron que siempre estaba verde y sus troncos parecían provenir de la eternidad. El grosor de los mismos supera en ocasiones los siete metros de diámetro y la altura frecuentemente va más allá de los 110 metros.

Cuentan que hace 200 años, los bosques de secuoya alcanzaban los 8.000 kilómetros cuadrados en la línea litoral de California hoy apenas pervive una mínima parte, especialmente en parques estatales y regionales. Y merece la pena acercarse a alguno de ellos, paseando entre esas inmensas columnas que se elevan al cielo con una verticalidad que asombra.

La secuoya, es una conífera caracterizada por su tronco de gruesa corteza rojiza. Esa característica hace que en inglés secuoya se denomine redwood (madera roja). Desde el sur de Oregón hasta mediada la costa de California se pueden encontrar buenos lugares para pasear entre estos gigantes eternos.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

Los bosques de redwoods

La mejor zona para ver grandes extensiones de secuoyas está al norte de California, en los límites con Oregón.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

La carretera 101, que sube de San Francisco hacia el norte, es sinuosa. Discurre cerca del litoral y debe recorrerse despacio. La cercana costa es abrupta y sumamente natural, ventosa y llena de arrecifes, lo que la hace poco accesible para puertos y poblaciones; pero interesante para quienes buscan fauna y flora o apartados rincones para la soledad y el windsurf.

Ya en el entorno de Leggent, hallaremos el Redwood National Park y otros espacios protegidos, donde hay algunos de los ejemplares más altos entre los árboles del planeta.

Pero sin alejarse tanto de San Francisco también podemos adentrarnos el algún espacio poblado por estos gigantescos árboles eternos, ante cuyos troncos cualquier hombre siente el estremecimiento de la grandiosidad de la naturaleza.

El Parque Henry Cowell ubicado a medio camino entre Santa Cruz y San Francisco, es también uno de esos lugares magníficos para pasear en medio de las secuoyas.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

El parque Henry Cowell

Santa Cruz es uno de los antiguos asentamientos españoles de la Alta California, en una zona conocida por su clima benigno y su magnífica naturaleza, ubicada al norte de la bahía de Monterrey.

Al norte de la capital del condado de Santa Cruz, cerca de Felton, está el parque Henry Cowell.

Esta zona estuvo siempre poco poblada. Tras la independencia de España. México vendía la tierra en grandes lotes a algunos pobladores que ubicaron inmensos ranchos, que luego fueron explotados por sus recursos ganaderos, mineros o forestales.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

En el parque Henry Cowell se aglutinan los territorios de varios de los antiguos ranchos. Alli perviven magníficos ejemplares de secuoyas salvados de un periodo desastroso para los “redwoods”. Porque desde el siglo XIX la zona recibió una presión humana creciente y gran parte de los bosques árboles fueron arrancados.

Los procesos de deforestación fueron motivados por los intentos de establecer campos ganaderos o para el uso industrial de la madera: postes para minas, vigas para la construcción, y hasta madera para los hornos industriales de fabricación de cal o de cualquier otra necesidad.

Este parque es uno de los espacios que se beneficiaron de una política conservacionista creciente a lo largo del siglo XX.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

Madera de 2.000 años

En general, los parques se extiende desde el sur del estado de Oregón hasta aquí, en una franja cercana al mar, donde las tierras reciben la humedad del Océano.

No suelen ubicarse inmediatos a la costa, porque la salinidad y los vientos no favorecen su desarrollo. Los árboles más antiguos rondan los 2000 años.

Este árbol de inmenso tamaño y vida larguísima posee una corteza muy ancha y blanda, rica en contenido tánico lo que la protege de los hongos y enfermedades, aunque no del hombre, que necesitaba el ácido tánico para curtir las pieles. Esa corteza se regenera y recubre el tronco después de los grandes daños, bien debido a cortes o incendios.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

En el parque Henry Cowell existen senderos habilitados para el paseo. No conviene salirse de ellos para no dañar la cobertura vegetal. También hay disponible un recorrido en un antiguo tren.

Cerca del acceso al parque se conserva un tronco de árbol tallado en 1934, en el que se pueden observar las líneas concéntricas que revelan la edad del ejemplar.

Cuando fue seccionado contaba con 2.200 años.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

La huella del tiempo

En distintos puntos del tronco se muestran fechas como el nacimiento de Cristo, el descubrimiento de América o la independencia de Estados Unidos. Un libro de historia que proporciona una curiosa sensación de la levedad del tiempo.

El grosor de los crecimientos de cada año sirven al naturalista pare ver huellas de los años secos o lluviosos o de los incendios que asolaron el bosque.

Si hacia 1849 se destapó en el entorno la fiebre del oro, Henry Cowel explotó en la zona grandes hornos de cal, en los que utilizó abundante madera de los bosques. El viejo ferrocarril que se usó en la industria maderera es hoy, felizmente, el tren turístico que sube hasta Bear Mountain.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright

Uno de los descendientes de Cowel fue, a mediado del siglo pasado, el impulsor de este magní­fico parque, facilitando la unión de varios espacios protegidos.

Entre los paseos inolvidables para el viajero está el recorrido por la arboleda de las secuoyas (redwoog grove) que nos lleva ante distintos ejemplares numerados, y que están citados en el folleto que nos dan a la entrada del centro de visitantes. En el paseo podemos ver desde el nacimiento de los árboles a los restos de algún incendio ocurrido hace un siglo, y que aún se percibe en algún ejemplar del parque.

Además, de las secuoyas, también conoceremos otros tipos de árboles del entorno, tales como los abetos de Duglas y los laureles de California. Aun cuando algún letrero nos habla de los árboles más altos del mundo, los ejemplares del parque no llegan a los 100 metros de altura aunque esta talla no está nada mal.

Foto de Rubén Álvarez. Guiarte Copyright