Langostas en el camino de Santiago

Entre las crónicas de viaje por el Camino de Santiago, una de las más valiosas es la del clérigo Doménico Laffi, quien visitó varias veces la tumba del Apóstol, y dejó un extenso relato de su viaje emprendido en 1670.
Laffi nos dejó una descripción del avance peregrino en una tierra afectada por una gran plaga de langostas. Guiarte.com

Por Tomás Alvarez

La crónica del recorrido lleva el título de “Viaggio in Ponente a San Giacomo di Galitia e Finisterre per Francia e Spagna” y aporta abundantes datos para conocer mejor los territorios y costumbres de Europa Occidental.

En la narración, publicada en 1673, se especifican multitud de detalles de índole artística, gastronómica, costumbrista, litúrgica e incluso histórica, aunque en esta materia recoge numerosos datos erróneos, sin duda proporcionados por informantes que le contaron auténticas fantasías, como la participación conjunta de Carlomagno y Constantino I en la conquista de Tierra Santa.

Laffi emprendió su viaje en abril, desde Bolonia en compañía de un pintor y amigo de la misma ciudad, Doménico Codici. En su trayecto cruza el norte de Italia, Francia y, tras alcanzar Compostela, retornará a su país pasando por Madrid y Barcelona, en un itinerario marcado por innumerables problemas, entre ellos el de la seguridad, por lo que durante el trayecto los dos boloñeses se agruparon con diversos viajeros para mejor protección mutua.

La plaga de langostas

Uno de los aspectos más curiosos del viaje de hacia Compostela es la descripción del avance a través de una tierra afectada por una impresionante plaga de langostas. La experiencia duró prácticamente el tiempo en que recorrieron 150 kilómetros.

En España hay constancia de los embates de este voraz insecto desde épocas antiguas, siendo territorios afectados las partes más secas y áridas del Reino de León, Castilla y Navarra, por donde discurre el Camino de Santiago

Según se escribe el "Viaggio in Ponente a San Giacomo di Galitia", apenas habían recorrido los peregrinos una legua desde el Hospital del Rey, en Burgos, cuando se enfrentaron a un trecho de tierra arenosa y sin árboles plagada de “malditas langostas”.

Caminamos todo el día –escribe Laffi- por aquella llanura abrasada no tanto por el sol sino porque está llena de langostas que lo han arruinado todo; no se ve árbol alguno sino piedras y arena, y es tal la cantidad de estas malditas langostas que no se puede avanzar sino con dificultad. A cada paso se levantan en nubes por el aire, de tal forma que no se puede ver el cielo. Y esto duró hasta seis leguas que hay desde Burgos a Hontanas”.

Tras cruzar el arenal desierto, llegarían los caminantes a Hontanas, una aldea “pequeña, desafortunada y pobre”, donde apenas había una docena de cabañas cubiertas de paja y habitadas por pastores, rodeadas de una gran empalizada para protegerse de los lobos que vienen por las noches, “que si no ven fuego comen las ovejas, sea día o noche”.

En Hontanas los viajeros comieron pan con ajo que traían unos compañeros alemanes, bebieron algo de vino y se acostaron en el suelo, después de pagar por adelantado la hospitalidad. De mañana, intentaron marcharse temprano pero los pastores se lo desaconsejaron porque detectaron la presencia de lobos, de modo que no reemprendieron la marcha hasta que los zagales, con sus grandes perros, salieron a la campiña.

Avanzaron por un camino cubierto de langostas que no solo comían los frutos y la hierba, sino roían los árboles y las viñas, generando hambruna a los hombres y las bestias. En el camino a Castrojeríz hallaron un peregrino francés moribundo, cubierto de langostas. Apenas confesado, murió, y Laffi y los suyos lo cubrieron parcialmente con arena (cara y manos) para evitar que las langostas le devorasen; luego avanzaron hasta Castrojeriz, donde buscaron a un cura para que enviara a alguien a recoger el cadáver del infortunado.

El clérigo Doménico Laffi visitó varias la tumba del Apóstol y dejó un relato de su viaje emprendido en 1670.

Siguieron los peregrinos hacia adelante, por una tierra seca y cubierta de langostas y “con la ayuda de Dios” alcanzaron Frómista, donde había gran carestía “pues a causa de las langostas no pudieron hallar “ni vino ni queso, ni frutas ni cosa alguna. En suma, que es una pena ver este lugar todo desolado por culpa de estos malditos animales. Por la noche, los habitantes de esta tierra salen fuera de la ciudad con haces de leña para matar las dichas langostas, que durante el día se amontonan en las murallas de dicho lugar y las cubren de tal modo que parecen teñidas de negro. A la noche caen a tierra por el frio y así las pueden matar, que si no fuera así sería necesario que abandonásemos todos la tierra y la misma ciudad”

Al día siguiente, tras parar en Carrión, continuaron entre el mar de langostas, “por cuya causa apenas podíamos cruzar la campiña”. Tras pernoctar en el campo, cerca de Cascadegia (¿Calzadilla?) prosiguieron hacia Sahagún: “al llegar a esta tierra vimos la muralla cubierta por tantas langostas que daba pena verla. Una vez dentro, observamos cómo las mujeres las barrían por la calle, matándolas con haces de madera”.

Prosiguieron hacia Brunello(Burgo Ranero), pero antes de llegar encontraron un peregrino muerto al que dos lobos habían comenzado a devorar. Después de espantar a las fieras buscaron el capellán de Brunello para que enviara gente a recoger el cadáver. Allí durmieron en alberge muy pobre, sobre el duro suelo, luego proseguirían hacia Mansilla.

A partir de la llegada a esta parte de la provincia de León, Laffi no volverá a hablar de la plaga de langostas.

En el libro del clérigo boloñés hay otra cita importante relacionada con las langostas. La misma se refiere a la vida de santo Domingo de la Calzada, a quien Laffi atribuye origen italiano. Según él, el Santo llegó en el siglo XI acompañando a Gregorio, obispo de Ostia, hombre venerable enviado por el papa Juan XVIII para ayudar a combatir una durísima plaga de langostas.

Es fama que el Ostiense dominó la invasión de los ortópteros mediante predicaciones, oraciones y ayunos, y que a su muerte sus reliquias se albergaron en un santuario de Sorlada, Navarra.

Remedios para las plagas

A partir de entonces, ante las plagas de langosta se hacía pasar agua por la calavera del santo, agua que luego era utilizada para bendecir los campos y protegerlos de la invasión, pues en la antigüedad las únicas “defensas” conocidas ante esta eran las rogativas y sortilegios.

La fama del Ostiense pervivió y las regiones afectadas por la invasión enviaban a veces comitivas a Sorlada para traer agua con la que rociar los campos. Incluso en ocasiones se reclamaron las reliquias para pasearlas por los territorios devastados. En el XVII, en la época en que Laffi hizo el trayecto, se sacaron dos veces. Y en el XVIII, en la plaga de 1754, el propio monarca, Fernando VI, hizo que el cráneo del Santo fuese paseado en un carruaje por los reinos de España, a lo largo de un periplo que superó los 2.000 kilómetros.

En esa época, tan teñida por lo religioso, también se hacían procesiones a otros santos con el mismo objetivo, o se recurrían a prácticas taumatúrgicas relacionadas con el agua. Así hay testimonios desde 1384, en los que la cruz de Caravaca se sumergía en agua y luego se utilizaba esta para rociar los campos, ritual que se siguió aplicando en los siglos posteriores.

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