Cuentaviajes: Viaje a los confines del sur

El escritor y periodista Tomás Álvarez nos relata su experiencia por el confín más sureño de los continentes: la Tierra del Fuego y el Cabo de Hornos.

Con fotografías de Beatriz Alvarez

Cuentaviajes Cuentaviajes: Viaje a los confines del sur

Un territorio habitado por la historia y los naufragios, una extremadura de la civilización, un mundo de ausencias donde reina la naturaleza en todo su esplendor.

Territorio de naufragios

Estamos en un territorio habitado por la historia y los naufragios, una extremadura de la civilización, un mundo de ausencias donde reina la naturaleza en todo su esplendor.

Elefantes marinos en la bahía Ainsworth, cerca del glaciar Marinelli. Fotografía de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

Este es un mundo pleno de emoción. El bosque patagónico, la fauna más sureña del mundo, los magníficos glaciares y las cascadas, semejantes a cabelleras plateadas, que precipitan el agua recién fundida desde las alturas argénteas a la orilla del océano.


Frente a la mítica bravura del océano en el Cabo de Hornos, los canales de Magallanes y Beagle; frente al espumoso mar embravecido, Los picachos cubiertos de nieve de la cordillera Darwin; frente a la ausencia del hombre, la algarabía de las aves o la ronca voz del elefante marino.

Viajar hacia el extremo sur de América es una experiencia inolvidable, porque es peregrinar hacia uno de los mitos que están anclados en la historia de la navegación; es descubrir el lugar donde luchan con violencia las aguas de los océanos Pacífico y Atlántico, un ámbito que infundió espanto al ser humano, temor justificado, habida cuenta del trágico balance de naufragios.

Por el estrecho de Magallanes

La experiencia, realizada a bordo del Vía Australis, comienza en la ciudad de Punta Arenas.

El cementerio de Punta Arenas conserva el alma de los pioneros de esta ciudad magallánica. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

La ciudad está ubicada en un ámbito estepario y ventoso a la orilla del Estrecho de Magallanes. Antaño –antes de que abriese el Canal de Panamá- tuvo un puerto sumamente activo, pero ahora conserva un aire de vieja urbe anclada en un Far West frío y doblemente lejano.


En un atardecer de viento helado, el navío toma dirección sur. Horas más tarde, cuando la aurora rompe la negra noche, el viajero se sorprende al vislumbrar la albura de las nieves que cubren montañas que emergen de tierras boscosas, mientras, aquí y allá, asombra la verticalidad de las cascadas, filamentos albinos que caen hacia un mar en calma.

Estamos en el Seno del Almirantazgo, y el barco navega lentamente, como si no quisiera asustar a algunas naves que aparecen, tranquilas, sobre la superficie rugosa del agua. A veces pienso que estamos en un río de incierta corriente.

Paisaje de la bahía de Ainsworth. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

En la bahía Ainsworth, el glaciar Marinelli nos regala sus témpanos de hielo de tonos esmeralda, que pasan ante la mirada tranquila de los elefantes marinos. El macho dominante del grupo controla a sus hembras, ante la visita de un competidor, un macho joven; en tanto que las pequeñas crías, de tono negruzco, se amamantan con fruición.

Cóndores sobrevuelan la zona, tal vez con la esperanza de hincar sus picos corvos sobre el cuerpo inanimado de un pequeño elefante marino, seguramente muerto aplastado por el propio peso de los mayores.

Hacia el canal de Beagle

No lejos de Ainsworth, en los islotes Tuckers, cormoranes, gaviotas, tiuques y pingüinos son estrellas de una magnífica teoría de aves, que testimonia la riqueza de este territorio en el que asombra la ausencia del hombre.

Pingüino en los islotes Tuckers. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

Porque ese es otro rasgo del viaje. Antaño, Magallanes o Darwin, vieron estas tierras pobladas por indios de diferentes tribus... Hoy todo es un recuerdo. Las focas o los chimangos resistieron la llegada del hombre blanco, pero las tribus más sureñas no resistieron a las nuevas enfermedades, ni a los rifles... Hay también una página oscura en esta historia del sur.


El paso por el canal de Beagle es otro momento inolvidable. Las vistas del glaciar Pía resultan espectaculares. Nieva en lo alto, junto a las alturas del pico Darwin, alimentando esa corriente esmeralda que llega al mar. De cuando en cuando se escucha el estruendo de la caída de bloques de hielo al agua... y el corazón se encoge ante el chasquido.

Luego, el navío, avanza hacia el oeste por la llamada Avenida de los Glaciares. Cae la tarde y pasamos ante el glaciar Rumanche, el Alemania, el Francia, el Italia... Buenos momentos para brindar en el bar, con cerveza alemana, champagne francés... o lo que sea. El capitán de la expedición, Enrique Rauch, anima al viajero a contemplar desde cubierta el impresionante paraje. El frío invita a hacerlo desde detrás del cristal.

El autor del texto, en la Avenida de los Glaciares. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

Llegada al Cabo de Hornos

La noche llega en medio de un espectáculo de belleza... y en la aurora se vislumbra desde el camarote la silueta del Cabo de Hornos.

Focas en el cabo de Hornos. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

A primera hora de la mañana, el mar está relativamente bonancible y desembarcamos en el cabo, con la ayuda de una magnífica tripulación, no lejos de un roquedo habitado por multitud de focas.


El territorio es desolado. Un barco de la marina chilena ha traído hasta cerca de la orilla una serie de barracones prefabricados que están siendo instalados para su utilización por el ejército del país, a unos centenares de metros del faro, donde vive Patricio, el farero, con su mujer y sus dos hijos. Son estos los seres humanos que habitan de forma estable en el confín más sureño de los continentes.

Patricio explica que los niños no pueden jugar fuera de la casa porque tradicionalmente el viento es descomunal. “Hoy –dice- sopla con una velocidad de siete nudos, lo habitual es un viento de unos 40 nudos”. Vientos cortantes y fríos que tornan ingrata esta tierra en la que el farero, según afirma, atenúa el fragor de la soledad con la lectura de la Biblia.

Una senda sobre escalones de madera nos permite avanzar hasta el monumento inaugurado en 1992 por una cofradía de amigos de esta zona inhóspita. Desde él, el viajero escruta el mar, y le pregunta por historias de naufragios.

Una pasarela nos permite acceder al Faro y al monumento del cabo de Hornos. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

Wulaia, Ushuaia...

De nuevo rumbo al norte, parada en la bahía Wulaia.

Paisaje en la bahía Wulaia. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

Si en el cabo de Hornos la maρana era neblinosa y frνa, Wulaia nos presenta su imagen radiante y apacible. El paisaje pareciera mαs propio de la costa soleada de Mallorca que de la patagσnica, si no fuera porque el bosque magallαnico de lengas, coigόes y canelos, nos sale al encuentro.


El pico que domina la zona es el mismo que se halla en un grabado realizado cuando Darwin visitσ estos lugares. Doscientos aρos despuιs del nacimiento de Darwin, los expertos afirman que esta tierra sureρa del continente es la que menos ha cambiado respecto a los dνas en que fue visitada por el naturalista.

Pero Wulaia nos recuerda tambiιn otro nombre y un drama. El nombre de Jimmy Button, nativo de la tribu yagαn, recogido en 1830 por los ingleses y llevado con otros indνgenas a la Gran Bretaρa, para darles educaciσn y reintroducirlos en Wulaia, donde se intentσ crear un asentamiento. No sσlo no se consiguiσ el objetivo, sino que el mismo Button participarνa, dιcadas mαs tarde, en la matanza de ocho hombres que habνan llegado en el navνo Allen Gardiner, para establecer una misiσn en el lugar. Button querνa seguir siendo lo que era, un canoero.

El espectαculo desde el entorno de Wulaia es impresionante. Mares y tierras parecen jugar caprichosamente para crear belleza. Al fondo, el navνo de la compaρνa Australis aparece como un delicado juguete que nos recuerda la pequeρez del ser humano y sus creaciones en relaciσn con la grandiosidad del paisaje.

El viaje termina en Ushuaia, la ciudad mαs sureρa del mundo. El mσvil –despuιs de dνas inϊtil- vuelve a tener cobertura. Subo a la cubierta para contemplar la panorαmica. Hace frνo. Vuelan las gaviotas jugando con el viento. El panorama de la ciudad, abrazada a las laderas de las montaρas, es bello; pero mi espνritu aρora la grandeza de las soledades. Lo peor de viajes como ιste es que tienen un final.

Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, desde la cubierta del Vía Australis. Imagen de Beatriz Alvarez. Guiarte Copyright

Datos de interés

Información de utilidad para el viajero a la Tierra del Fuego y el Cabo de Hornos.

El Vía Australis, en medio del espectacular entorno del Glaciar Pia

El viaje sólo se puede hacer desde octubre a abril, por razones climáticas. La compañía Australis hace trayectos tanto desde Punta Arenas como de Ushuaia.

Iberia tiene una magnífica red de vuelos que comunica tanto con Buenos Aires como con Santiago de Chile, desde donde se puede llegar al sur del continente.