Cuentaviajes Santander: El gozo burgués

Un acercamiento al espíritu y la historia de la ciudad de Santander.

Textos de Artemio Artigas y fotografías de Jose Manuel Fernández Miranda

Cuentaviajes Cuentaviajes Santander: El gozo burgués

Un acercamiento al espíritu y la historia de Santander, en la costa cantábrica española.

En el nombre del santo Emeterio

Cosas de la vida: el proletario Emeterio -uno de los doce hijos del centurión romano Marcelo- acabaría dando origen al nombre de Santander.

La catedral de Santander, donde se acogieron los restos de los soldados martirizados en Calahorra. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

Jamás se hubieran imaginado el centurión Marcelo y su esposa Nonia -ambos santificados por la iglesia- que uno de sus hijos habría de dar el nombre a numerosos pueblos y ciudades de España y América, e incluso a una de las principales instituciones financieras del mundo.

Se cuenta que Emeterio y su hermano Celedonio acabaron los días como su padre, martirizados. Ambos fueron decapitados en Calahorra por profesar la religión cristiana y -¡0h milagro entre los milagros!- sus cabezas acabaron siendo transportadas en barca de piedra hasta la bahía de Santander.

Más lógicas parecen otras teorías relativas al posible traslado de las reliquias hasta este remoto punto de la costa cantábrica, en los momentos en que las tropas árabes dominaron la Península y los territorios cántabros y astures se mantenían en el norte como el reducto rebelde a la invasión.

Depositadas en un enclave tranquilo y alejado, frente a las aguas del Cantábrico, en una hermosa bahía, las reliquias acabaron dando nombre al lugar: El nombre latino de Sancti Emeterii pasó a denominarse vulgarmente como Sant Emeter y de ahí Santander...

Emeterio y Celedonio, los proletarios (de prole) de Marcelo y Nonia, son hoy patronos de Santander y sus cabezas representan la gloria de las reliquias de esta ciudad antaño bienamada por los reyes de España que hicieron del lugar una zona de reposo estival.

Iglesia de la Compañía. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

El Puerto de la Victoria

Aunque antes de llamarse Santander, esta urbe parece que tuvo el nombre de Portus Victoriae Iuliobrigensium, denominación de la época de Augusto.

Islote en la entrada de la bahía. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

Este nombre testimoniaría una presunta batalla ganada por los romanos a los belicosos cántabros, pobladores de esta parte del territorio. No hay constancia total de este dato, porque otras localidades del entorno también se han apuntado a tan épico origen.

Más evidente parece ser que el lugar prosperó en los inicios de la Edad Media, en torno a un centro religioso con las reliquias de los dos santos leoneses, que habrían sido traídas por hispanoromanos huidos del avance musulmán y depositados en un viejo edificio de origen romano, donde ahora está la propia catedral de Santander.

No brilla la ciudad por el arte ni el tipismo de sus calles. No valen chauvinismos. Brilla por sus playas, su gastronomía, su paisaje y su aire de república burguesa favorecida por el don de la prosperidad.

Para ser sinceros, podemos afirmar que Santander no tiene prácticamente casco antiguo. Y ello se debe a la voracidad del fuego. Porque en la vida moderna de la ciudad hay sendos eventos vinculados a las llamas, que perduran en la memoria urbana y en su propio trazado.

Mar y montaña se amansan en un entorno apacible y bello. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

Renacer de las cenizas

La ciudad de Santander ha pasado a lo largo de su historia por varios siniestros: explosiones, incendios... por lo que no es una urbe que destaque por sus grandes legados del pasado.

Sede del Banco de Santander. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

El primero de sus siniestros fue la explosión de un barco en los muelles del puerto. El navío -Cabo Machichaco- venía cargado de dinamita y la explosión de la carga motivó un drama dantesco. Unas 600 personas perecieron en aquel brutal siniestro que destrozó el entorno portuario y las calles cercanas. Era el año 1893, cuando la ciudad vivía una nueva época de bonanza.

Apenas habían pasado cincuenta años cuando la ciudad vivió otro siniestro que aún recuerdan los mayores. Era el año 1941, 15 de febrero. Un huracán avivó un fuego que destruyó prácticamente todo el casco antiguo. Desaparecieron del mapa 37 calles. Ardieron casi 2000 viviendas. El plano de Santander tuvo que rediseñarse.

Santander tiene por eso un aire especial, en el que sorprende la ausencia de monumentos del pasado, carencia que queda envuelta por la pátina de una vitalidad comercial y una vida urbana acomodada, privilegiada por la belleza de la bahía.

Disimula en parte esa carencia de edificios históricos el palacete de la Magdalena, que reina -es de origen real- sobre una península tan pequeña como coqueta, en la que el visitante puede gozar de la placidez de la tierra, del mar y del cielo. Ese palacete de aire inglés otorga a la urbe la marca de la aristocracia, y explica en buena medida la calidad de vida del entorno.

Monumento a Velarde, héroe santanderino de la Guerra de la Independencia. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

Turismo, con Sello Real

Comercio y turismo. Ese binomio -al que la modernidad añadiría las finanzas- están en la historia de la urbe de Santander.

Comercio y turismo se aunaron para dar vida a Santander. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

Ciudad de marineros desde el medioevo, fue puerta por la que fluía el tráfico desde y hacia Inglaterra y Flandes. Por fluir, fluyó hasta la peste que llegó de Flandes en el final del XV y arruinó demográficamente a la ciudad.

Ese vigor comercial se asentó en el XVIII, merced a la construcción de un camino que centralizó en el lugar el comercio de la Meseta y cuando se habilitó al lugar para comerciar con América. Entonces recibió el titulo de ciudad, y la iglesia, donde reposaban los restos de Emeterio y Celedonio, pasó a ser catedral de la nueve diócesis.

Aún vinieron nuevos tiempos en el XIX, cuando progresó su vitalidad comercial y financiera, llegó el ferrocarril y la realeza empezó a utilizar sus playas como ámbito cortesano estival, desde el momento en el que Isabel II, en 1861, quedó encantada con la placidez del lugar.

En el entorno de las playas, Santander mantiene unas agradables zonas verdes. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright

Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia estimaron mucho a la ciudad, y en prueba de afecto recíproco, Santander les regaló la península de La Magdalena, donde se asienta el palacio, desde 1912.

En las cercanías, al abrigo de la presencia real proliferaron las construcciones para divertimento de las clases aristocráticas y burguesas, el casino, el hipódromo, los hoteles y chalets, que definitivamente otorgaron a Santander -sobre todo a esta zona de playas (Sardinero y Magdalena)- un aire vacacional.

Ésta es la zona con más personalidad de Santander, propicia para el gozo del baño y del paseo, en una geografía marcada por los edificios del Palacio y del Casino, de tonos claros y dimensiones moderadas, acordes con un espíritu alejado de la grandiosidad de las las construcciones historicistas, más cercano al gozo sencillo de la vida. En definitiva, el espacio soñado por una burguesía de provincias.

El Casino, obra de finales del XIX. Imagen de Jose Manuel Fernández Miranda. Guiarte.com Copyright