Oporto, la ciudad colgada sobre el mar

Esta ciudad, con muchos siglos de vida a sus espaldas, ha dado el nombre a todo un país (Portus Cale = Portugal). Pero no sólo vive de historia.

Está en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, fué la primera capital cultural europea del segundo milenio y es una meca para turistas que quedan siempre encantados con su sabor.

Un viaje a Oporto con textos y fotografías de Miguel A. Moreno Gallo

Cuentaviajes Oporto, la ciudad colgada sobre el mar

Una ciudad que ha dado el nombre a todo un país (Portus Cale = Portugal). Forma parte de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Dos mil años de historia

Oporto, el puerto por antonomasia, no necesita que dos mil años después de su esplendor histórico venga nadie a cantar las alabanzas de su fenomenal abrigo marino, el calado de su rada o lo escarpado de los montes que le rodean.

Balconadas da ribeira. Fotografía de Miguel A. Moreno Gallo

Oporto ha servido de refugio a romanos (incluso a griegos, según la leyenda), a suevos y cristianos, a musulmanes y a los primeros portugueses (Porto Cale). Por allí han pasado sucesivamente, y a veces todos juntos, comerciantes, bandoleros, políticos, pescadores, misioneros, marinos, vinateros y turistas españoles.

Efectivamente, la última invasión es la de los vecinos españoles que se desplazan el fin de semana a Portugal con cierto aire de grandeza, se sientan en las terrazas y piden para comer sopa verde y bacalao. Oporto, Porto para los portugueses, verá pasar también esta invasión pacífica y afrontará el futuro con la retranca sabia de los viejos que ya lo han vivido todo.

Los ciclos de la historia

Oporto ha vivido épocas de esplendor y de miseria, como el resto del mundo, pero ha sabido guardar vestigios de ambos momentos.

Cripta de san francisco. Fotografía de Miguel A. Moreno Gallo

Por eso, cuando se pasea por el barrio norte pueden encontrarse edificios gigantescos, callejuelas inmundas, iglesias de muchísima devoción y baretos de vicio.

Seguro que el visitante comienza su estancia en el Cais da Ribeira. El mar tira, llama la atención del turista, y congrega en el malecón a los foráneos recién llegados. Desde allí conviene acercarse a la iglesia de Sao Francisco, donde uno puede caerse de espaldas contemplando el Barroco más exultante, insultante más bien.

No hay que perderse una visita a la cripta, donde reposan "archivados" los cuerpos de algunos próceres que pagaron ingentes sumas para lograr la paz eterna al abrigo de los frailes pobres, y que hoy son fotografiados de forma inmisericorde por los turistas armados de cámaras digitales.

Dando la vuelta al Palacio de la Bolsa, por la impresionante plaza del Infante Dom Henrique, se puede llegar hasta Sao Joao Novo, para cambiar de dirección y aproximarse a Sao Domingos. Desde allí, por callejas y callejuelas se llega hasta Sao Lourenço dos Grilos, desde donde se sube hasta la plaza de la Catedral. El conjunto de la Seo es muy coqueto, con buenas vistas y un claustro de granito muy llamativo.

Liberdade

Pero conviene dejar las vetustas piedras a un lado y dirigirse a la plaza de la Liberdade, donde abundan los comercios y los hoteles.

Estacion de ferrocarril. Fotografía de Miguel A. Moreno Gallo

La magnificencia del conjunto urbano habla, de nuevo, de otra época de esplendor que ya no volverá, cabe suponer.

Para entender mejor el orgullo de un momento histórico, conviene asomarse también a la estación de ferrocarril, adornada con azulejos que harían palidecer el lujo del metro de Moscú.

No muy lejos, el visitante puede encontrarse con un moderno metro que sale a la luz para cruzar el Ponte dom Luis. Peatones y metros-tranvías comparten el espacio, colgados en las alturas, con unas fenomenales vistas sobre la ciudad y sobre el río Douro.

La ribeira sur

Una vez alcanzada la orilla sur del Duero, conviene subir hasta el mirador de Nuestra Señora da Serra do Pilar, para hacer las mejores fotos del día.

Bodegas. Fotografía de Miguel A. Moreno Gallo

Si tenemos la suerte de coincidir con la salida o llegada de algún tren, veremos como se desplaza a media ladera, como si se tratara de una maqueta ferroviaria.

Después, cualquier camino es bueno para bajar a las bodegas (As Caves), junto al río, donde las tradicionales marcas de vino de Oporto se ofrecen al turista como si hubieran sido pensadas para ellos: tanto la entrada de la visita, pero si compran un determinado número de botellas, le devolvemos el importe.

El turista se convierte en comisionista y, si no anda un poco atento, en un borracho ocasional tras probar varias copas de diferente antigüedad.

Desde las bodegas, tras recorrer el malecón, decorado con moderno mobiliario urbano, se puede cruzar de nuevo el Ponte dom Luis, esta vez por la parte baja, para regresar hasta el Cais da Ribera.

Se habrá cerrado así el periplo turístico de una ciudad que es triste (la saudade, dicen) cuando el cielo está gris, y luminosa cuando luce el sol. Un lugar emblemático que hay que conocer para entender el alma de Portugal, siempre subiendo y bajando por calles empinadas de recios adoquines, vías de tranvía y minúsculas teselas que destrozan los pies de los caminantes. A los portugueses esas molestias no les preocupan. A fin de cuentas, todos tienen alma de marinero.