Once Japoneses


Todo el orbe occidental tiene una imagen típica del turista japonés: se trata de un individuo de estatura no elevada, provisto de una excelente máquina fotográfica, que viaja en grupo, y que suele pasar raudo ante los paisajes y monumentos más típicos, tomando mil imágenes de los mismos.

Oscar Peyrou, periodista y escritor argentino afincado en España, aporta a guiarte.com un relato corto, en el que cuenta su perplejidad al encontraerse ante un inusual grupo de turistas nipones.

Cuentaviajes Once Japoneses

Relato de viaje a Once Japoneses

Ayer Heidelberg, mañana Isfahan

Decir que la vida esta llena de misterios es un lugar común. Que esos enigmas aparezcan en la existencia de uno ya es mas raro.

Normalmente, la mía transcurre en medio de una apacible sucesión de viajes. Un día estoy en Cannes, otro en Heidelberg. Ayer en Valdivia o en Sodankyla y mañana en Sochi o en Isfahán.

A la larga, todo es muy aburrido. La rutina, ya se sabe, destruye la pasión, el deseo, la memoria.

Composición. guiarte.com

Por eso me sorprendió agradablemente que en el vuelo que debía trasladarme de París a Madrid apareciera por el pasillo de la cabina un gran perro delante de un japonés ciego.

Yo estaba sentado en la mitad del avión, mas o menos a la altura de las alas, el lugar mas peligroso –dicen- en caso de accidente. La sorpresa se transformó en excitado placer cuando tras el nipón vi aparecer otro perro y otro oriental.

Como en espejos paralelos, uno detrás de otro, entraron once japoneses ciegos con sus correspondientes perros-guía.

     

Aviones y fauna

En esos reducidos recintos yo había convivido con numerosos animales, desde focas a cerdos pasando por camellos y garzas (la variedad humana es infinita), pero era la primera vez que veía un perro a bordo.

Aviones y fauna. Composición. guiarte.com

Sentía una enorme curiosidad por saber dónde se iban a ubicar tantos animales, pero me contuve. Me pareció poco educado -incluso francamente grosero- girar la cabeza y espiar a los representantes del imperio del sol naciente.

Una vez que el avión despegó, me puse de pie con el ostensible propósito de ir al lavabo pero con la secreta finalidad de investigar adónde estaban sentados los perros. En un momento de delirio, me los imaginé en las butacas, leyendo el periódico con las patas cómodamente cruzadas y los preceptivos cinturones de seguridad abrochados.

     

El dolor de viajar, sin ver París

Al llegar a la altura de los japoneses, surgió el primer misterio: los perros habían desaparecido. Me pareció ridículo que entraran por delante y salieran por detrás.

¿Dónde estaban? Desde luego, no debajo de los asientos. Y menos en los compartimentos superiores.

Regresé a mi asiento estupefacto. Y entonces me pregunté por el segundo misterio.

¿Qué habían ido a hacer a Francia (y ahora a España) once japoneses ciegos? ¿Dónde estuvieron antes de llegar a Paris? Y después de Madrid ¿adónde irían? ¿Era Tántalo el director de la agencia organizadora del viaje?

No ver París. Composición guiarte.com

Y en cuanto a sus actividades turísticas ¿se habían dedicado a acariciar una de las vigas de hierro de la torre Eiffel? ¿Habían perdido una mañana palpando la base del Arco del Triunfo? Los supuse en fila india, caminando lentamente y comentando en voz baja los diversos aromas que llegaban a sus narices en la Rue de Rivoli. Perfume, pan fresco, axila.

¿Y en Madrid? ¿Irían a escuchar una corrida de toros? ¿A mojar la punta de los dedos en las turbias aguas del Manzanares?