Merzuga: arena y estrellas

El bereber canta, en español, que el desierto no es una playa, que allí sólo hay arenas y estrellas. Y su cántico casi encierra una verdad; casi...

Para la mayoría de nosotros, hasta ahora acostumbrados a ver en la playa las mayores concentraciones de arena, este destino resultará muy peculiar.

Merzouga (Merzuga en español) es un pequeño desierto de dunas en el este de Marruecos, donde la arena reina a sus anchas, pero sin agobiar. Digamos que es un desierto para todos los públicos: accesible, divertido, apto incluso para viajar con la familia.

Este relato de un viaje por las arenas del desierto marroquí sirve también como guía de Merzouga. Contiene diversas recomendaciones para el viajero.

Cuentaviajes Merzuga: arena y estrellas

Relato de viaje a Merzuga: arena y estrellas

Dirección al Sahara

Merzuga se encuentra en el este de Marruecos, entre la cordillera Atlas y el desierto del Sahara. En cierto modo, es como una puerta para contemplar el gran desierto del Sahara, sin necesidad de aventurarse en su inmensidad.

La ciudad más importante en las inmediaciones se llama Erfoud, que no tiene mucho interés, salvo por servirnos de partida para nuestra excursión. Más cerca todavía queda el pueblo de Rissani, aunque menos importante en los mapas, imprescindible para nuestra visita porque es donde termina la carretera y comienza el camino.

Imagen de guiarte.com

Para llegar a Merzuga, si nos adentramos desde Marruecos, tenemos dos posibilidades. Podemos acceder desde el norte, viniendo de Fès o Meknès y pasando por Midelt, o bien podemos venir desde el oeste de Marruecos, donde está la conocida Marrakech, y hacer el camino pasando por la Ruta de las Kasbhas, que tiene su más bello exponente en Quazarzate.

Una vez acaba la escasa civilización marroquí que puebla esta zona desértica, perdemos la carretera, que se trueca en un difícil camino y posteriormente en difusas y numerosas pistas.

     

Pistas y guías

Estas pistas son los caminos que discurren por el desierto sin, por supuesto, pavimento o algún tipo de demarcación.

Las pistas se pierden constantemente por causa del viento y la arena que suele arrastrar, a la vez que aparecen otras nuevas cada vez que un grupo de vehículos pasa por un mismo lugar.

De este modo, nuestro camino a Merzuga aparece salteado de rutas, más o menos marcadas, que podemos elegir a nuestro antojo. De vez en cuando nos cruzamos con otros vehículos que nos hacen entender que vamos por el buen camino.

Pistas hacia Merzuga. Imagen de guiarte.com

Desde Rissani a Merzuga, avanzamos por pistas un recorrido de unos 15 kilómetros de desierto de piedra, lo suficiente para poder perderse. Por ello, puede ser una buena idea conseguir un guía en Rissani, antes de internarse en zonas donde puede resultar difícil orientarse.

Nos encontramos con numerosos marroquíes que ofrecían sus servicios como guías en las localidades próximas a la entrada a las pistas.

Aunque nuestra primera intención era contratar como guía un nómada bereber, una vez hubiéramos llegado a Merzuga, para internarnos en la zona de dunas, en Rissani nos encontramos con un marroquí que insistió mucho más que otros que nos habían asaltado anteriormente para hacer de guía. Inicialmente pedía 8 euros por sus servicios, pero conseguimos regatear y bajar el precio hasta que finalmente acordamos que nos llevase gratis.

Una bajada tan importante en el precio se debe a que los guías indican el camino hasta el albergue de algún familiar o amigo, ganando por ello una comisión.

Al final del viaje quedamos tan satisfechos con Abdul que le regalamos varios utensilios de uso habitual en España y 10 euros.

Una última recomendación para entrar en las pistas es hacerse con un automóvil que pueda resistir cómodamente las inclemencias de un largo camino campo a través. Aunque un turismo podrá aguantar el ajetreo, es ideal contar con un 4x4 y podemos alquilarlos, por unos 50 euros al día, en Rissani o en otras poblaciones de alrededor.

     

Los albergues

El camino por las pistas se anima para el visitante al comenzar a divisar, a lo lejos, las grandes moles de arena, las dunas.

Cuando aún faltan 5 kilómetros para llegar, el erg (campo de dunas) se hace más grande, y el espectáculo más subyugante.

En Merzuga se encuentran varios albergues. Estos alojamientos no son más que pequeñas casas de adobe donde ofrecen comida y cobijo al visitante, sin grandes lujos, ya que las habitaciones suelen ser auténticas jaimas bereber –casas de los árabes que pueblan el desierto- y la comida es escasa y corriente.

Jaimas en Merzuga. Fotografía de guiarte.com

Los albergues generalmente tienen acuerdos con los nómadas bereber para hacer de guías a los turistas que desean adentrarse en las dunas. Allí mismo nos proveen de dromedarios para la marcha y nos organizan la pernoctada. Nosotros acordamos un viaje en dromedario al anochecer, dormir en las jaimas dentro del desierto y una vuelta al día siguiente, haciendo un rodeo para inspeccionar la zona. Todo incluido, con guías, dromedarios, jaimas y las correspondientes comidas nos costó 30 euros por persona, después del inevitable regateo.

Antes de comenzar nuestro camino tuvimos la ocasión de recrearnos con una comida dentro de la casa de adobe del albergue y con el correspondiente “güisqui bereber”, que no es otra cosa que té a la menta, típico en todo Marruecos. En la sobremesa nos animamos a aporrear algún tambor de los que había dispersos por el comedor, con una especial falta de armonía.

En un momento los marroquíes que regentaban el local se contagiaron con nuestro ánimo y por un rato pudimos asistir a una excelente muestra de cultura del tambor. Por la presteza con que tocan los instrumentos se nota que en el desierto no hay muchas más diversiones con las que discurrir las horas.

     

Caravana de dromedarios

Al anochecer, las dunas no tienen un color definido, sino que van cambiando las tonalidades entre el rojo y el amarillo, dependiendo de la cantidad de luz que les llegue.

Esto hace que el paisaje tome vida y el espectáculo visual se presenta en todo su esplendor, recompensando el esfuerzo realizado en el camino.

Curiosamente, al pie de las dunas podemos encontrar un lago bastante grande, formado por las lluvias y que no se llega a secar en todo el año, siempre y cuando no nos encontremos en un periodo de sequía. Al preguntar a los nómadas bereber que nos acompañaban acerca del lago y la razón de la existencia de tanta agua en un desierto, nos dijeron que en Merzuga sólo hay que hacer un agujero de unos metros para encontrar agua y que no es raro que en las partes que tienen poca altura se pueda detectar algo de humedad en la arena.

Caravana de dromedarios portando turistas viajeros. Fotografía de guiarte.com

El viaje en los dromedarios no es cómodo, pero se hace con mucha calma y permite ir cambiando de postura para no entumecer nuestros desacostumbrados músculos y articulaciones. Mientras viajábamos nos dio tiempo a aprender la única canción que sabían cantar en español los bereber, que dice que Merzuga no es la playa, que allí sólo hay arena y las estrellas. De verdad que tienen razón y lo podemos comprobar a medida que el astro rey abandonaba definitivamente el desierto en una bella puesta de sol, dejando paso a las estrellas de la canción.

La caravana circula al paso del guía bereber, que va delante guiándolos por el camino correcto. Se crea al atar con una cuerda las colas de los dromedarios a la cabeza del animal que ha de marchar detrás, haciendo una fila de uno. Los dromedarios más perezosos llevan una argolla en la nariz donde atan la cuerda que le une con el animal de delante. Como la sujeción de la cuerda en la nariz resulta para los dromedarios muy delicada, se esfuerzan más para no rezagarse. Por desgracia para uno de los camélidos, tuvimos la ocasión de comprobar como su argolla saltó debido a la presión de un tirón de la cuerda y el animal acabó regando la homogénea arena del desierto con la sangre que brotaba de la nariz rota, en medio de lastimeros gruñidos.

Después de un examen más detallado de las narices de otros dromedarios, pudimos observar que casi todos los animales habían vivido en algún momento esa escena, tan desagradable, en sus propias carnes.

     

Noches de jaimas

El destino de nuestra caravana era la casa de una familia nómada bereber, en el interior del desierto de dunas. Allí íbamos a pernoctar, tal y como acordamos en el albergue.

Niños tocando tambores, en interior de una jaima. Fotografía de guiarte.com

Marruecos es un país hospitalario y en el desierto tuvimos la mejor ocasión para comprobarlo. La familia que nos acogió estaba compuesta por unos padres muy jóvenes que tenían ya 4 niños a su cargo. El mayor de ellos parecía tener unos 6 años.

Las jaimas no son otra cosa que las casas de los bereber que viven, nómadas, en el desierto. Se componen básicamente de una tela de color negro, que da cobijo y protege del sol, sujetada por unos palos, con una forma parecida a las tiendas de campaña más tradicionales.

El suelo de las jaimas es la propia arena del desierto, aunque para una mayor comodidad se disponen de alfombras esparcidas por la mayoría del espacio.

Dicen que el desierto es uno de los pocos lugares de la tierra donde se puede escuchar el silencio absoluto y la noche en las jaimas pudo ser nuestra primera ocasión de comprobarlo. Lastima que no tuvimos suerte, pues no éramos los únicos que hemos acampado en el entorno y a lo lejos se escuchaban tambores y cánticos de otros turistas y bereberes.

     

Entre arena

En el desierto se pueden organizar diversas actividades, aunque parezca mentira porque sólo tenemos arena a nuestro alrededor.

Para los más voluntariosos está la posibilidad de despertarse pronto y empezar el día disfrutando de un precioso amanecer entre las inmensidades. Sin embargo nuestro día tenía reservadas otras tareas.

Para empezar, es extremadamente recomendable subirse a una duna. En Merzuga hay una conocida como la gran duna, desde donde se puede otear un amplio paisaje. A un lado el pueblo de Merzuga, junto con el lago y numerosos y dispersos albergues. Al otro, arena y más arena, y en el horizonte, Argelia.

Belleza de cielo y arena. Fotografía de guiarte.com

Ascender por la duna puede convertirse en un duro trabajo, pues la arena suelta no facilita la sujeción del pié, pero merece la pena el esfuerzo. Bajar resulta extremadamente fácil y rápido.

Lo mejor para bajar es contar con una tabla de snowboard o unos esquís con los que deslizarnos duna abajo. Precisamente esta es una de las actividades más divertidas y sorprendentes que se puede hacer en el desierto. Además, no es necesario que transportemos hasta Merzuga nuestro equipo de nieve, pues en los albergues al pie de la duna disponen en muchas ocasiones de todo lo que necesitamos y no dudarán en atarlo a nuestro dromedario para que podamos utilizarlo en el desierto, si lo solicitamos.

Durante la mañana y el desayuno pudimos disfrutar nuevamente de la compañía de la familia bereber que nos ofreció su jaima para dormir. Para un europeo el paisaje es tan yermo que es inevitable realizarse algunas preguntas como de qué vivían las familias nómadas antes de que el turismo llegase al lugar, o cómo será un mundo en el que sólo hay arena por todas partes, tal como lo ve un niño que no haya salido del desierto. Pero claro ellos no piensan así.

Nuevamente recibimos una lección sobre cómo tocar el tambor, pero esta vez de manos del hijo mayor de los nómadas que nos dieron cobijo.

     

Los recursos de la tierra

Después de un remojón con el agua de uno de los pozos del desierto(es gozoso sentir el agua del odre resbalar por el cuerpo), emprendimos la vuelta recorriendo otras zonas del territorio desértico.

Magnífico y humilde cierre realizado con adobe y barro. Fotografía de guiarte.com

Tuvimos ocasión de comprobar que hay varios oasis pequeños y jaimas dispersas por la zona, cuyos inquilinos deben subsistir de un modo parecido a nuestros anfitriones de la noche anterior.

También es recomendable una vista al pueblo que lleva el nombre de Merzuga, fuera de la zona de dunas y cerca del lago, donde podemos encontrar construcciones de adobe típicas de la zona, unidas a una pequeña muestra de agricultura adaptada al lugar, que subsiste gracias al agua de manantial que llega permanentemente al pueblo. Otra posibilidad para los días de verano consiste en darse un baño de barro que, dicen, es muy bueno para el reuma.

Los amantes del 4x4 también podrán disfrutar de las dunas y las carreras por caminos desérticos. De hecho, muchos de los visitantes que llegan a Merzuga vienen con la intención de sacarles partido a sus vehículos todoterreno.

¡Mucho cuidado con quedarse atrapado en las dunas! Aunque cabe tranquilizarse pensando que, en un aprieto, cualquier persona que pase por alrededor se prestará gustosa a ayudarnos.

     

Y la vuelta atrás

De vuelta a Rissani nos acompañó el mismo guía que nos llevó hasta el albergue.

Atras dejamos a Merzuga, las dunas y el lago. Fotografía de guiarte.com

Como despedida de Merzuga el tiempo nos castigó con una tormenta de arena, que nos hizo detener a la vera del camino que, por momentos, desaparecía de nuestra vista. Por suerte y tal como nos informó el guía, estas tormentas no llegan a extenderse por mucho tiempo, de modo que al cabo de un rato, aunque la visibilidad era especialmente reducida, pudimos seguir avanzando hacia la civilización.

A pesar de que el viaje no duró mucho más de 24 horas, cualquier visitante de Merzuga puede administrar las actividades y diversas excursiones por la zona para ocupar varios días. Posiblemente, el mayor problema para ello consiste en que el alojamiento no es muy cómodo y la comida por allí tampoco resulta muy apetitosa, aunque esto puede variar dependiendo del albergue donde nos alojemos.

En caso de permanecer varios días, es muy buena idea llevar una buena provisión de agua, por lo que pueda pasar. Hay que tener en cuenta que si nos perdemos o sufrimos un contratiempo que nos detenga en el desierto incomunicados durante horas, el líquido será vital. No obstante no debe preocuparnos demasiado el perdernos, pues en buena parte del territorio los móviles tienen cobertura suficiente para hacer llamadas.

Como decía al principio, Merzuga es muy accesible.