Catedral de León: En busca del espíritu

Por Artemio Artigas, para guiarte.com

Durante el siglo XIX, recobraron su esplendor algunos de los edificios más bellos de Europa. Una de las restauraciones más importantes llevadas a cabo fue la de la Catedral de León, en España.

Artemio Artigas hace un análisis de las restauraciones que surgieron inspiradas por el ansia romántica de recuperar un pasado ideal. Con fotografías de guiarte.com y de la colección de Ignacio González-Varas.

Cuentaviajes En busca del espíritu

Relato de viaje a En busca del espíritu

Sentimiento y razón

Durante el siglo XIX alcanzaron su esplendor algunos de los edificios medievales más bellos de Europa.

Fue una tarea en la que se unió el conocimiento científico de la construcción, el dominio sobre la técnica, y el deseo romántico de revivir el pasado.

Agujas de la catedral de Chartres. Foto guiarte. Copyright

El signo de las ciudades

Muchas de las ciudades del mundo occidental tienen en sus catedrales el monumento emblemático de su pasado. En medio de los viejos centros urbanos, las aguzadas flechas de los chapiteles siguen coronando las torres catedralicias, como en un intento de conducir a la urbe hacia otro mundo, hacia el futuro.

Muchos de estos grandes templos son actualmente más góticos que hace doscientos años, merced a intervenciones que han intentado recuperar el espíritu original del edificio. Las catedrales de París(Francia), Colonia(Alemania) o León(España) pueden dar fe de ello.

     

Buscando el cielo

Aferrada a la orilla del Rin, la catedral de Colonia nos muestra su masiva mole pétrea, oscura y orgullosa. Es la más elevada de las catedrales góticas… sólo desde el siglo XIX.

Y lo es porque este edificio es en buena parte obra del XIX, cuando diversas tendencias culturales –básicamente el romanticismo- hicieron de las catedrales algo más que un centro religioso, trasformándolas en bandera, en símbolo de identidad de un pueblo.

Catedral de Colonia, arriba imagen a su terminación, abajo, en obras, en el siglo XIX. guiarte.com

Hasta el XIX, la flecha gótica más elevada de la cristiandad era la de la catedral de Estrasburgo. La inmensa torre vertical que trazó Jean Hültz en la primera mitad del XV, coronando la bellísima fachada realizada por Erwin de Steimbach en el XIII, había sido la más alta de las arquitecturas góticas durante cuatrocientos años. La cima estaba a 142 metros de altura.

Colonia, la ciudad que albergaba desde el año 1164 las reliquias de los Reyes Magos, se había transformado desde aquella época lejana en un centro de peregrinación. La Catedral de la urbe alemana fue iniciada en 1248 pero su avance fue lento. La fábrica grandiosa quedó paralizada desde el XVI, hasta el siglo XIX, cuando un movimiento cultural romántico y nacionalista, que fortaleció la revalorización del pasado y lo medieval, propició la reanudación de las obras.

Cuando el emperador Guillermo I dio por finalizado el edificio, en 1880, la catedral de Colonia ocupó un lugar destacado entre las obras góticas, por sus grandes dimensiones. Las torres –de 157 metros de altura- las portadas de ambos lados del crucero y otra importante obra del inmenso edificio era nueva, pero se ajustaba de forma grandiosa al espíritu medieval. ¿Gótico? ¿Neogótico?...      

Schinkel y Violet le Duc

Grandes figuras de la arquitectura del siglo XIX conectaron con el ideal romántico de recuperar el brillo del pasado.

Uno de ellos fue Karl Friedrich Schinkel, máximo arquitecto prusiano de los inicios del siglo y líder de una pléyade de figuras caracterizadas por su amor a lo clásico, bien sea griego, romano o gótico.

Gótico del XIX. Así imaginaba Schinkel una catedral gótica ideal. guiarte.com

Sulpiz Boiseerèe, uno de estos herederos del espíritu de Schinkel, fue el responsable del proyecto de Colonia.

Pero la figura que más trascendencia ha tenido ha sido Eugene Viollet-le-Duc, arquitecto y crítico de arte francés y primer gran teórico de la restauración, que inició una brillante carrera en la restauración de la Sainte Chapelle.

     

Contra la Revolución

En una Francia cansada de los desmanes de la época revolucionaria, con una monarquía absoluta con ansias de entroncarse a un pasado de gloria.

La arquitectura sirvió a la par para recuperar la imagen imperial romana y la brillantez de las construcciones medievales, tan caras a los románticos.

Catedral de París, remozada por Violet-le-Duc. Imagen de Guiarte. Copyright

En la propia capital, Paris, la catedral estaba gravemente dañada. Cuando Napoleón fue coronado allí, era tal el deterioro del edificio que buena parte del templo se ocultó con telas, tapices y banderas.

Figuras populares, como el propio Víctor Hugo, clamaban por una restauración que llegó de la mano de Viollet le Duc

Éste arquitecto intervino también –con desigual fortuna- en Saint Denis, Vezelay, Puy en Velay, Carcasona, etc. Destacó como teórico y llegó a señalar que era posible rehacer una obra incompleta aplicando a la parte inconclusa o desaparecida el espíritu original de la obra. Para él, el edificio debía de alcanzar una ideal unidad estilística, adecuada al ideal del creador; dejando a un lado –para ello- todo tipo de elementos de época posterior, desacordes con la unidad de la obra.

Aquellas ideas impactaron en numerosos países e influyeron en numerosas restauraciones y reconstrucciones, a veces incluso empujando a los arquitectos a adulterar la obra general, aparados en un inconsistente espíritu de la obra original.

     

La joya en peligro

En el marco de las restauraciones de catedrales europeas en el XIX, tal vez la acción más importante, más modélica, se llevó a cabo en España, en León.

Cabecera de la cetderal de León. foto guiarte.

La catedral de León, la más pura del gótico francés en la Península Ibérica, fue declarada en 1844 primer monumento Histórico Artístico de España. En esa época ya era un edificio bello pero afectado por la ruina. Desde mucho tiempo antes habían empezado a registrarse grietas, desprendimientos y habían ido cegándose numerosos ventanales. El mal venía de lejos.

La primera iglesia situada en aquel solar databa del inicio del siglo X, cuando Ordoño II cedió su palacio real, edificado sobre las termas, para que en sus aulas se estableciera el templo. Siglo y medio más tarde se construyó una nueva edificación, románica, con tres naves y arcadas de herradura. El obispo Manrique de Lara, fallecido en 1.205, emprendió las obras de la tercera edificación, gótica, pero hasta 1.301 no se terminó lo fundamental de la misma (la torre sur no se finalizó hasta el siglo XV).

La estructura del edificio es un prodigio arquitectónico, en el que se puso la maestría más consumada del gótico francés. Se dice que la catedral de León no tiene paredes y es casi cierto. Su estructura se basa en un fino esqueleto de cantería que sostiene una especie de red, como un bordado de puntilla, de ricas vidrieras; el conjunto más notable de las españolas.

Pero el delicado equilibrio de sus finas estructuras siempre ha estado en peligro, por la propia delicadeza de la obra, por el endeble basamento, por la piedra, y, sobre todo, por algunos añadidos que no correspondían a la estructura de la pieza original.

El mayor daño se produjo en el siglo XVII. A propuesta del Cabildo –que estimaba que era poca cosa una gran iglesia sin cúpula- Juan de Naveda, arquitecto de Felipe IV, hizo la cúpula barroca sobre el crucero, rompiendo con este añadido los delicados equilibrios de fuerzas del gótico. A partir de entonces, el crucero, especialmente en la zona sur, empezó a acusar problemas graves. En el XVIII hubo incluso derrumbes de cuatro bóvedas y desplomes desastrosos. En el XIX la amenaza de ruina era total.

     

La restauración

En 1857 se iniciaron las obras de restauración, con la dirección de Matías Laviña, que desmontó la cúpula barroca y el brazo sur del crucero.

Desprovisto de parte de su estructura, el edifico aún entró en un proceso más negativo, con amenaza de derrumbes generales, a modo de endeble castillo de naipes. Desde la revista El Arte en España, el crítico Gregorio Cruzada Villaamil reclamaba la intervención de Viollet le Duc.

Adamios en la fachada de la catedral de León, en el siglo XIX. guiarte.com

Juan de Madrazo fue el salvador de esta joya gótica. Dirigió la obra desde 1869 y realizó un inmenso encimbrado de la estructura que detuvo el desastre. Este armazón de madera era como otra catedral, una horma que implicó a la totalidad del edificio y le devolvió el equilibrio. Las obras siguieron bajo la dirección de Demetrio de los Ríos en 1880 y hasta 1892, quien llevó adelante la tarea emprendida por Madrazo y la sustitución de los hastiales occidental y sur para adecuarlos al estilo gótico del edificio. En este periodo, el momento más glorioso tuvo lugar en 1888, cuando se retiraron las cimbras y el edifico resistió inmutable. Los equilibrios del gótico se habían repuesto.

En 1901, la catedral se reabrió para el culto. Ya no era un edificio en peligro, sino que había recobrado el esplendor del gótico, principalmente con la sustitución de los hastiales oeste y sur y la eliminación de la cúpula barroquizante. En aras a mantener el delicado equilibrio, nunca se permitió elevar flecha alguna sobre el crucero, pese a que hubo proyecto al respecto. Hoy la catedral de León es el monumento gótico más armónico de España.

     

Juego de armonías

En su planta, el edificio catedralicio es casi idéntico al de Reims, en tanto que toma en el alzado los modelos de Amiens y Chartres.

La catedral de León, hace algo más de cien años, recién terminadas las obras. La piedra de la parte nueva destaca por su blancura. guiarte,com

Su estructura se configura por tres naves divididas en cinco tramos, un gran crucero, con tres tramos adicionales y dos naves laterales, y una cabecera rodeada por la girola, con dos capillas rectangulares y cinco hexagonales. La principal modificación respecto a las catedrales francesas está en las torres, que se hallan fuera de planta, lo que da a la fachada un carácter hispano, alejado de la verticalidad de los templos galos.

A diferencia con la gran mayoría de iglesias, el interés del monumento no radica en pinturas ni esculturas, sino en la obra en sí, el edificio en su totalidad. Tiene una estatuaria excepcional en sus portadas y en los sepulcros, algunos bellísimos, como los del obispo Martín el Zamorano y el del canónico Juan de Grajal; valiosas pinturas, como el retablo mayor, de Nicolás Francés, etc. Pero el templo hay que verlo como una unidad, como un todo.

El edificio responde a una ideología, basada en el Apocalipsis. Es la imagen de la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa ...que tenía la gloria de Dios. Su brillo era semejante a la piedra más preciosa, como la piedra de jaspe pulimentado…, según escribió San Juan. Hay que examinar la catedral con esta óptica: Su espiritualidad se basa en una armonía pitagórica. El número base es el tres y la superficie el triángulo equilátero: tres partes en su planta, tres fachadas, cada fachada tres puertas, la longitud tres veces la altura, la elevación de la nave central tres veces su ancho... A veces juega también con los múltiplos de tres.

     

El sueño de la razón

El triángulo equilátero se halla en las síntesis de los hastiales, en la línea que une las rosas de los ventanales o cada arco ojival, esbozados en tímpanos y arquivoltas...

En el exterior, en las jambas y arquivoltas aparecen los habitantes de esta ciudad celestial, expuestos para contemplación de los mortales.

En el interior, una luz tamizada por los mil colores de las vidrieras otorga densidad al ambiente y un colorido irreal a la piedra. En ésta catedral se ha conseguido la creación de un espacio interior espiritual. Se ha conseguido la paradoja de convertir la piedra, elemento rígido, frío, pesado, inmóvil, en algo cálido, flexible, liviano, etéreo. La pesadez del material se ha trocado en ligereza; la piedra no parece reposar en el suelo, sino ascender.

Despojada desde hace más de cien años de los añadidos barrocos y renacentistas, la catedral representa el triunfo del gótico. Caja España y el cabildo leonés organizaron en el centenario de la reapertura una magnífica exposición, comisariada por Ignacio González-Varas Ibáñez, en la que se estudiaron los trabajos llevados a cabo en el XIX. El título de la misma era expresivo: El sueño de la Razón.