Por Hendaya y las Landas


El escritor leonés Juan José Domínguez narra una pequeña excursión primaveral por el suroeste francés, por los territorios tranquilos de Las Landas.

Texto de Juan José Domínguez con fotografías de María Loriente López

Cuentaviajes Por Hendaya y las Landas

Relato de viaje a Por Hendaya y las Landas

Música y mar

El viajero se siente a gusto cruzando la frontera de España con Francia a su paso por Hendaya. Sabe que le esperan sorpresas agradables.

Le ilusiona pensar que en una hora de viaje llegará hasta las landas francesas, cuya costa aparece bordeada por dunas muy similares a las de cualquier desierto africano. El país de Napoleón también invita a soñar.

Pero hasta llegar a Moliets, que es nuestro destino, aún faltan por recorrer 85 kilómetros de color y variedad. El viajero aprovecha para tomar un café en una terraza de San Juan de Luz. “Bonjour” dice una amable y atenta camarera, mientras en el aire suena una canción que no entiende del todo, pero que, debido al susurro de las eses suaves de la lengua de Budelaire, va embriagando al visitante hasta el punto de quedar embobado. Estamos en el país del amor.

Mientras tanto, como por arte de un poder supremo, casi en columbra, a lo lejos el horizonte combado junta cielo y mar. Por un momento uno cree que vive un sueño.

     

Confit de canard

¡Cuánta hermosura! Al viajero le produce un inmenso placer quedarse prendado con el buen gusto y la belleza de las mujeres francesas, que, además de vestir de una manera exquisita...

...dejan tras de sí una estela de perfume suave y lleno de sutiles fragancias que a veces dan ganas de guardarlo en el bolsillo para siempre. Lástima que no se pueda.

Francia es pura sensualidad.

Llegamos a Biarrtiz. Elegante y señorial nos recuerda el siglo pasado y las poesías de Rimbaud. El colorido, la exquisita construcción de las casas, el blanco luminoso de luz, la sobriedad señorial de las casas del centro y las contraventanas de madera, la mayoría de color rojo o azul oscuro de los alrededores, embellecen la pequeña ciudad. Los cafés del centro nos recuerdan las películas de época. En fin, basta con dar un paseo junto a la playa para gozar con lo que tenemos delante.

En Biarritz el reloj marca ya la una de la tarde y merece la pena comer un “confit de canard” escuchando las olas del mar. El viajero pide una botella de Bordeaux. Y, de nuevo, suena en la terraza la misma canción que en San Juan de Luz. O sea, la gloria.

     

Moliets

El viajero quiere llegar puntual antes de las cinco a Moliets. Ha quedado a esa hora para dar un largo paseo a caballo.

El sol de media tarde calienta poco, pero resulta agradable. En todo el camino se ven circular a muchos ciclistas. Conviene conducir despacio. A ambos lados de la carretera se ven agricultores trabajando en el campo. La campiña francesa, de un color verde primavera, contrasta con el azul de los árboles y con el cielo diáfano y luminoso del suroeste francés. El clima benigno de abril, por estos lares, confirma que hay un microclima delicioso durante todo el año; las temperaturas permanecen más o menos estables y casi nunca alcanzan valores extremos.

Por esta zona, el campo, el mar y el tiempo son como la gente, amables, suaves y sin exageraciones.

Moliets es un pueblo pequeño, acogedor y tranquilo. Las casas parecen de chocolate. Como de cuento. A todas las rodea un florido jardín dándole colorido y buen olor. Da gusto pasear por el centro del pueblo, con calles estrechas y llenas de árboles que dan una sombra arborescente. De vez en cuando se oyen gorjeos de gorriones o de otros pájaros que al viajero le resultan menos conocidos. Moliets es pura naturaleza.

     

Laurence de Arabia

Empieza a refrescar un poco, no mucho, pero lo suficiente como para ponerse un jersey. El viajero ya ha apalabrado con una monitora el paseo a caballo por el bosque de Moliets y por la playa.

En total, dos horas y 10 kilómetros de paisaje por 40 euros.

El recorrido merece la pena: primero circulamos por senderos hasta que poco a poco nos adentramos en la espesura del bosque. La simpática monitora, que es española, me cuenta que en un paseo a caballo por el mismo sitio conoció al que hoy es su marido.

El viajero, que presta atención al romance francés de la chica, también presta atención cuando el caballo se pone a trotar. La falta de experiencia provoca que en alguna ocasión piense que va a caerse al suelo. El caballo se llama Hassan y es árabe. Y, es verdad, me parece un ejemplar muy hermoso.

Llegamos a la playa y de repente el mar duerme sobre kilómetros y kilómetros de arena. Una montañosa duna frena la batida del mar. Y aunque ya no hace calor, los rayos de sol penetran cálidos en la piel y molestan un poco en la cara y la cabeza.

El viajero se pone una especie de turbante; por un momento se cree Laurence de Arabia. El mar declama versos de espuma y estrofas de sal.

     

En busca de una canción

Cuando el viajero ha finalizado el paseo, nota que le duelen el trasero y las piernas por la falta de costumbre. Pero se siente relajado.

La monitora se despide y le recuerda que si quiere puede visitar por la zona un museo del mar, visitar castillos, hacer más rutas a caballos o comer en los poéticos restaurantes franceses confit de canard, el plato típico de ahí.

El viajero mientras dice adiós con la mano se monta en el coche y toma rumbo de nuevo a Hendaya, en busca de ...una canción.

C’est la vie.