Forna: entrada al mundo perdido

Una visita a uno de los lugares más recónditos de La Cabrera, una comarca leonesa de notable belleza natural y de gran interés por diversos aspectos, desde sus vestigios históricos hasta el arcaísmo de su construcción tradicional.

Un relato con textos de Tomás Alvarez y fotografía de Ignacio Muro

Cuentaviajes Forna: entrada al mundo perdido

Uno de los lugares más recónditos de La Cabrera, una comarca leonesa de notable belleza natural y de gran interés por su construcción tradicional y sus vestigios históricos.

Una ventana al ayer

Llegar a Forna es difícil. Hay que utilizar diversas -y no excelentes- carreteras secundarias y alcanzar el pueblo por una pista serpenteante y empinada, de algo más de tres kilómetros de recorrido.

Desde Forna a Ponferrada -30-kilómetros en línea recta- la ruta recomendada nos lleva por Puente de Domingo Flórez, con un recorrido de 91 kilómetros, que necesita casi dos horas. Si se accede desde La Bañeza, son 82 kilómetros; algo más de hora y media. ¡Pero vale la pena!

Forna es una ventana directa al ayer, una oportunidad única para entrar en contacto directo con la Edad Media. Si en un recorrido por urbes como Toledo o Segovia nos encontramos con los monumentos medievales, En Forna hallaremos otros. En Segovia -por ejemplo- veremos los monumentos que sirvieron de residencia o centro de oración a los obispos, magnates y burgueses. En Forna hallaremos, en la forma más pura que puede verse hoy en España, el humilde hábitat del campesino, del herrero, del molinero.

El caserío de Forna, en medio de una naturaleza vigorosa. Guiarte Copyright
Turistas de paseo por Forna, ante la vieja ermita. Imagen Guiarte Copyright

La belleza de lo humilde

El afortunado viajero que llega a Forna se encuentra de sopetón con la joya. Un mágico lugar, casi deshabitado, y rodeado de una vegetación casi selvática.

La arquitectura tradicional de Forna es una joya. Guiarte Copyright

A la entrada aparece una plaza alargada, inclinada, con el suelo de tono pizarroso y ocupada por unos magníficos ejemplares de árboles. A un lago está la ermita, humilde pero llena de dignidad; al otro, una balaustrada nos protege del precipicio, y nos permite el gozo inenarrable de contemplar el pueblo, casi deshabitado, que se escurre ladera abajo como un lagarto, con escamas pizarra, y rodeado por una vegetación casi selvática, de la que llegan los trinos de los ruiseñores.

Es una visión que lo dice todo. Apoyado en el balaustre, el viajero se da cuenta, inmediatamente, de que emprender el viaje ha sido una feliz idea.

Las viejas casas van quedando abandonadas. Pero tienen una belleza singular. Guiarte Copyright

Conservar el pasado

El alcalde del lugar, Ramiro, enamorado de su tierra, dejó su empleo en Bélgica para asentarse en el paraíso que es Forna.

Él, de la mano de la antropóloga Concha Casado, está llevando a cabo una importante labor de mejora y conservación, respetando los valores del territorio.

Poco a poco se arregla la ermita, se recuperan los tejados de las minúsculas casas, para mantenerlas en pie; se puso en funcionamiento el antiguo molino, en un paraje al que llega el agua saltando entre pequeñas cascadas pizarrosas...

No hay guías, ni folletos, ni letreros explicativos. Pero el paseante no los necesita. Porque ve perfectamente lo que era un pueblo cabreirés de hace siglos; Porque, aunque vacías en su mayor parte, perduran en buen estado las casas campesinas; porque en algún soportal aun puede contemplar el descanso eterno del arcaico carro chillón, y porque si accede al interior de estas casas, puede intuir el pálpito de vida de hace milenios.

Imagen de una vieja casa campesina de Forna. Guiarte Copyright
Estatua de la Trinidad en la ermita de Forna. Guiarte Copyright

El interior de una reliquia

El interior de esta vieja vivienda de Forna es de una superficie mínima. La dura pizarra de la pared exterior esconde un interior pequeño, divido en tres ámbitos.

Detalle de la cocina de la vieja casa cabreiresa. Guiarte Copyright

El suelo es -simplemente- una sucesión de lajas de pizarra asentadas sobre la madera; las divisiones internas están hechas con una técnica primitiva: una cañiza de varas, revocada con barro rojo.

En lo que fue la cocina aún queda un pote colgado de la vigas, en el que se hacía la comida, sobre un fuego que ardía en medio de la estancia. Y ante la ventana, reina una especie de lavabo, tallado toscamente en pizarra, con una abertura por la que salía hacia la calle el agua de la limpieza.

Ramiro vivió allí. Recuerda que cuando nació su hermana tuvo que dejar de dormir en la cama de sus padres para acostarse en el duro suelo... hasta que se marchó a Bélgica, de donde regresó cargado de amor a la tierra, en la que ahora mantiene un centro de vivienda rural magníficamente construido.

Para aprovechar la visita

Villar del Monte es otro lugar de una arquitectura rural primitiva. Los pajares, al lado del castro están vinculados directamente con las tipologías constructivas de la época romana.

Gines Liébana, el viejo gaitero cabreirés de Corporales. Guiarte Copyright

Algunos probablemente tengan ese origen. Luego hay una bellísimas casas de corredor, y elementos para la alegría y la tristeza: Para la alegría, la reconstrucción de la casa sacerdotal que ha emprendido un musicólogo inglés, y la de otra bella casa que rehace otra mujer amante de las tradiciones. Para tristeza, el afán de los locales por llenar de cemento el suelo de los caminos.

En Enciendo, cabe visitar el pequeño museo de La Cabrera. En él se conocerá un poco más sobre esta zona tan bella como apartada y desconocida.

En materia de hostelería, recomendable el caldo cabrerirés (variante del caldo gallego) que hacen el El Sabugo, un restaurante sencillo de Quintanilla de Losada, donde también se guisa una buena ternera. Para alojarse el centro rural de Forna, un hotelito de Quintanilla de Losada o los de Astorga, La Bañeza o Ponferrada... pero éstos ya son de otro mundo.

Casa de Villar del Monte con una extraordinaria chimenea de estilo pagoda. Guiarte Copyright