Cuentaviajes: Cracovia para pensar

Cracovia, Kracow, es una importante ciudad del sur de Polonia, con cerca de un millón de habitantes, cuyo interés queda reflejado por su inclusión en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, en 1768.

Alfredo Alvarez, profesor y escritor, que recientemente presentó un libro en aquella ciudad, nos da su visión de la ciudad y su amor a la cultura.

Cuentaviajes Cuentaviajes: Cracovia para pensar

Cracovia, Kracow, una importante ciudad del sur de Polonia, cuyo interés queda reflejado por su inclusión en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, en 1768.

Llegar a Cracovia

Llegar a esta ciudad polaca hacia las 12 de la mañana un día cualquiera de octubre parece de lo más normal del mundo...

Iglesia de Mariacki. Imagen de Artur Żyrkowski, Municipality of Krakow, City Promotion and Marketing Office

Ir a presentar una de mis novelas -Las dos vidas de Isabel Tascón-, con los debidos respetos, tiene ciertos tintes exóticos, sobre todo si comparamos la bruma del Cantábrico (mar de referencia para un leonés como el que suscribe) con la grisura cercana del Báltico. Encontrar españoles -en este caso los profesores del Instituto Cervantes con su director, Abel Murcia, a la cabeza- no es sin embargo, una etapa más de la visita. Es el comienzo.

La primera sorpresa. ¿Qué hacen estos compatriotas en una parte del mundo en la que no hay sol abrasador, ni tapas, ni tertulias en las radios, ni jamón…?

Segunda sorpresa: tienen todo el aspecto de los hombres y mujeres felices; no reniegan de nada, no se quejan, dan la impresión de encontrarse en un lugar querido. ¿Es posible que hayan quedado impregnados de esa resignación eslava de la que me hablan en Varsovia otros españoles? No. Es algo más, un viaje diferente por la vida.

Spielberg y Polanski

Grandes figuras han dejado su impronta en Cracovia, figuras como Steven Spielberg o Roman Polanski parecen amar esta fria tierra.

El Vístula, el río que baña Cracovia. Imagen de Artur Żyrkowski, Municipality of Krakow, City Promotion and Marketing Office

Fernando López Murcia acaba de llegar de Damasco hace un mes, para hacerse cargo de la jefatura de estudios del Cervantes y ya se entiende en polaco con los camareros del restaurante donde comemos. Otro más, me digo, que va a quedar atrapado por este país, por esta ciudad, por este ambiente a medio camino entre las calles de Florencia y la Plaza Mayor de Madrid.

Os he reservado una habitación en un hotel del viejo barrio judío; por fuera es un edificio vetusto; verás como os gusta.

Eso me había asegurado Abel Murcia en un correo electrónico pocos días antes. Hotel Klezmer-Hois, reza en el frente de un edificio, efectivamente, de aspecto antiguo y noble, en cuyo restaurante, compuesto por cinco o seis mesas con tapetes de puntilla a modo de mantel, cuatro personas charlan animadamente en un tono imperceptible si no te acercas a menos de cuarenta centímetros.

En las paredes cuelgan fotos de quien se supone su dueño -un hombre mayor, calvo y de enormes patillas blancas- con diferentes personajes. Me sorprende una de ellas, en la que sonríe al lado de Steven Spielberg y otra en la que aparece con Roman Polanski. ¿Qué se les habrá perdido a los dos directores de cine por estos pagos?, me pregunto mientras subo a la habitación, cuyo aspecto me transporta de pronto a uno de esos escenarios de película sobre la Segunda Guerra Mundial, pero con muebles verdaderos, cama de hierro forjado, armario de nogal, antecámara, un gran balcón…

La trompeta

Cracovia, me digo para mis adentros, lo que sabía de ella era que allí fue donde Juan Pablo II ejerció de arzobispo. Y poco más.

Torre Ratuszowa, en medio de la Plaza del Mercado. Imagen de Artur Żyrkowski, Municipality of Krakow, City Promotion and Marketing Office

Salgo a caminarla con Magdalena, mi mujer y quien más detalles retiene en cualquiera de las visitas que hacemos.

En la Plaza del Mercado oigo una trompeta que alguien parece tocar desde una de las torres de la Iglesia de Santa María. Es la una. La hora la da un bombero que sube a la torre una vez cada sesenta minutos exclusivamente para pregonar a los cuatro vientos la marcha inexorable del día.

Una plaza cuadrada alberga cientos de personas yendo y viniendo de un lado a otro, haciendo fotos, vendiendo flores, objetos de artesanía; bullicio, mucho bullicio, como nos gusta a los latinos.

Historia... historias

La plaza, el claustro de la Universidad Jagellónica, el Castillo de Wawel y la catedral de San Wenceslao y San Estanislao son algunos de los puntos de mayor interés en Cracovia.

Detalle de la Catedral, ubicada sobre la colina de Wawel. Imagen de Artur Żyrkowski, Municipality of Krakow, City Promotion and Marketing Office

Por la noche, tras la presentación de mi novela en la librería Élite -un hermoso reducto de la cultura española- sabré, por boca de Abel Murcia, que sólo he visto la mitad de la plaza, ya que contiene en el centro el edificio del mercado artesanal y confunde al visitante no avisado. "Es la más grande de Europa", nos cuenta nuestro experto cicerone. No lo pongo en duda ni por un momento.

Tenéis que ver el claustro de la Universidad Jagellónica, fundada por Casimiro III en 1364, (visita a la que finalmente él mismo nos acompaña); y no os perdáis el Castillo de Wawel con la Catedral de San Wenceslao y San Estanislao. Frente al pórtico, una enorme estatua de Juan Pablo II muestra, por los ramos de flores a su alrededor, que la ciudad -y toda Polonia- tienen su héroe indiscutible.

Al día siguiente, visita del barrio judío de Pozgorze, uno de los cinco grandes guetos creados por los nazis en el Gobierno General, durante su ocupación de Polonia en la Segunda Guerra Mundial. En este espacio se rodó La lista de Schindler, pero no por casualidad, sino porque ahí mismo se encuentra la fábrica de esmaltes, el propio despacho de Oskar Schindler, los decorados reales del horror. Observándolo -que no admirándolo- comprendo al momento la foto de Spielberg con el viejo dueño del hotel Klezmer-Hois, la de Polanski -uno de los supervivientes del gueto- y me doy cuenta de que Cracovia se encuentra a tan sólo setenta kilómetros de Auschwitz.

Camino a Varsovia

Ya por la noche, en el Intercity camino de Varsovia, no dejo de pensar en todo lo que he visto y conocido...

El autor, con Magdalena, en la Universidad de Cracovia.

Piedras viejas y respetables, callejuelas empedradas, gente en los restaurantes comiendo y charlando animadamente, arte, ilusión, la joven Ewa Malec con su librería española, Abel, Fernando, los profesores de español transmitiendo nuestra forma de ver el mundo, la colina Wawel, las iglesias, el claustro de la Universidad…, los pequeños escaparates cuidados, la amabilidad extraordinaria de los polacos, su historia tan dura.

La próxima vez, me digo, el viaje no será sólo de veinticuatro horas, Cracovia necesita -y merece- la reflexión de lo hondo, la caricia del tiempo, el caminar pausado con el móvil apagado, la vista de todos los horizontes posibles.