Las Cataratas de Niágara

Niágara es una palabra iroquesa que equivale a trueno de agua, y que designa las mayores cataratas de América del Norte.

Un viaje a este mítico espacio, de la mano de Miguel Moreno Gallo.

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Niágara es una palabra iroquesa que equivale a trueno de agua, y que designa las mayores cataratas de América del Norte.

Las cataratas... y el hombre

Cuando se oye la palabra catarata, el cerebro se imagina un paraje grandioso, un paisaje abrupto, de difícil acceso, solitario, salvaje.

Desde el restaurante se pueden ver las espectaculares cataratas. Imagen de Miguel Moreno. Guiarte.com

Sin embargo, quien se vaya a acercar a Niágara ha de saber que las cataratas están a pie de calle, que se las puede contemplar -iluminadas-mientras se cena en un restaurante de lujo, y que los barcos llegan cargados de turistas con chubasquero azul hasta la espuma del rompiente, a 52 metros del lago superior.

No hay que engañarse: las cataratas de Niágara son hermosas, vistosas, salvajes, pero han recibido el abrazo del oso, es decir, del hombre moderno.

Para empezar: la mitad del caudal del río ha sido desviado a enormes tuberías para generar electricidad, una parte para Estados Unidos y la otra para Canadá. Luego está el turismo, que llega en masa desde Nueva York, desde cualquier otra ciudad populosa norteamericana (Washington, Boston), o desde Toronto, que está a un par de horas de camino.

Dos países

Las cataratas de Niágara están en la frontera de Estados Unidos con su vecino del norte, pero se contemplan infinitamente mejor desde Canadá.

Las construcciones del lado canadiense se han acercado peligrosamente a las cataratas. Imagen de Miguel Moreno. Guiarte.com

Así que allí, en el lado canadiense, se han construido enormes hoteles, torres con antenas, casinos, espectáculos variados a pie de calle. El conjunto es entre Naif y Kitch. Los jardines están cuidadísimos, una monada, y las casas de los habitantes del lugar parecen sacadas de una película. Los hoteles son mastodónticos, dominando y empequeñeciendo las cataratas. Hay atracciones turísticas, que en España llamaríamos barracas de feria (pero en fino, eso sí) a lo largo de las calles. Los niños comen algodón dulce, mientras los mayores se atiborran de hamburguesas con mahonesa y de patatas fritas con toda clase de salsas pringosas. Los novios se fotografían con los arces y los viejos se sientan en los bancos de piedra.

Todo es muy tranquilo, seguro, occidental; aunque los visitantes, tan variados, parecen salidos del Arca de Noé.

Turistas... y chiflados

Para ver con detenimiento las cataratas de Niágara se puede acceder a pie hasta el mismo borde del salto de agua, tanto por la parte canadiense como por la americana. Incluso se han construido pasarelas que permiten asomarse al vacío.

Niágara se convierte por la noche en un parque de atracciones. Imagen de Miguel Moreno. Guiarte.com

En verano hay un trasiego de barcos que se acercan al pie de la catarata. La espuma baña a los turistas, todos vestidos con plásticos de colorines. En invierno, cuando el frío no anima a mojarse, la cascada puede verse desde el interior a través de unos túneles.

Niágara suele asociarse al grupo de chiflados que han decidido en el último siglo saltar dentro de toneles más o menos sofisticados. Unos lo hicieron con intención de suicidarse y, que se sepa, lo consiguieron siempre. Otros buscaban la gloria, y por lo general salieron con los pies por delante, o magullados. La primera mujer que lo consiguió, en 1901, lo hizo al parecer para saldar una deuda bancaria. Pocos más han sobrevivido.

Recientemente ha habido varios aventureros que han quebrantado la prohibición del parque y han intentado ser los primeros en bajar en canoa o en moto de agua. De momento han sido los primeros en morir mientras caían con sus artefactos.

El transbordador

Merece la pena hacer un recorrido aguas abajo del río Niágara para conocer el trasbordador "spanish aerocar" de Leonardo Torres Quevedo.

El ingenio de Torres Quevedo aún funciona un siglo después. Imagen de Miguel Moreno. Guiarte.com

A comienzos del siglo XX, el tal Leonardo organizó un tinglado de cables y cabinas para desplazarse por encima de un remolino de agua que se encuentra dentro del cañón del río. Todavía funciona el ingenio, para orgullo de los compatriotas que sufrimos en España el país de las chapuzas.

Muy cerca está el parque botánico, un ejemplo de cuidado extremo, de gusto por la conservación y la variedad de los árboles.

El otoño es la mejor época, sin duda, cuando los arces se visten de rojo, el resto de los árboles de hoja caduca varían del ocre al amarillo, y los pinos permanecen verdes, a la espera de las abundantes nieves.

Tampoco está mal la visita en verano, cuando las flores abundan. El clima lluvioso, con un corto periodo estival caluroso, permite una explosión de la naturaleza que ha sido controlada con mimo en este jardín botánico.

En resumen, a Niágara hay que ir para ver la naturaleza, pero sería conveniente llevar unas anteojeras, como las de los burros, para no contemplar lo que otros animales han hecho alrededor.

Los barcos recorren la parte inferior de las cataratas. Imagen de Miguel Moreno. Guiarte.com