Barbanza: Piedras y silencio

“Sentada sobre una de las rocas que configuran la península de Baroña, con la cara orientada a occidente, con la vista fija en el sol, aguardando el magnífico atardecer que cada día nos regala este paisaje, como en ofrenda religiosa, el alma se dispone a ensancharse, los sentidos respiran más vivos y el espíritu reclama silencio”.

Lola Salinas, socióloga, mujer con gran sensibilidad hacia la naturaleza y el arte, plantea un recorrido por la Península del Barbanza, donde convive una bella naturaleza con los restos de las culturas megalíticas y castreñas.

Cuentaviajes Barbanza: Piedras y silencio

Relato de viaje a Barbanza: Piedras y silencio

Fusión de roca y mar

Situada en la provincia gallega de A Coruña, al noroeste de la península Ibérica, la cordillera del monte Barbanza es la espina dorsal de un extenso territorio de 410 kilómetros cuadrados.

Las dos vertientes configuran, a ambos lados de su inmenso lomo, suaves declives salpicados de roca granítica y bosque que terminan en dulces valles, arenales o acantilados que se adentran en el Atlántico en una longitud de aproximadamente 34 kms., perfilando en su orilla norte las costas de la ría de Muros y Noia y la ría de Arosa al sur. (http://ige.xunta.es/conselle/ot/castellano/d1_c.htm)

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A lo largo de su territorio, podemos disfrutar de un paisaje natural de gran belleza en el que se suceden kilómetros de playas de fina arena blanca, con un inmenso valor ecológico (Xuño, Espiñeirido, Das Furnas, Rio Sieira, Corrubedo, etc.), junto con ecosistemas de flora y fauna autóctona, algunos de los cuales han sido incorporados al patrimonio natural protegido (Parque natural de Corrubedo, Lagoas de Carregal, Vixán, Xuño y San Pedro de Muros, etc.)

Desde miradores naturales se puede gozar de gran parte de la belleza del territorio. Así en el Pico de la Curota en lo alto del Monte Barbanza o desde el Miradoiro de Castrocidá en Riveira. (http://www.galiciaonline.es/coruna/corrubedo.htm)

     

Bullicio y arqueología

El bullicio que se vive en los puertos pesqueros de la zona (Aguiño, Riveira, Pobra do Caramiñal, Palmeira, Portosín, Porto do Son, Boiro, etc).

En sus lonjas y sus mercados, unido al gran desarrollo urbanístico, y lamentablemente caótico, que han generado a su alrededor en los últimos 40 años, nos da una idea de la primera fuente de ingresos para la economía de la zona.

Paisaje abrupto de la sierra de O Barbanza. Imagen de Turgalicia.

En menor escala, el desarrollo económico de la zona también queda reflejado en la explotación agrícola de las tierras del valle, situadas generalmente al abrigo de los vientos salinos del Atlántico, en donde podemos observar numerosas plantaciones de maíz, campos de viñedos, y huertos con dimensiones de explotación familiar.

El sector turístico se nutre en su mayor parte del éxodo vacacional y de fines de semana constituido por la población de ciudades grandes como A Coruña, El Ferrol, Vigo, Pontevedra y Santiago y otras poblaciones del interior de Galicia y, en menor medida, del turismo del resto de España y extranjeros en busca de descanso y un clima cálido. Motivada en gran parte por la regularidad de estos moradores ocasionales, se ha desarrollado una oferta gastronómica muy consolidada y de gran calidad.

Despertando nuestra curiosidad por ecos de otro tiempo, estas tierras atlánticas nos sorprenden con la existencia de numerosos monumentos e inscripciones de arte rupestre que parecen encerrar una sólida voluntad de trascender, dotando al entorno natural de una dimensión cultural.

Esta herencia arqueológica, no suficientemente explorada, puede verse ampliada en los próximos años de proseguir el ritmo de prospección y excavación activado en la última década a raíz de las transferencias a la Xunta en materia de Patrimonio.

Asímismo, los conocimientos que nuevos hallazgos pueden aportar en los próximos años, quizá arrojaran luz sobre muchos aspectos de interpretación de esas culturas que todavía se mueven en el terreno de las hipótesis. En algunos casos, la singularidad e importancia de algunas localizaciones y asentamientos humanos (Castro de Baroña, Petroglifos de Porto do Son, Dolmen de Axeitos) ha convertido estos lugares en visita obligada motivada por su interés arqueológico, cultural y artístico, lo que repercute de una forma muy positiva en el entorno económico del área.(http://www.galiciaonline.es/arqueologia.htm)

     

Un pasado, presente

Los restos arqueológicos más antiguos que se conocen en la zona y que hayan sido contrastados (hay alguna cueva del Paleolítico sin confirmar) corresponden al periodo Neolítico.

Periodo en el que las condiciones climáticas del continente europeo y la orografía local permitieron asentamientos menos trashumantes y más estables en la península Ibérica, coincidiendo con el inicio de la metalurgia.

El magnífico castro de Baroña. Imagen de Turgalicia.

En esta etapa tuvo lugar la cuna de la cultura Megalítica que posteriormente se desarrollaría y extendería por todo el mundo, de la que hay notables muestras en la península del Barbanza en forma de dólmenes, menhires o corredores.

Sobreviviendo al paso de por lo menos 4000 años de erosión natural y humana, todavía hoy podemos contemplar monumentos Megalíticos en excelente estado de conservación, como el Dolmen de Axeitos, en la parroquia de Oleiros. La función aparentemente funeraria de este tipo de construcción religiosa, también llamada mamoa, se cree que daba continuidad a la costumbre neolítica de enterrar a los muertos en las cuevas y parece que estaba destinada a personajes importantes. http://usuarios.lycos.es/amandoysuso/dolmenes.htm

El dolmen de Axeitos, conocido como Pedra do Mouro, es un claro ejemplo de monumento megalítico, de gran belleza estética. Originalmente estaba cubierto de tierra, lo que le proporcionaba aspecto de cueva, a la que se accedía por medio de un pasillo o corredor orientado hacia el este. Una gran laja de piedra de forma ovalada e irregular corona, en posición horizontal, un círculo de ocho piedras dispuestas verticalmente, formando una base poligonal cuyo diámetro es más amplio que el de su vértice superior.

La de Axeitos es una de las primeras mamoas localizaciones en la zona.

En una zona cercana al dolmen de Axeitos se encuentra uno de los últimos hallazgos del megalítico en el Barbanza: el menhir de Pedrafita de Cristal, situado en el municipio de Riveira se localizó a mediados de los 90 en una finca particular, enterrado a dos metros de profundidad.

Tiene la particularidad de tener grabadas unas cazoletas, hecho poco común en los descubiertos en este área.

El paraje de Chans do Iroite, en el municipio de Boiro, en la parte central de la península del Barbanza, es una de las localidades gallegas con mayor densidad de megalitos.

Entre ellos destaca el dolmen llamado "Arca do Barbanza" por ser el de mayores dimensiones de esta zona. Casota do páramo, Casarota do Fusiño, Pedra da Xesta y A Cavada son dólmenes que se encuentran en este mismo enclave.

En el municipio de Noia, al norte de la península del Barbanza se halla el dolmen de Cova da Moura, conocido también con el nombre de Dolmen de Argalo. No se conserva como los anteriores, sin embargo en las excavaciones realizadas en él se localizaron varios objetos de interés arqueológico indudable: un ídolo, varias puntas de flecha, dos hachas, un cuchillo de sílex y restos cerámicos que han permitido ampliar nuestro conocimiento de la cultura Megalítica.

La península del Barbanza es un área de extraordinario interés para el estudio de este tipo de monumentos y la cultura en la que se inscriben.

     

Mensajes en las rocas

En la última etapa de la cultura Megalítica aparece y se desarrolla extensamente el arte de grabar sobre las rocas graníticas al aire libre, lo que hoy denominamos petroglifos.

Para hacernos una idea general de la presencia de arte rupestre en la zona, recordemos que ya han sido catalogados unos 99 petroglifos, con una densidad media de un petroglifo cada 4,1 kilómetros cuadrados, aunque en Porto do Son es de uno cada 1,6 kilómetros y en Lousame es de 1 cada 46,5 kilómetros cuadrados (Guitián, J., Guitián, X, 2001).

Los estudiosos del tema han distinguido y catalogado los diferentes motivos que aparecen grabados en los petroglifos, diferenciando entre aquellos que tienen un referente desconocido, es decir aquellos que no representan una forma de objetos o figuras identificables en el mundo material; y los de referente conocido en los que se pueden distinguir figuras identificables en el mundo material (Guitián, J., Guitián, X, 2001).

En ambos casos podían tener un carácter simbólico, haciendo referencia a conceptos abstractos o ideas en un código adoptado convencionalmente por toda esa cultura, ya que se encuentra el mismo tipo de motivos en todos los petroglifos encontrados hasta el momento. Entre los motivos más comunes se hallan las representaciones de círculos concéntricos, las figuras zoomorfas y las antropomorfas.

No se puede saber con absoluta seguridad el significado original que los autores de estos grabados dieron a sus obras, debido a que no podemos pensar que utilizamos los mismos códigos o sistemas de asociaciones que compartían los hombres del megalítico para representar un concepto o una idea.

Incluso aceptando que determinados motivos, como un ciervo, se corresponden con la imagen del animal, y no con un concepto abstracto que el animal representa (se cree que en muchos casos pudiera representar la muerte), no sabemos con certeza cual fue la intención del grabador al utilizar esa figura, ni por qué eligió esa piedra y ese lugar y si tenían ambas elecciones un objetivo concreto o no.

Desconocemos una parte importante de su significado aunque sepamos describir los datos más obvios e identifiquemos el referente inmediato. Por lo tanto, parece que, hasta no tener más información sobre determinados rasgos y convenciones de la cultura que compartían estas sociedades, no se podrá realizar un análisis más profundo sobre el verdadero significado e intencionalidad de los petroglifos.

La mayoría de los petroglifos están situados en áreas próximas a los ríos o cercanas a la costa y aparecen en la superficie de rocas graníticas de grandes dimensiones que se encuentran en las laderas de declives montañosos y en su mayoría tienen bastante visibilidad, aunque hay muchas variaciones.

     

Los castros

Parece aceptado que existió una cultura castrense, que compartía rasgos propios de identidad en sus construcciones, arte, religión y organización social.

La cultura castrense se muestra, a través de los restos arqueológicos estudiados, como una síntesis de la cultura indígena y la incorporación de elementos de culturas centroeuropeas, como por ejemplo la lengua de raíz céltica. Sin embargo, es también aceptado, por la gran mayoría de investigadores, que no se puede hablar de una cultura celta, propiamente dicha, en Galicia.

Los castros son asentamientos humanos formados generalmente por un conjunto de edificaciones de piedra con base circular, protegidas por varias murallas, también de piedra, y fosos, situados en zonas altas, fáciles de proteger. Se localizan tanto en el interior como en la costa y su origen data de los siglos VI o V antes de Cristo.

La cultura castrense se desarrolló hasta el siglo II d.C, e incluso posteriormente, constituyendo parte de lo que se denomina Cultura Galaico-romana.

En la península del Barbanza, se ha localizado un total de 37 castros catalogados. Entre los que se han realizado trabajos arqueológicos se hallan el de Baroña, Enxa y el de Nadelas. Los de Túme, San Lois o As Pardiñas, todavía no han sido objeto de excavaciones.

En la parroquia de Baroña, dentro del concello de Porto do Son, podemos encontrar uno de los conjuntos arqueológicos más paradigmáticos de la cultura castrense marítima en Galicia.

El castro de Baroña es un asentamiento localizado en una península unida a tierra por un istmo de arena y roca, en un enclave con indudable conveniencia estratégica ya que domina la entrada sur a la ría de Muros y Noia y puede ser divisado desde cualquier orientación. (http://teleline.terra.es/personal/arealo/inicio_castro.htm)

Por los restos arqueológicos hallados en los "concheiros", pequeños yacimientos de deshecho, podemos saber que la alimentación principal de sus habitantes era marisco, moluscos y también algún animal vertebrado.

Asímismo, se han encontrado anzuelos y otros objetos de pesca que indicaban actividad marinera, aunque no hay restos que indiquen la presencia de embarcaciones, lo cual no significa que no utilizaran embarcaciones fabricadas con pieles.

También aparecieron molinos, lo que demuestra que consumían cereales molidos, aunque el desarrollo agrícola debía ser muy limitado. La aparición de huesos, indica que se dedicaban sobre todo a la recolección de frutos silvestres.

El castro de Baroña dispone de un horno para fundir, situado fuera del recinto amurallado, en el que se trabajaría el bronce, el oro y el hierro, estos últimos en menor cantidad. Elaboraban objetos de orfebrería y trabajaban, así mismo, la cerámica, realizando actividades comerciales con ella. Sin embargo, no se han encontrado objetos de valor en estos yacimientos debido a que se cree que sus habitantes abandonaron el castro para trasladarse quizás a una zona con tierras de labor en la vecina Orelán o Queiruga.

Apenas hay restos de enterramientos ni de motivos religiosos, por lo que se sospecha que incineraban a sus muertos. Parece que eran politeístas pero no se cree que dieran especial importancia a la religión, siendo los elementos naturales como la tierra, el sol, el mar etc. sus símbolos de adoración.

     

El espíritu reclama silencio

Sentada sobre una de las rocas que configuran la península de Baroña, con la cara orientada a occidente, con la vista fija en el sol, aguardando el magnífico atardecer que cada día nos regala este paisaje...

...como en ofrenda religiosa, el alma se dispone a ensancharse, los sentidos respiran más vivos y el espíritu reclama silencio.

Admiro ese gigante redondel naranja que parece diluirse en la línea del horizonte y me olvido de todas las leyes físicas cuyos enunciados explican los fenómenos de la naturaleza, se impone la fantasía y presencio la magia de un misterio. En ese estado, que tiene que ver más con la intuición del arte que con racionalidad de la ciencia, es fácil preguntarse lo que esa misma imagen, inalterable después de miles de años, provocaría en los sentidos y la imaginación de los primeros habitantes de ese mismo lugar.

Ese nexo de unión que imagino: la coincidencia de la emoción de poder sentir y ver la belleza que nos ofrece la naturaleza y el mundo simbólico construido alrededor, es una invisible y fina cadena de orfebrería cultural que va añadiendo eslabones minúsculos a medida que vamos reconstruyendo la historia de nuestras sucesivas culturas.

La necesidad de comprender y hacer comprender el patrimonio cultural que nos ha sido legado puede justificar el acto de catalogar, demarcar y etiquetar etapas harto difíciles de delimitar en periodos de tiempo concretos y características únicas.

La sensación que uno tiene en presencia de los restos de otras culturas pretéritas es que la línea divisoria no existe, parece, o uno se hace la ilusión de creer que el sustrato simbólico que motivaba determinadas expresiones artísticas y arquitectónicas se mantiene en el presente y sólo podemos hablar de un proceso de complejización y de ampliación del referente simbólico.

Lola Salinas