El otoño sin rey


En el mismo centro de la Península Ibérica se halla el Real Sitio de Aranjuez. Allí, el otoño está cargado de evocaciones y recuerdos que nos llevan muy lejos.

Este es el lugar donde se halla el palacio real que antaño utilizaban los reyes hispanos durante la primavera... aún cuando el mayor encanto de Aranjuez llega con el otoño.

Una visión del Real Sitio de Aranjuez en el tramo otoñal, realizado para guiarte.com por Artemio Artigas .

Cuentaviajes El otoño sin rey

Relato de viaje a El otoño sin rey

La emoción del paisaje

Pintores, poetas y músicos han captado la emoción de los paisajes, el rumor de las fuentes y la placidez de las aguas del Tajo, sobre las que se reflejan bosques y construcciones reales...

... un idílico enclave de la Península Ibérica que fue declarado por la UNESCO, en 2001, como Patrimonio de la Humanidad.

El Sitio de primavera de los Borbones resulta especialmente evocador en los días de otoño, cuando cae la hojarasca amarillenta sobre los paseos, y el viento trae rumores que hablan de un pasado lejano, un mundo de arte, lujo, poesía y amores furtivos.

     

Los palacios reales

En la antigüedad, muchos monarcas europeos habitaban a lo largo de su reinado en diferentes palacios y ciudades de la Corona, atendiendo sus labores de gobierno o encabezando las guerras.

Los Reyes Católicos, en España, tuvieron su sede en lugares como Burgos, Toledo, Sevilla, Segovia… Incluso crearon una nueva ciudad, Santa Fe, donde se asentaron hasta que finalizó la guerra de Granada. Poco después de terminada ésta, cuando Colón volvió de América, los monarcas recibieron al marino en el salón del Tinell, del palacio real de Barcelona.

En total, los Reyes Católicos tuvieron –según algunos historiadores- 65 residencias reales. Para un rey del medievo era fácil moverse con su “curia regia” y su equipo de personal de servicio. Pero a partir del siglo XVI, con la consolidación de los estados modernos, en torno a los reyes creció una corte y un funcionariado cada vez más amplio. Los palacios reales de antaño se quedaron en poca cosa para una corte inmensa.

A partir de entonces, los reyes centraron su actividad en un número más reducido de palacios, también más amplios y ostentosos.

En el XVIII, siglo de La Ilustración, hubo en toda Europa una eclosión de la gran construcción del barroco y luego una mirada hacia los estilos clásicos de la antigüedad, pero en ambas fases proliferaron las grandes construcciones reales. A lo largo del siglo se redefinieron también las concepciones del espacio arquitectónico; se replantearon las perspectivas escenográficas de los edificios y se tomaron en consideración los elementos de gozo y diversión, dando gran protagonismo, por ejemplo, a los jardines.

     

Cuatro Reales Sitios

La dinastía borbónica, instalada en España en el XVIII, llevó ese impulso constructivo a Madrid.

Así fue rehecho el viejo Alcázar; a La Granja, en la sierra segoviana, y a Aranjuez, donde no sólo se rehizo lo construido anteriormente, sino que se planificó un enorme ensayo urbanístico que configuró una nueva ciudad.

Entonces, los reyes de España organizaban su vida sobre cuatro palacios. El verano lo pasaban en el de La Granja(Segovia), en un ambiente serrano y fresco; volvían en otoño hacia El Escorial, en la solana sur de la misma sierra y a unos cincuenta kilómetros de Madrid. El invierno lo pasaban en el gran alcázar-palacio de Madrid, y en primavera, pasada la Semana Santa, la familia real se iba a Aranjuez.

Los reyes estimaban el lugar de Aranjuez por su fertilidad y su clima, propicio para una floración temprana. Y en los campos floridos de la vega del Tajo dedicaba su tiempo al gobierno y al ocio; a pasear por los inmensos jardines, a presenciar corridas de toros, a escuchar música… y a cualquier otro divertimento humano.

Para servicio de los monarcas, existía la llamada “Flota del Tajo”, conjunto de embarcaciones de un lujoso barroquismo, que servía para los paseos fluviales, amenizados por músicos o cantantes de ópera. No faltaba en aquel decorado ni un pequeño fortín provisto de cañones, encargados de dar las salvas de honor ante el paso de los reales señores.

     

Palacios y jardines

En la Edad Media, los maestres de la orden de Santiago, propietaria de las tierras, ya tenían un palacio.

El cual fue engrandecido en tiempos de Felipe II, siglo XVI, siguiendo los trazos del arquitecto Juan Bautista de Toledo, y más tarde del propio Herrera, el artífice de El Escorial.

En el XVIII, la dinastía borbónica, implantada en España tras la Guerra de Sucesión, engrandeció el lugar; se amplió el palacio, especialmente con la intervención de Sabatini, quien dotó al edificio de dos alas que formaron un gran patio de armas.

Las intervenciones no sólo afectaron al palacio, sino que implicaron la construcción de otro pequeño edificio palaciego, la Real Casa del Labrador, de planta rectangular y con dos alas laterales, donde impera un gusto que mezcla neoclásico con barroco y profusión de elementos decorativos.

En el ámbito de Aranjuez hay que destacar la creación de una ciudad regia, con un urbanismo específico, grandes plazas y magníficos edificios y una estructura radial que hace confluir la vida de la urbe en el entorno de la residencia real.

Sin embargo, un elemento clave de todo el paisaje de Aranjuez es el de los jardines; jardines iniciados en el siglo XVI y que fueron creciendo a medida que se sucedían los monarcas, que trajeron a este lugar árboles de todo su imperio, y los hicieron cuidar por jardineros venidos de Flandes, Francia o sus reinos de Italia.      

Otoño en Aranjuez

Aranjuez fue un paraíso de tranquilidad y diversión; diversión austera para algunos, como el ilustrado Carlos III o menos ejemplar de otros monarcas, como su biznieta Isabel II, proclive a los amoríos furtivos.

Pero estos monarcas sólo venían a al lugar por primavera. Tal vez buscaron sólo la luz, la música, y un mar de juguete en el fértil valle que surca la árida meseta.

Tal vez los monarcas, dueños de un imperio que se extendía por los distintos océanos, nunca quisieron contemplar la luz de otoño en su pequeño paraíso, para evitar que los jardines marchitos y el piélago de bosques amarillos arrojasen sobre ellos un presagio pesimista; para impedir que en su mente surgieran emociones tristes de ocaso y melancolía; como las que reflejó algún día Juan Ramón Jiménez:

Los jardines se mueren de frío;
en sus largos caminos desiertos
no hay rosales cubiertos de rosas,
No hay sonrisas, suspiros ni besos.

Pero el otoño de Aranjuez no debe verse como un destino inexorable y triste; porque el Arte permanece, rodeado de una naturaleza que se halla en el inicio de un breve sueño; casi en el preludio de otra dorada aurora.

El otoño de Aranjuez está cargado de evocaciones y rumores que nos llevan muy lejos. El embarcadero, con sus viejas garitas, solitario e inútil, confundido en el lindero del bosque y cubierto de hojarasca tal vez nos traiga recuerdos de las lejanas ruinas de las ciudades guaraníes; Y los silbos del viento parecen aportar rumores de arpa o de canciones desgranadas hace siglos por algún tenor, desde una falúa recubierta de oro y deslizada sobre las aguas del Tajo.

En Aranjuez, los jardines atenazan la historia y nos hablan de placeres y amores; las enramadas amarillentas huelen a besos furtivos, y de detrás de la fuente de Apolo parecen surgir quejidos amorosos de una apasionada reina, entregada ardorosamente a un altivo oficial de la guardia.

Las fotografías de este cuentaviajes han sido realizadas todas para guiarte.com, en el interior del Jardín del Príncipe, de Aranjuez