Arquitectura, paisaje y destrucción

Por Julio Llamazares

Un viaje por la provincia de León - por no decir por España entera - bastará para darse cuenta de hasta qué punto se ha destruido y desfigurado a la mayoría de nuestros pueblos. Constructores, particulares y la Administración parecen haberse puesto de acuerdo para este saqueo.

Es una crónica de Julio Llamazares, con fotografías de Raquel Alvarez, hechas en Villar del Monte, en el territorio leonés de La Cabrera, donde aún pervive, en gravísimo peligro, una arquitectura directamente emperanteda con la época astur.

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Relato de viaje a Arquitectura, paisaje y destrucción

La destrucción del paisaje

El verano pasado, el director de cine Montxo Armendáriz recorrió la provincia de León en busca de escenarios naturales para la película que estaba preparando entonces: Silencio roto.

Buscaba, principalmente, una aldea situada entre montañas que conservara aún cierto aroma y el aspecto de la época en la que aquélla se desarrolla: la época de los maquis. Tras recorrer la provincia entera, la conclusión de Montxo Armendáriz no pudo ser más demoledora: en León, es prácticamente imposible rodar en escenarios naturales una película que se sitúe más allá de los setenta.

Pajar en Villar del Monte. Imagen de Raquel Alvarez. guiarte. Copyright

La afirmación de Moncho Armendáriz, que compartimos, incide en una cuestión que se viene produciendo hace ya tiempo, pero que, desgraciadamente, nadie hace nada por evitar: el destrozo paisajístico, arquitectónico y urbanístico de la mayor parte de nuestros pueblos. Un destrozo general, común al de las ciudades, pero que, en el caso de aquellos, es mucho más inclemente en tanto que los pueblos ni siquiera cuentan con la protección de ciertos cascos históricos o de determinados núcleos urbanos.

En una época, como ésta, de desprecio y negación de lo rural, con nuestros pueblos deshabitándose a pasos agigantados y con los emigrantes convirtiéndolos, de vuelta, en escaparates de su progreso económico y social, ¿a quién le puede importar lo que unos y otros hagan con ellos?.

     

Destrucción de los pueblos

Ciertamente, no se trata de conservar los pueblos tal como estaban años atrás, como si el tiempo no hubiese pasado para ellos, y mucho menos en función de posibles rodajes para el cine, pero sí de exigir

(o de lamentar cuando eso ya no es posible) que el desarrollo de aquellos no implique su destrucción paisajística, como ha venido ocurriendo en estos últimos años.

Un viaje por la provincia de León - por no decir por España entera - bastará para darse cuenta de hasta qué punto esa destrucción ha roto y desfigurado la mayoría de nuestros pueblos: núcleos enteros desvirtuados por edificios que nada tienen que ver con ellos, casas antiguas rehabilitadas siguiendo modas ajenas, corrales convertidos en jardines o en piscinas, huertos dados a la especulación...

Casas tradicionales en Villar del Monte. Foto Raquel Alvarez. guiarte. Copyright

El desarrollo, que no el progreso (¿quién se atrevería hoy a definir su significado?), implica, sin duda alguna, la desaparición de muchos recuerdos, y, junto a ellos, de algún paisaje, pero no necesariamente ha de ser incompatible con el respeto a la cultura y a la historia que heredamos de nuestros antepasados. En el caso de la arquitectura, el desarrollo de un pueblo no debe comportar (al contrario, debería respetarla) la destrucción de su identidad. Pero, desgraciadamente, eso es lo que está ocurriendo.

Con el concurso de constructores, arquitectos y particulares, la fisonomía de nuestros pueblos ha ido desfigurándose hasta el punto de que, hoy, es prácticamente imposible encontrar en muchos de ellos la raíz de la que proceden.

Porque, si el pueblo era de barro, el nuevo constructor procurará hacer su casa de piedra, para así destacarse de sus vecinos, que es de lo que al fin se trata, y, si aquél era de teja, la hará de losa o pizarra. Y, de la misma manera, si el conjunto guardaba una armonía, ya sea por su alineación o por su adecuación e integración en el paisaje, el emigrante procurará romperla de cuajo para así dejar en el pueblo la firma de su presencia. Porque de lo que se trata no es de integrar, sino de marcar distancias; distancias sociales, claro.

     

Un problema político y cultural

Yo ya no tengo nada que ver con esto, parecen querer decir los modernos constructores con sus casas

Al tiempo que cuelgan de ellas, como elementos decorativos, los aperos y herramientas de trabajo de sus padres para así demostrarles a sus vecinos, y a quienes vengan a visitarlos, que ellos ya no las utilizan.

Normalmente, se tiende a dar a esto una explicación simplista, de carácter meramente cultural (el bajo nivel que hay), cuando de lo que se trata, al fin, es de un problema político. Pues, si es cierto que el dinero es el culpable de lo que está pasando con nuestros pueblos (por haber llegado antes que el buen gusto), también es cierto que las autoridades tienen una responsabilidad final en el control de las construcciones.

Casas de corredor, en Villar del Monte. imagen de Raquel Alvarez. guiarte. Copyright

Pero, desgraciadamente, éste brilla por su ausencia. Al contrario, a veces es la administración la primera en destrozar los pueblos, lo cual es mucho más grave. Porque el problema no es tanto que un emigrante sin más cultura que la que tenga en el Banco quiera hacer de la casa de labranza de sus padres una mansión a la americana o que un recién llegado de la ciudad pretenda hacer en un pueblo un obelisco a sus méritos, sino que haya arquitectos que les firmen sus proyectos y que las autoridades competentes en el tema (Diputación y Ayuntamientos) les dejen hacer a ambos.

     

El ayuntamiento modelo

El verano pasado, también, mientras el director de cine Montxo Armendáriz buscaba inútilmente por León un lugar que le sirviera para poder rodar su película (al final, la rodó en Navarra).

Yo les mostraba también algunas zonas de la provincia a unos amigos de Cataluña.

Después de varios días recorriéndola, éstos estaban tan impactados por sus paisajes como por las barbaridades que veíamos en los pueblos. Yo trataba de explicarles las razones, pero no me era sencillo.

Casa con horno en Villar del Monte. Imagen de Raquel Alvarez. guiarte. Copyright

Al final, pude hacerlo un día cuando, al descubrir en uno de aquellos un edificio de nueva planta tan feo como ostentoso, que, además, nada tenía que ver, ni arquitectónica ni constructivamente, con el resto de las casas, mis amigos catalanes exclamaron:

-¡Qué barbaridad!. ¿Pero el Ayuntamiento como consiente esto?.

A lo que yo no tuve otro remedio que contestarles:

Es que esto es el Ayuntamiento.

Evidentemente, mis amigos catalanes ya no volvieron a decir nada.