Cuentaviajes Gil de Siloé en la Cartuja de Miraflores

A unos kilómetros al este de Burgos, en una zona de agradable arbolado, se halla la cartuja de Santa María de Miraflores, un monumento esencial en el elenco de arte de esta ciudad castellana.

Una visita a la capilla de la Cartuja de Miraflores con texto y fotografías de Tomás Alvarez

Cuentaviajes Cuentaviajes Gil de Siloé en la Cartuja de Miraflores

Una visita a la capilla de la Cartuja de Santa María de Miraflores, Burgos.

Burgos y la cartuja de Miraflores

A unos kilómetros al este de Burgos, en una zona de agradable arbolado, se halla la cartuja de Santa María de Miraflores, un monumento esencial en el elenco de arte de esta ciudad castellana.

Juan de Colonia también es autor de buena parte de la catedral de Burgos. Imagen de Guiarte.com

Tiene Burgos magníficos monumentos y una bella traza urbana. Tal vez por ello, muchos viajeros se quedan en el casco viejo o a la orilla del Arlanzón, deambulando placenteramente y disfrutando del arte y la gastronomía, dejando de lado uno de los grandes focos de interés artístico de la urbe: la cartuja de Miraflores.

Está el centro religioso a unos tres kilómetros de la ciudad, y es obra de finales del siglo XV. El rey Juan II de Castilla y de León cedió un palacio de caza a los cartujos, quienes se instalaron en él hacia 1442.

Tras un incendio que destrozó buena parte de las instalaciones, a partir de 1454 el maestro Juan de Colonia trabajó en el centro religioso. Él es autor de la magnífica capilla, que terminaría su hijo Simón.

Un edificio de líneas puras

La entrada a la capilla de la cartuja es sencilla, adornada con una arcada conopial, a cuyos lados aparecen los escudos de la corona de Castilla y de León y del monarca allí enterrado.

La estructura del templo de la cartuja es gótica, con bellas bóvedas de crucería. Imagen de Guiarte.com

En el interior, la arquitectura es básicamente gótica, con bellas bóvedas de crucería, que se animan con la estructura radial de la cabecera, en la que destaca la pieza del retablo, realmente espectacular. Se alumbra la estancia merced a una serie de ventanales en los que hay vidrieras flamencas de finales del siglo XV.

Los elementos artísticos atraen la atención del visitante, que se muestra sorprendido por las sucesivas divisiones de la nave. En la primera estancia, la de los fieles, hay cuadros de interés; el coro de los Hermanos, siguiente estancia, presenta una buena sillería renacentista. En la siguiente estancia está otro coro, el de los Padres, de finales del XV.

El visitante, siempre atraído por la personalidad del retablo principal, al fondo, y del gran sepulcro que le antecede, apenas repara en otros detalles llenos de belleza, como la Virgen del Coro, de alabastro, que corona una de las puertas de acceso de los monjes al templo. La Virgen, de ampulosos ropajes, posee una belleza dulce.

El retablo mayor

En 1499, después de tres años de trabajos, se colocó en la capilla de la cartuja el extraordinario retablo que hizo Gil de Siloé.

El retablo está dominado por el gran círculo, en el que se halla Jesús crucificado. Imagen de Guiarte.com

Un retablo inusual, inesperado, de una estructura sumamente peculiar, casi desestabilizante, que muestra la personalidad extraordinaria de su autor, y que nos hace recordar algún tapiz medieval, lleno de detalles y simbologías.

Es la pieza reina del templo, con ese inmenso rosetón central, que preside una estructura geométrica en la que no se respeta la tradicional división de los retablos en pisos y calles.

Ese enorme círculo se articula mediante una sucesión de ángeles, integrando una especie de corona, que podría ser la propia forma de la ostia, en cuyo centro se presenta un gran Cristo crucificado, extraordinaria obra del gótico final, de gran expresividad y un rostro impresionante.

La gran rotonda –como todo el altar- se atiborra de figuras y escenas, desde el pelícano que se ubica sobre la cruz, hasta los círculos, en los ángulos de la cruz, con representaciones de la Pasión.

Los sepulcros

A la izquierda del altar se halla el sepulcro del infante Alfonso, muerto muy joven y opuesto a su hermano Enrique IV.

las 16 caras de las estrella del sepulcro tiene una detallista labor, en la que el autor se lució con la materia, alabastro de Guadalajara. Imagen de Guiarte.com

En 1468 fue enterrado en Arévalo, pero Isabel la Católica lo trasladó aquí, y lo ubicó en un monumento soberbio, de profusa decoración en la que se mezclan las líneas góticas con decoraciones naturalistas, enmarcadas en sendas pilastras robustas y delicadamente trabajadas. Es otra obra de Siloé.

El infante se presenta arrodillado, mirando al altar, con aire ciertamente inexpresivo, pero con unas vestiduras que denotan una especial riqueza.

Numerosos relieves introducen en el retablo distintas escenas relativas a la vida de Cristo. En ésta, la Anunciación. Imagen de Guiarte.com

Ángeles y guerreros sostienen, en el basamento, una decoración heráldica.

Mas el gran sepulcro es el del padre de la reina Isabel, Juan II, y de su esposa, Isabel de Portugal. Una obra magistral de Siloé.

El maestro diseñó un sepulcro en forma de estrella de ocho puntas, que se integra por la intersección de un rectángulo y un rombo, sobre cuya superficie superior se presentan las figuras yacentes de los monarcas, a los que rodean, en las esquinas del rombo, los evangelistas.

Pero la eclosión magistral del arte de Siloé trabajando el alabastro se puede ver en las dieciséis caras laterales de la estrella, en las que hay un programa decorativo abrumador, donde el artista parece habar trabajado a capricho, hasta extraer las últimas capacidades de ductilidad de esta piedra.

En síntesis. Cuando vuelva a Burgos... no se olvide de la Cartuja.

El colorido del retablo destaca tras los tonos de alabastro del sepulcro real. Imagen de Guiarte.com