Cristal, oro y fuego


Aún antes que en el siglo XII el Abad Suger descubriese a Dios en lo material, a través de los brillos del arte y la riqueza, dignatarios carolingios y bizantinos descubrieron y apreciaron en grado sumo la belleza de las piezas ornamentales, religiosas o no, recubiertas de esmaltes.

Éste es un relato de Tomás Alvarez, en el que nos conduce por el mundo medieval de los esmaltes

Cuentaviajes Cristal, oro y fuego

Relato de viaje a Cristal, oro y fuego

El brillo del cristal

Desde el profundo medievo, el hombre se maravilló por el brillo del cristal.

Las migraciones de germanos orientales trajeron a Europa Occidental el gusto por un estilo cromático conseguido mediante la inserción de pedrería y pastas vítreas, que se rodeaban de una pequeña moldura y daban tonos vivos a cajas, coronas, cinturones u otros lujosos objetos personales.

Detalle del Pantrocrator de la Pala de Oro de San Marcos de Venecia. Oro y esmalte.

Aún antes que en el siglo XII el Abad Suger descubriese a Dios en lo material, a través de los brillos del arte y la riqueza, dignatarios carolingios y bizantinos descubrieron y apreciaron en grado sumo la belleza de las piezas ornamentales, religiosas o no, recubiertas de esmaltes.

De hecho, durante todo el medievo, la producción de esmaltes fue considerada como verdadero arte mayor, tan importante como la pintura, las vidrieras o la escultura, valoración que empezó a decaer a partir del Renacimiento.

Hay muchas tesis sobre el lugar de origen de los esmaltes. Se ha apuntado a Persia, a Egipto, e incluso se han detectado hallazgos en la Galia prerromana.

     

El lujo de Bizancio

Fue en Bizancio donde se alcanzó una especial maestría en este arte. Emperadores y dignatarios llenaron palacios e iglesias de joyas que aún asombran por su perfección.

Relicarios, cruces, altares, iconos, libros, vasos sagrados, etc., fueron embellecidos mediante los apliques de oro, perlas, piedras preciosas y –sobre todo- esmaltes.

Bizancio aprendió de Persia la técnica, especialmente el tabicado o “cloisoné”, que consiste en hacer sobre una placa de oro una figura con estrechos tabiques de fina plancha soldada. Cada compartimento se rellena luego de pasta vítrea y se hace fundir. Luego se pulimenta el oro y el cristal, quedando ambos a la misma altura, como un dibujo de líneas amarillas sobre vivas tonalidades cristalinas.

Broche de Oro, principios del siglo XI. Oro y esmalte. Taller italiano. Museo de la catedral de Astorga, León. guiarte.com

Desde un principio, los dignatarios del Imperio de Oriente se empeñaron en dotar a Constantinopla de una auténtica industria artesanal de fabricación de artículos de lujo, con los que satisfacer la demanda de una corte y una jerarquía religiosa amantes de la opulencia.

     

Esmaltes para todo el orbe

Ya se cuentan donaciones de piezas lujosas de los emperadores del siglo VI a los príncipes de la iglesia.

El propio Justiniano ofreció a la iglesia de Santa Sofía un altar de oro y esmaltes, una maravillosa obra que los cruzados que tomaron Constantinopla en 1204 deshicieron a pedazos para repartirse el oro.

Los avatares por los que pasó la gran ciudad del Bósforo hicieron que aquella producción se perdiese en buena medida. No sólo por las luchas contra enemigos exteriores, sino a causa de las iniciativas iconoclastas, que prohibieron la representación de la figura humana, un auténtico mazazo contra el arte.

Arqueta de Santa Valeria, de 1175-1185. Cobre con esmalte champlevé. Taller de Limoges. Hermitage Museum, San Petesburgo, Rusia

Pero los brillos de su lujo aún perduran en museos e iglesias de occidente, y de forma especial en Venecia, donde se pueden contemplar elementos como la Pala de Oro, de San Marcos, originaria de fines del siglo X, o el libro de San Miguel, de época cercana.

En torno al siglo X, reinando Constantino Porfirogeneta, la producción de esmaltes alcanzó un nivel incomparable. Aquellos esmaltes, sobre soportes de oro o plata dorada llegaron a toda Europa civilizada.

     

Talleres del Rin y del Mosa

En la Europa Central, a finales del siglo X, Oton II, hijo de Otón el grande, se casó con una princesa bizantina, nieta de Constantino Porfirogeneta.

La mujer aportó excelentes regalos de orfebrería, pero también un buen equipo de artistas que llevaron los conocimientos del esmalte hacia el norte.

Arqueta de Santo Tomás Becket. Taller de Limoges. 1200-1212. Cobre y esmalte. Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Madrid. España

La Corte se situó en Tréveris, y allí el abad Egberto dirigió al equipo de orfebres y esmaltadores, de modo que generó un potente foco germánico, que creó buenas obras, como el altar de la catedral de Basilea, ahora en el Museo del Cluny de París.

Una innovación de los germanos fue la de sustituir el oro por el cobre, con lo que se abarató el producto. Los talleres de la época estaban en el entorno de Colonia, la Escuela Renana, y en el territorio del Mosa, Escuela Mosana, con especial relevancia en Verdún.

     

Conques y Limoges

A principios del XII, en Europa occidental surgió con fuerza el taller de Conques, una localidad escondida entre las estribaciones del Macizo Central francés, íntimamente ligada a las peregrinaciones a Compostela.

El taller de Conques hizo magníficas piezas, de colores vibrantes, de bellos tonos turquesa, verde y rojo. Poco duró aquella factoría de belleza.

Limoges sucedió a Conques en el dominio de la producción de esmaltes. La creación lemosina dejó a un lado el tabicado o cloisoné, basado en celdillas, y se centró en el tipo excavado o "champlevé".

Frontal de Silos, en madera de roble recubierta de cobre dorado con esmaltes. Taller de Silos. 1150-1160. Museo de Burgos, España.

En esta técnica, el metal se ahueca mediante el buril o ácidos y luego se rellena con la pasta vítrea que se funde y posteriormente pulimenta.

En Limoges se utilizó básicamente como soporte el cobre, en lugar del oro. Pronto la actividad sobrepasó el ámbito de los monasterios para pasar al artesanado laico. En torno al 1200 se puede decir que la producción se “industrializó”; aumentó la oferta, cayeron los precios y también la calidad, en tanto que las temáticas se hicieron repetitivas.

Nadie soportó la competencia de la fabricación lemosina, aunque existieron otros talleres en distintos puntos de Europa, e incluso fabricantes ambulantes.

     

La producción de Silos

La actividad esmaltadora también llegó a España. El tema se trató en el 2001 en una excelente muestra, en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Donde se presentó una maravillosa exposición sobre el mundo del esmalte medieval, bajo el título De Limoges a Silos, para conmemorar el milenario del nacimiento de Santo Domingo de Silos, notable dignatario religioso que rigió y engrandeció un magnífico monasterio en la provincia de Burgos, que conserva valiosísimos elementos medievales, y que tiene prestigio internacional por la producción de obras de metal y esmalte.

Típico esquema de dibujo de los esmaltes de Silos.

La muestra reunió casi un centenar de piezas de cuarenta instituciones, entre ellas los museos Metropolitan de Nueva York, Louvre de París, British Museum, el Hermitage de San Petesburgo, San Isidoro de León y otros centros españoles; excelentes joyas fabricadas entre los siglos XI y principios del XIII: relicarios, cofres, báculos, vírgenes, y todo tipo de mobiliario litúrgico, como incensarios, aguamaniles, píxides, navetas y tabernáculos, así como frontales de altar o cubiertas de libro.

El contrapunto estilístico a Limoges lo integraban las obras relacionadas con Silos. La Arqueta de Champagnat del Metropolitan Museum de Nueva York, catalogada como lemosina pero con una clara impronta "silense", demostró la dificultad de establecer la certeza del taller sobre bases firmes.

El Frontal con esmaltes de Santo Domingo de Silos (Museo de Burgos) fue una de las mejores obras presentadas. En ella trabajaron excelentes esmaltistas y maestros del metal capaces de labrar las delicadas cabezas de Cristo y los apóstoles, o los fustes y capiteles de las columnas que lo adornan. Junto a él, sobresalió la Caja relicario musulmana de marfil del Museo de Burgos.

     

Arquetas para las reliquias de Tierra Santa

Lo cierto es que el taller silense pronto se agotó; en un momento en el que la producción lemosina empezó a declinar de calidad a medida que se hacía masiva.

El declive se acentuó por el empuje de la propia orfebrería de oro y plata, en la que el esmalte pasó a ser un detalle o elemento decorativo, únicamente.

No obstante, aún tendría este un nuevo florecimiento a partir del XIII, empujado desde el norte de Italia, merced al uso del bajorrelieve esmaltado, una especial “pintura asociada a la escultura, según definición del propio Vasari.

Sin embargo, jamás llegarían a ser tan populares los esmaltes que en aquellos días de oro de la producción lemosina, cuando el enriquecimiento de la iglesia y el propio retorno de los cruzados cargados de reliquias de los santos lugares hicieron que muchas de las iglesia de la cristiandad, incluso algunas relativamente humildes, llegaran a poseer aquellas arquetas coloristas, brillantes, refulgentes, adecuadas para contener objetos ligados a la propia divinidad.