Carcasona: sueño medieval de Viollet le Duc

La ciudad fortificada de Carcasona es un sueño de Viollet le Duc, una vieja villa fortificada, rehecha con los ojos del Romanticismo en pleno siglo XIX.

Asolada en las luchas contra los albigenses, la ciudad amurallada de Carcasona, la Cité, fue reedificada luego por los reyes franceses, transformada en una ciudadela inexpugnable para defender el reino francés del peligro español.

Hoy, la Cité es una fortaleza única, incluida en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco desde el año 1997.

Un Cuentaviajes de Tomás Alvarez

Cuentaviajes Carcasona: sueño medieval de Viollet le Duc

Cuentaviajes Carcasona: sueño medieval de Viollet le Duc

La ciudadela fortificada de Carcasona (Carcassonne) es un sueño de Viollet le Duc, una vieja villa fortificada, rehecha con los ojos del Romanticismo en pleno siglo XIX.

Una Cité de fantasía

En 1659, mediante la Paz de los Pirineos, España perdió las tierras ubicadas al norte de la cordillera pirenaica, y Carcasona dejó de ser un baluarte estratégico.

El castillo de la ciudad fortificada de Carcasona. Imagen de Guiarte.com

Los progresos de la artillería hicieron que las fortificaciones medievales quedaran devaluadas para la guerra. Poco a poco, los altivos muros edificados desde la época romana hasta el siglo XIV fueron derruyéndose. La vieja ciudadela se quedó sola, y las elevadas torres se trocaron en atalayas para las águilas y solanas de cuervos y lagartijas. Mientras tanto, progresaba, al oeste del río Aude, la Carcasona moderna (la Bastida, hoy con unos 45.000 habitantes).

Arquitectura a imagen del pasado
En plena época romántica apareció un salvador para aquella enorme fortaleza medieval desprovista de expectativas de futuro: Viollet le Duc (1814-1879), un arquitecto clave en la conservación del patrimonio galo.

En el inicio de los años treinta del siglo XIX había surgido en Francia un movimiento conservador y restaurador de edificios antiguos. En una Francia que salía de los desmanes de la época revolucionaria, con una monarquía absoluta ansiosa por entroncarse con un pasado glorioso, la arquitectura sirvió a la vez para imitar la imagen imperial romana y la brillantez de las construcciones medievales, tan caras a los románticos. En la propia capital, París, la catedral estaba gravemente dañada. Figuras populares, como Víctor Hugo, clamaban por una restauración que llegó de la mano de Viollet le Duc, arquitecto de la Comisión Nacional de Monumentos Históricos, que desplegó una gran actividad en París (Sainte Chapelle y Notre Dame), Vezelay, Puy en Velay, Toulouse o Carcasona.

Fue así como la Cité de Carcasona revivió en todo su esplendor -estuvo a punto de ser demolida en 1849 y una campaña ciudadana logró impedirlo- y adquirió ese aspecto formidable: la mayor fortaleza de Europa.

Vista nocturna de la ciudad alta de Carcasona, desde el casco de la nueva urbe. Guiarte.com

Es evidente que Viollet le Duc puso cierta fantasía en la reconstrucción de la Cité. No es extraño, pues sostenía que, al rehacer una obra incompleta, era obligado aplicar a la parte inconclusa o desaparecida el espíritu original de la obra. Para él, el edificio debía alcanzar una ideal unidad estilística, adecuada con el supuesto concepto del creador. Al viajero le queda imaginar cuánto hay de pastiche en la recreación y cuánto de apasionado y noble triunfo regenerador. Curiosamente, en su búsqueda del "edificio perfecto", Le Duc pretendía una aproximación racional en la que los logros del gótico entroncaban con los progresos técnicos de la arquitectura de su tiempo.

La Cité, con su doble cercado de murallas, se alza vigorosa sobre una colina, a la vera de la ruta que unía el Atlántico con el Mediterráneo, pasando por Toulouse; de ahí su importancia estratégica. Tiene en sus muros la huella gala, romana, visigoda y de diversos periodos del medievo francés, principalmente del siglo XIII.

En el cercado interior se aprecian las defensas más antiguas, los grandes bloques de la defensa galorromana, o los visigóticos, con piedra cuadrada y ladrillo. La parta exterior, con un lienzo de muralla más bajo y provisto de 14 torres, es la debida a los reyes franceses san Luis y Felipe el Atrevido, quienes consiguieron trazar un bastión imbatible. En medio de ambas, una avenida, la liza, que también servía a la estrategia defensiva. Si el enemigo llegaba a ella era masacrado desde las torres de ambas murallas.

Recorriendo este espacio, el viajero retorna fácilmente hacia el pasado. Toda la Cité rezuma sabor pretérito: sus muros, el castillo, las calles empedradas, la gran iglesia de Saint Nazaire... Sobrepasado el foso, y nada más cruzar por la primera puerta, aparece la liza, la avenida entre las dos murallas, y se descubre la majestuosa cerca interior, fortalecida con sus 24 torres.

Ronda entre las dos hileras de torres de la villa fortificada de Carcasona. Guiarte.com

Luego se avanza por la Rue Cross-Mayrevieille, que conduce hacia el castillo de los antiguos nobles, los Trencavel. A un lado y otro de la tortuosa calle aparecen las casas de época, en cuyos bajos perviven los talleres artesanales, a los que se suman las inevitables tiendas de recuerdos. El altivo castillo de los Trencavel, vizcondes de Carcasona, sorprende con su porte magnífico. El antiguo palatium se levantó en el extremo occidental del promontorio rocoso donde se asienta la Cité.

Por la Rue de Saint Louis se accede a otro bello monumento: la iglesia de Saint Nazaire, donde se aprecia también la intervención de Viollet le Duc. Fue catedral hasta 1801. De estilo románico y gótico, se conserva bien la nave románica, de seis tramos, originaria de finales del siglo XI. El crucero y el coro de Saint Nazaire son de finales del XIII y del XIV. Es curioso el efecto interior entre la nave, de escasa luz y sólidas columnas cilíndricas, frente a la zona del ábside, llena de color y luminosidad merced a sus vidrieras y rosetones.

Hay en la Cité diversos museos: el Imaginarium, el de Armas y Caballería, el de la Escuela..., pero hay algo aún más valioso: el placer de callejear entre edificios llenos de sabor, cuidadosamente conservados, y la posibilidad de tomar un vino o comer tranquilamente en alguno de los abundantes restaurantes (son habituales los confits y patés de oca y pato, los estofados y caracoladas, y el cassoulet, la fabada nacional, con alubias blancas y carnes de cerdo, salchichas o confit de pato; para beber, vino de la denominación de origen local, Corbieres).

La ciudadela alta de Carcasona. Atout France/Catherine Bibollet

Una mirada a la ciudad baja
En el siglo XIII, san Luis arrasó la ciudad alta y envió al exilio a sus habitantes, a los que más tarde permitió volver con la condición de que se instalaran al otro lado del río Aude. Surgió así otra Carcasona que aún conserva la vieja estructura rectilínea, parte de sus antiguos baluartes y algunas iglesias.

Entre las últimas cabe citar la de Saint Michel, del siglo XIII, remozada también por Viollet le Duc, y la de Saint Vicent, de los siglos XIII y XIV. El turismo se centra en la Cité medieval; pero hay zonas de cierta vida en la ciudad baja, en los bulevares o en la céntrica plaza Carnot, donde algunos días hay mercados de flores y frutos.