El Palacio Real de Madrid


El viajero que llega a Madrid por la Carretera de Extremadura, cuando se acerca al valle del Manzanares se encuentra súbitamente con una visión de cierta grandiosidad: sobre la verde alfombra de los jardines del Campo del Moro, emerge, sólida, la fachada oeste del Palacio Real.

Petri Sánchez nos guía por el interior y el exterior del palacio. Fotos de la autora.

Cuentaviajes El Palacio Real de Madrid

Relato de viaje a El Palacio Real de Madrid

El Palacio Real de Madrid

El viajero que llega a Madrid por la Carretera de Extremadura, cuando se acerca al valle del Manzanares se encuentra súbitamente con una visión de cierta grandiosidad:

Sobre la verde alfombra de los jardines del Campo del Moro, emerge, sólida, la fachada oeste del Palacio Real.

El verde de los jardines y el azul del cielo hacen resaltar el tono blanquecino de los muros del palacio, construidos con granito y piedra blanca de Colmenar.

El Palacio Real de Madrid, según fernando Brambilla, pintor de cámara de Carlos IV.

El atardecer, cuando el sol envía casi horizontalmente sus rayos amarilleantes, es el momento más propicio para la contemplación. La época ideal, la primavera, cuando las hojas recién aparecidas de los jardines proporcionan un manto de purísimo verde que realza el colorido del edificio.

     

Un lugar lleno de Historia

Restos medievales y árabes aparecen en torno al palacio. Imagen de hallazgos en la zona sur. Foto guiarte. Copyright

El palacio real ocupa el rincón madrileño más cargado de historia. Por la zona aún aparecen restos de las murallas árabes, las primeras que ciñeron el viejo Madrid.

En el lugar del palacio hubo algún torreón árabe, de la lejana época (siglo IX) en la que el emir Mohamed I transformó el poblado de Magerit en una plaza fuerte, destinada a defender Toledo del avance cristiano.

En el siglo XIV se reedificó la fortaleza. Juan II la acondicionó para eventual residencia regia. Pero en el siglo XVI, primero Carlos V y luego Felipe II le dieron un impulso definitivo. El primitivo alcázar se amplió y remodeló para ser punto de residencia estable de la monarquía.

Aún con Felipe IV, el palacio seguiría mejorando, alcanzando casi su aspecto definitivo(aún lo remodelaría en parte Felipe V), antes de que las llamas lo destrozasen en la Nochebuena del año 1734.

Desaparecido el alcázar de los Austrias, aparecería el Palacio de los Borbones. Desaparecido el alcázar-castillo de concepción hispánica, llegaría el palacio de inspiración franco italiana.

Sería un edificio para la eternidad, como se escribió en la primera piedra del mismo. Frente al estilo acumulativo del pasado, se reclamó una concepción integral. Primero Juvara y luego Sachetti, ambos italianos, conducirían un proyecto inspirado en dibujos de Bernini para el Palacio de Louvre.

Para darle eternidad al edificio, se suprimieron las estructuras de madera. Todo, salvo puertas y ventanas, sería material incombustible: piedra eterna de la Sierra de Guadarrama y de Colmenar.

Para darle fama a la monarquía, los distintos reyes fueron aportando elementos artísticos destacados de cada momento, elementos que se van descubriendo a medida que avanza la visita por las salas. Los monarcas sabían que aquel era uno de los espejos en los que se reflejaba su poder y no dudaron en realzar la magnificencia del edificio con nuevos aportes o reestructuraciones.

     

De visita por el palacio

La entrada al palacio se hace por la Plaza de Armas, excelente explanada propia para las paradas militares y la pompa cortesana.

La buena rejería que separa la dependencia del exterior, del XIX, está ubicada donde se hallaba la vieja Armería, que fue sustituida por la actual(luego hablaremos de ella) tras un incendio.

Merece la pena, en esta plaza de armas, dirigirse hacia el fondo oeste y posicionarse en una de las arcadas-mirador sobre el valle del Manzanares.

En primer lugar los jardines, al fondo el río; más allá la Casa de Campo, antaño propiedad real, enlazando con un paisaje verdeante que se acerca a la Sierra.

Los monarcas podían ver desde allí incluso –en las jornadas más claras- el monasterio del Escorial, también dependencia regia, gozando a la par del paisaje y de su opulencia.

La entrada del palacio es por la fachada sur, de la Plaza de la Armería. Foto guiarte. Copyright.

Pero en la Plaza hay que detenerse también para contemplar la arquitectura del edificio, armónica y simétrica, con su ritmo de columnas y pilastras y la bella cornisa coronada por una elegante balaustrada de piedra blanca, sobre la que destacan las estatuas de antiguos monarcas.

    

Las dependencia del mediodía

Ya en el interior, pasado el zaguán, de piedra rosada, el viajero se encontrará con la gran escalinata, diseñada por Sabatini, con sus grandes peldaños, tallados cada uno de un único bloque de piedra.

Tal vez destaque, junto a la grandiosidad del conjunto, la decoración de la bóveda, de Corrado Giaquinto, donde refleja La Religión, protegida por España. Del interés del conjunto habla una frase de Napoleón, quien durante la guerra de la Independencia colocó en Madrid como rey a su hermano José. Durante una visita al palacio el emperador dijo al eventual monarca español: Hermano, tienes una casa mucho mejor que la mía.

Salón de Columnas. Pintura de Giaquinto. El Sol anima a las fuerzas de la naturaleza. Foto guierte. Copyright

La visita al palacio pasa inmediatamente por el Salón de Alabarderos, con un magnífico techo decorado por Gian Battista Tiépolo: la apoteosis de Eneas. Venus encomienda a Vulcano forjar las armas pare el héroe, asunto inspirado en Virgilio.

Sabattini ideó esta estancia como sala de fiestas, pero Carlos III prefirió ubicar allí a la guardia personal

La siguiente estancia en la visita al palacio es el Salón de las Columnas, con magníficos tapices y una excelente bóveda pintada por Giaquinto, relativa a Apolo. El sol (figuración del monarca) aparece y aviva las fuerzas de la naturaleza

Era esta magnífica sala lugar de fiestas y ceremonias. En el fondo aparece una estatua de Carlos V, copia del original de Leoni, del Museo Prado. Pinturas, tapices, estatuas, arañas de bronce, etc., proporcionan una notable suntuosidad.

Salón del Trono

Frente la luz y airosa concepción del salón de Columnas, el salón del Trono, representa un sentido más serio y recogido, aunque notable desde el punto de vista artístico.

Los frescos del Salón del Trono son de Tiépolo. Foto guiarte. Copyright
Sendos sillones ocupan la parte central de la sala alargada, decorada con una excelente pintura en el techo: la gloria de la monarquía española, de Tiépolo. Dioses, nubes, virtudes y genios pueblan una bellísima bóveda pintada en honor del soberano; obra maestra del italiano.

Mesas, arañas, espejos, estatuaria, estucos, etc. son de excelente calidad y generalmente de autoría italiana. Hasta el terciopelo fue tejido en Génova y recamado en Nápoles.

Esta sala, que maravilló a todo tipo de visitantes, era llamada salón de Besamanos, lugar de audiencias y de la despedida final, pues aquí se exponía el cadáver del rey hasta ser llevado al panteón de El Escorial.

La visita al palacio discurre luego por la saleta de Carlos III, pieza que era comedor del monarca, decorado con una excelente pintura de Antón Rafael Mengs, la apoteosis de Trajano.

Detalle de la Apoteosis de Trajano, Saleta Carlos III, de A.R. Mengs. Foto guiarte. Copyright
La sala siguiente se denomina antecámara de Carlos III. En ella destacan los frescos, la apoteosis de Hércules, también de Mengs, el excelente y monumental reloj Cronos soportando la esfera celeste, de Louis Godon, de final del XVIII.

Pero lo más sobresaliente de la sala son las obras de Goya que, lamentablemente están mal iluminadas, como otros muchos elementos del palacio, lo que devalúa la visita al lugar.

El itinerario pasa seguidamente por la Salita Gasparini, obra maestra diseñada por Matías Gasparini, chinesca y rococó, cargadas de fantasías vegetales, valiosas y de un gusto muy particular.

   

El lado oeste

Ya, en la parte oeste del palacio, la sala siguiente, Tranvía de Carlos III, se llama así por su forma estrecha y alargada, y da paso al llamado Salón de Carlos III, dormitorio de aquel rey y lugar de su defunción, con notable pintura en la bóveda, de Vicente López.

La Sala de Porcelanas, de pequeño tamaño, es de notable interés. Las paredes están recubiertas de azulejos de la Fábrica del Buen Retiro, con un gusto marcadamente barroco. También son del Buen Retiro, pero más academicistas, los excelentes jarrones.

Fragmento del techo de la Sala de Porcelanas; un trabajo delicadísimo. Foto guiarte. Copyright de

La siguiente estancia, la Amarilla, recibe su nombre por el tono de las sedas. Un dormitorio de Fernando VII, quien mandó borrar por ello un fresco de Tiépolo, para sustituirlo por Luis López, una alegoría del Sueño. El mobiliario, de gusto francés, es extraordinario.

El Comedor de Gala –sala siguiente- es otra de las grandes estancias. Es resultado de una remodelación ordenada por Alfonso XII, que para ello unió tres grandes salones, mediante sendas arcadas.

Pinturas de Mengs, González Velázquez y Francisco Bayeu decoran los techos. Excelentes tapices de Bruselas, de los siglos XVI y XVII, magníficas arañas de cristal y jarrones chinos y de Sèvres dan especial calidad al lugar.

Bella jarra de plata con el escudo de Castilla y León. Foto guiarte, Copyright

Esta sala da paso a otras de menor interés: la plateresca, con una colección de medallas; la de la Plata, con excelente material de la platería real; la de Vajillas, que muestras de las vajillas reales del XIX; la de los Stradivarius, con magníficos instrumentos realizados por Antonio Stradivarius para Carlos IV; y la de Instrumentos, de excelente bóveda, y donde se muestran diversos instrumentos musicales de los siglos XVIII y XIX.

Magnífica ponchera del siglo XIX. Foto guiarte. Copyright
    

En la parte norte

El recorrido de los visitantes se dirige seguidamente a la galería principal desde la que se puede contemplar el patio interior del palacio. Esta galería permitía el acceso a las distintas dependencias de los personajes reales, a través de las antecámaras.

Las techumbres tienen una mayor suntuosidad que los altares en la Real Capilla, detalle. Foto guiarte. Copyright

También desde esta galería que da la vuelta al patio se accede a la Capilla Real, de Sachetti y Ventura Rodríguez, con pinturas de Giaquinto en la cúpula. Es un proyecto inacabado, pues se pensó ampliar hacia el norte.

La gran cúpula pintada por Giaquinto, en la Real Capilla. Foto guiarte. Copyright

El aire suntuoso de las bóvedas tiene una mayor magnificencia que los altares, lo que da cierto estilo profano al templo.

    

Las habitaciones del este

Vista del patio interior, con la cúpula de la Real Capilla, desde la galería del éste. Foto guiarte. Copyright

De vuelta a la galería corredor, la visita prosigue, en la zona este, donde se muestran algunas de las piezas que no dan a la fachada, sino que reciben la luz directamente del patio.

La primera pieza fue una idea de Alfonso XII, que ocultó la decoración anterior debajo de abundante madera, con un elemento rey: la mesa de billar, instalada allí siguiendo una moda de origen británico.

Al lado está la habitación de Fumar, revestida de placas cerámicas hechas en París, de un estilo chinesco y chillón.

Todo el dudoso gusto de la habitación anterior queda aún más ostensible porque a su lado esta otra sala, llamada Gabinete de Escayola, de un exquisito gusto neoclásico. La sala –una de las más hermosas de palacio- fue diseñada por Francisco Sabatini y realizada por los hermanos Brilli, en el final del siglo XVIII.

Pasada esta habitación el gusto vuelve llevar otra sorpresa, porque aparece una pequeñita sala denominada Gabinete de Maderas Finas de la Reina María Luisa. Frente al neoclásico que se acaba de contemplar, ahora aparece un magnífico rococó. La obra de los muebles es notabilísima; parece que estuvo dirigida por Gasparini. Desde aquí, la visita se dirige de nuevo hacia la escalera, para acceder a la salida de la Plaza de la Armería.

El itinerario requiere no menos de una hora.

     

La Real Farmacia y la Armería

La Real Farmacia bestaca por sus colecciones de recipientes de cerámica y cristal. Foto guiarte.

Pero la visita al Palacio Real permite también contemplar algún otro elemento de gran interés.

En la plaza de Armas, en el ala del edificio que da hacia la calle Bailén, está la Real Farmacia.

Esta dependencia esconde curiosos elementos: bellos armarios para recoger las hierbas medicinales; excelentes recipientes de cerámica; abundantes frascos de la fábrica de La Granja, redomas, alambiques... hasta recetas dispensadas a la familia real.

Más interés tiene otra dependencia ubicada enfrente, al otro lado de la plaza de Armas: la Real Armería, la más importante en su género, por el valor de sus piezas.

La Real Armería presenta una extraordinaria colección de armaduras de todo tipo. Foto guiarte. Copyright
Durante la Edad Media, era habitual que las armaduras del rey se acabasen vendiendo o entregándolas a algún centro religioso, para encargar misas por su alma y pagar los gastos de las ceremonias fúnebres.

Con Carlos V ya no ocurrió esto. Felipe II las trajo a Madrid en 1561. Tal cambio ha permitido llegar hasta nosotros un completísimo y valioso muestrario de armaduras del emperador y de sus propios caballos.

Junto con las armas de Carlos V están las de Felipe II, además de otras portuguesas, moriscas, etc. Obras en las que asombra la notabilísima calidad. Es sin duda, una de las más bellas y originales exposiciones que el viajero puede ver en Madrid.

    

Y los jardines

Completando este recorrido, hay que hablar de los Jardines.

Al oeste del palacio, en la ladera que desciende hacia el río Manzanares, están los jardines del Campo del Moro, cuyo nombre deriva de una acampada de las huestes del emir Alí ben Yusuf(1109) en tal lugar.

Este punto fue cita de fiestas y torneos en la Edad Media, ajardinado en estilo inglés posteriormente. Excelentes árboles, fuentes y estatuas se extienden en un amplio espacio. En la parte inferior hay un museo de Carruajes.

Bellas zonas ajardinadas rodean buena parte del exterior del palacio. Jardines de la Plaza de Oriente. Foto guiarte. Copyright

Hacia el norte, lindando con Bailén y la Cuesta de San Vicente, están los jardines de Sabatini, más pequeños y delicados.

Enfrente del Edificio se halla la Plaza de Oriente, que se originó en tiempos en los que estuvo en el trono de España José Bonaparte, quien mandó despejar el frente este del palacio de casuchas y callejones.

La obra de derribos se terminó en tiempos de Isabel II, con un bello planeamiento que ha quedado realzado ahora al quitar la circulación rodada

En el centro de la plaza hay una magnífica estatua de Felipe IV, obra de Pietro Tacca, con diseño de Velázquez. Es interesante el equilibrio del caballo, sobre las patas traseras. Es de las mejores estatuas ecuestres que adornan Madrid.

En la plaza también hay una serie de estatuas de piedra blanca que son las que originalmente iban a situarse sobre la balaustrada superior del Palacio.

También da a la plaza el edificio de la Ópera o el Teatro Real, inaugurado en 1850.

En la gran plaza hay espacios para todos: para niños que juegan, ancianos que toman el sol, turistas que sacan fotografías a diestro y siniestro, y excelentes cafeterías, que invitan a un plácido y culto descanso.

Es tal vez éste el momento y el lugar en el que viajero que ha recorrido el entorno del Palacio Real de Madrid, descanse plácidamente, mientras pone en orden sus ideas y deja que en su mente se serene tras el atiborramiento de arte y riquezas contempladas.

     

Datos para el viajero

La catedral de la Almudena, desde la fachada sur del Palacio. Foto guiarte.Copyright

Datos de Interés

La visita al palacio se reduce básicamente a la planta principal y las dependencias de la Armería y la Farmacia.

Dirección C Bailén s/n 28071 Madrid.

Teléfono 91 454 88 00. Fax: 91 542 69 47

Existe acceso para minusválidos, dispone de sillas de ruedas manuales