La palabra de los náufragos

En el último Congreso Literatura Leonesa, celebrado en el palacio del Conde Luna de León, durante el pasado mes de octubre, Tomás Alvarez expuso su visión de la La Cepeda como territorio literario:


La exposición, titulada LA PALABRA DE LOS NÁUFRAGOS, fue la siguiente:

La Cepeda es el prototipo de paisaje del abandono, y así lo constatan hoy diversos escritores...

Vamos a hacer un pequeño recorrido sobre ese espacio. Con datos estimados en función del Catastro de Ensenada, en la zona habitarían en el siglo XVIII unas 6.280 personas. En el Diccionario de Madoz, tenemos en la Cepeda 6.700 personas, cuando Astorga tenía un total de 2500.

En el fin del siglo XIX se había llegado a 8.000. Hacia los años sesenta, La Cepeda tenía unos 16.000 habitantes, en tanto que ahora está en torno a 3700(2008)

En los últimos cuarenta años la población se ha reducido a menos de una cuarta parte... pero además ha cambiado la pirámide de población y la explotación del territorio. Hoy la Cepeda es un inmenso asilo en el que un numero de gentes –cada vez menos y más ancianas- habitan en lugares tranquilos, donde lo único que crece es la flora y la fauna ...además del abandono y los postes de energía eólica que destrozan el mayor patrimonio que queda: el paisaje.

Si miráis un mapa de la provincia de León, veis que para ir de León a Ponferrada se da un rodeo –pese a que no hay cadena montañosa ni lago alguno, sino un espacio sumamente practicable. Es más, el mejor acceso al Bierzo va por aquí. Las comunicaciones siguen rodeando La Cepeda como si se tratase de un Molokai, una inmensa leprosería.

El paisaje es amable. En el verano, los pueblos, ubicados en los corredores fluviales, son agradables y están animados; en otoño, una naturaleza cada vez más rica ennoblece los oteros... y en los recónditos parajes cubiertos de robledales aparecen todo tipo de animales y aves. Es tierra a la que llegan los osos en sus correrías y en la que crían desde los alcaravanes a los urogallos...

Y la gente es abierta y cordial, aunque lleva en sus ojos la sombra de un pasado de dominaciones.

Datos del siglo XVII nos señalan que en la comarca había un 46 por ciento de pecheros, un 50 por ciento de hidalgos y un 3 por ciento de clérigos, aunque su reparto es irregular.

Pero jamás fueron poderosos los hidalgos, sino sencillos campesinos con heredades de medio pelo, oscurecidos por la sombra del poder, que no era otro que el de los marqueses de Astorga y el episcopado asturicense.

No hay apenas conciencia comarcal somos –como esta Comunidad Autónoma- tierra de restos. De hecho, la propia Mancomunidad no incluye Valdesamario que siempre fue tierra de La Cepeda, histórica y administrativamente.

Los oteros están cubiertos por los vestigios de los castros, y aunque los pueblos han bajado a los valles, las gentes tienen aún un sentido de comunidad independiente y luchadora frente a la vecina. Tal vez por eso, la intelectualidad cepedana ha tenido tendencia a trabajar por libre...

Con objeto de crear un elemento que aglutinase a las gentes y enraizase en el pueblo, en el año 2001 surgió una iniciativa cultural denominada Versos a Oliegos, encaminada a juntar a la gente para cantar a la propia tierra.

Propuse el nombre de Versos a Oliegos en recuerdo a un pueblo desaparecido bajo un embalse. Nadie protestaría por ese nombre. A través de Oliegos conectamos con el alma colectiva.

Una gran tormenta dio un aire wagneriano a este alumbramiento de un encuentro poético con vocación de continuidad. Iba a celebrarse en el pantano de Villameca, pero al final tuvo lugar en la sede de la Asociación Cultural de Quintana del Castillo.

Numerosas gentes avalaron la iniciativa: Eugenio de Nora, Astor Brime, Benito Escarpizo, Mariví González, Máximo Álvarez, Angel Casado, Antonio Natal, Mari Luz Álvarez, Ricardo Magaz, Santiago Somoza, Jesús Martínez, Rogelio Blanco, Juan José Domínguez, Pablo Martínez, Jesús Rodríguez, Roberto García, Amando Álvarez Cabeza, Antonio García Álvarez, etc.

Desde entonces, cada año se reúnen en un pueblo distinto gentes sencillas, descendientes de Oliegos, escritores... y se leen poesías y se escucha música. Cada año la organiza un pueblo distinto. Versos a Oliegos ha devenido en una manifestación de cultura popular que une a todos, porque es de todos.

Frente a los encuentros poéticos ritualizados, Versos a Oliegos conserva el toque naif, popular, y el arraigo con las gentes que jamás han se han preocupado por la poesía.

No es extraño que muchos cepedanos no hayan oído hablar de poesía. Curiosamente, según dice a menudo Rogelio Blanco, ésta es una tierra ágrafa, y en verdad hay algo de ellos, porque hasta el siglo XX apenas hubo gentes que hayan aportado un ápice a la literatura.

¿Causas? Estimo que la humildad por no decir pobreza ...y el dominio señorial que obligaba a los pobladores a trabajar duro para surtir las despensas de marqueses y canónigos.

Pero en los inicios del siglo XX empezó a dar señales de vida esta comarca. Entre quienes alumbraron en la oscuridad pondría a Emilio Bardón Sabugo, a quien Ramón Menéndez Pidal, entonces presidente de la Real Academia Española, encargó en el año 1906 que escribiera algún cuento utilizando como herramienta el dialecto con el que se expresaba: la variante cepedana del leonés. Emilio Bardón dejó la tarea en manos de su sobrino, Cayetano Álvarez Bardón. Ahí nacieron los Cuentos en dialecto leonés, que vieron su primera edición en 1907.

En ambos Bardón, oriundos de Quintana del Castillo, detectamos una preocupación por el territorio y por el legado patrimonial, en este caso el idioma. En el caso de Emilio Bardón, además, hay que anotar que fue el impulsor del embalse de Villameca, que habría de poner en valor a partir de los años cuarenta el valle del Tuerto.

En 2008 realizamos –desde la Asociación cultural Rey Ordoño- una exposición con las gentes de La Cepeda que han publicado algo. Llamamos a la muestra “La Biblioteca Cepedana”. Curiosamente, todos los escritos son del siglo XX, aunque los más nacionalistas no dudarían en incluir en el listado a Teresa de Cepeda, Santa Teresa, mujer oriunda del territorio, descendiente de los señores de La Cepeda... alguno de los cuales se trasladó a Tordesillas, rama de la que nació la santa.

Siguiendo el listado de gentes que se incluían en aquella exposición –ordenadas por listado alfabético- nos encontraríamos:

Cayetano Álvarez Bardón
Cuentos en Dialecto Leonés

Amando Álvarez
Algunos diccionarios de Cepedano

Ana María Álvarez Silván
Con diversos escritos en materia médica

Angel Francisco Casado
Poeta y cantautor

Angel González Álvarez
Filosofía

Antonio García Álvarez
Sobre temas del territorio y la cultura leonesa

Antonio Natal Álvarez
Cultura Cepedana, filosofía y literatura

Armando Ramos García
Temas educativos y análisis de la zona(emigración)

Astor Brime (Generoso García Castrillo)
Poesía religiosa

Emilio Redondo García
Sobre Educación, Historia y pedagogía

Eugenio de Nora
Poesía y crítica literaria

Francisco Blanco
Temas religiosos

Germán Suárez Blanco
Temas de literatura y cuentos

Gumersindo García Cabeza
Temas locales y poesía en cepedano

Jose María Arias Cabezas
Matemática e informática

Jose María García Álvarez
Sobre historia de orígenes en Valdemagaz

Juan José Domínguez
Novela

Laurentino García García

Ensayos, temas Pompeya

Máximo Álvarez Rodríguez
Temas sociales, religiosos y costumbres

Máximo Carracedo
Historia

Omar Alvarado
Novela

Segundo García Cabezas
Temas religiosos

Rafael Paz Fernández
Novela y salud

Ricardo Magaz
Novela, ensayo y cuento

Rogelio Blanco Martínez
Ensayo y filosofía

Santiago Somoza
Poesía

Tomás Álvarez
Novela, viajes y ensayo

Y además contamos con otros como



Emilio Redondo
Historias de la comarca

Gregorio Natal
Filosofía

Pues en este colectivo humano se pueden ver numerosos rastros de un paisaje físico y humano.

Eugenio de Nora tiene en el paisaje cepedano una veta fundamental de su creación. Los recuerdos de su infancia van trenzados entre sus poemas. Son recuerdos de la esencia de las cosas, el aire, la luz, el agua, las viñas o la hierba, vislumbrados con una nitidez asombrosa, que siempre llevó consigo, la nitidez de unos ojos de niño:

Recordaré primero
lo que mis ojos vieron en la aurora
un cielo azul y un río profundo...

Habría que hacer un repaso a la existencia de Eugenio para comprender mejor esa veta natural.

Nació en 1923 en Zacos, en plena comarca, en uno de esos pueblos ubicados a la vera de un río umbroso y entre prados, huertas y bosques de chopo o roble...

Pero con nueve años marchó a León, y casi de niño vivió momentos difíciles de la República; vio como los nacionales requisaban el taller de su padre, conoció como moría asesinado algún vecino y la desaparición de profesores...

Escritor precoz, acusó ese trauma en sus versos, y protestó, con pasión, asumiendo un compromiso político. Con 26 años ya había dejado España y estaba en Berna.

Es injusto ver en Nora sólo a un poeta social, porque es un gran poeta del amor y del paisaje. Frente al desasosiego, al drama y la agresión, la belleza del paisaje y del amor. Y como contrapunto al horror... la infancia, el paisaje querido, de sencillos valles fluviales y secanos donde surge el prodigio de las uvas, frescas y carnales.

Su mundo interior rememora al río, como recuerdo y como metáfora. Pero además el río está en su paraíso de infancia, un paisaje de río, álamos y agua, un paisaje que describe con una paleta impresionista:

Y en el río se tienden, se ondulan, se dilatan,
se enredan con el agua.
Y en el fondo, la copa,
sostiene nubes blancas
que en el agua se pierden


Un inmenso afecto a la tierra teñirá siempre sus palabras. En Viñas sedientas, describe los viñedos que tenía que cruzar entre Zacos y Villamejil cuando iba a ver a sus abuelos. Dice:

Mucho amo,
con mi ternura antigua,
esta tierra tan seca: limpia y áspera,
y humilde como el alma,
¡Tierra mía del anhelo!

Y siempre definirá sus emociones en función del paisaje, aún en los versos más ásperos

aún pasa el agua del río
y mi corazón con ella

La Asociación Rey Ordoño I publicó el pasado año un libro Recorridos por la Cepeda, que es un magnífico trabajo para detectar la sensibilidad colectiva de los intelectuales cepedanos ante el paisaje.

Hay páginas magníficas, como la de Juanjo Domínguez cuando describe el cauce del Samario, con un texto que tiene un colorido que nos recuerda a los mejores paisajistas, y que se detiene en el detalle preciso, en los tonos de las libélulas o de los helechos del que llama Río de los Secretos.

Frente a la rebosante alegría del paisaje, de este novelista avecindado en Pamplona, Rogelio Blanco, en el mismo libro, habla con dolor del paisaje de Morriondo, en el que lamenta la escasez de un río que no ha logrado saciar la sed de los campos, en los que trabajaban habitantes de la ensoñación y conseguidores de pobreza.

Para Rogelio Blanco, el río carga las culpas de la emigración: las gentes cansadas de esperar, huyen

Y hablando de huida, otro cepedano que ha escrito bastante –y sobre todo traducido- es Armando Ramos, quien ha recorrido los pueblos de Valdemagaz, preguntando puerta por puerta dónde están los que fueron y ha hecho un libro interesante por lo que tiene de documento para que en los siglos venideros se conozca la Peste Negra que ha despoblado el territorio.

Humildemente, esa peste negra, tiene algunas claves en mi novela El canto del alcaraván, que arranca en el momento en que dos muchachos deciden abandonar el lugar a iniciar en Madrid un nuevo destino, como hicieron millares de muchachos campesinos que marcharon a entregar sus brazos para mover la maquinaria de la industria global.

Y paro aquí la descripción. Muchos de esos cepedanos participan todos los años en encuentros poéticos o en libros surgidos en nuestro ámbito. Si miráis en índice de autores veréis que casi todos residen fuera, y que siguen mirando este territorio desde lejos como lo vio Eugenio de Nora, con una mezcla de amor y de añoranza:

Y en el aire había aire
azul, vencejos y palomas,
y mucho más una alegría
de tallos tiernos y amapolas.

Pero en el aire de La Cepeda hay algo más que los tonos vivos de Nora; está el vacío de las ausencias.

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