El milagro de Conques

Conques es un milagro. El viajero que llega allí, después de recorrer sinuosas carreteras de las estribaciones del Macizo Central francés, tiene la sensación de que acaba de pasar, por alguna puerta invisible, a un mundo lejano en el tiempo.

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Relato de viaje a El milagro de Conques

Viaje al pasado

Conques es un milagro. El viajero que llega allí, después de recorrer sinuosas carreteras de las estribaciones del Macizo Central francés, tiene la sensación de que acaba de pasar, por alguna puerta invisible, a un mundo lejano en el tiempo.

Todo Conques sabe a historia.

El visitante debe dejar el automóvil –obligatoriamente- antes de entrar al lugar. Luego caminará sin prisas junto a las casas de factura tradicional, la mayoría con entramados de madera; podrá entrar en algún taller artesanal que abre sus puertas para gozo del transeúnte, y curioseará en los establecimientos turísticos que tienen, en general, un aire respetuoso con la estética.

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En Conques el tiempo parece detenido. Un detalle lo corrobora: ¡Allí no hay ningún cajero automático!

A medida que se penetra en el lugar, la sensación de alegría se reafirma. A la belleza del conjunto urbano se añada un marco paisajístico sumamente atractivo.

Y el gozo del viajero alcanza su plenitud cuando se halla ante la fachada de la histórica abadía que dio fama al lugar.

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La Abadía de Santa Fe de Conques es del siglo XI y XII, aunque en ella hay también obra del XIV y aún del XIX, cuando fueron sobrelevadas las torres de la portada del templo.

    

Un retablo inimaginable

La austera portada tiene uno de los grandes tesoros del románico del sur de Francia.

El tímpano, asentado sobre un fuerte parteluz, es una de las más originales creaciones del románico del siglo XII. Se asemeja a una página de un cómic semicircular, ante el que los peregrinos de todos los tiempos no podían dejar de sorprenderse.

La piedra calcárea amarillenta –que adquiere aún mejores tonalidades en el atardecer- estuvo antaño recubierta de color, para dar aún mayor viveza a este reportaje en el que aparecen 124 personajes.

Un retablo en piedra. guiarte.com. Copyright

Tres bandas escritas separan en otros tantos niveles las viñetas de este magnífico documento en piedra. En el centro aparece, sentado sobre el trono de la Gloria, un Cristo de cuerpo vigoroso y rostro sereno, con el brazo derecho alzado y la mano abierta, en tal actitud que parece saludar al espectador.

En el registro superior, a ambos extremos, sendos ángeles hacen sonar cuernos para avisar del día del Juicio. Entre ellos, otros dos ángeles sostienen en alto la cruz.

En el registro mediano, a la derecha del Salvador, se ve un cortejo de bienaventurados que se acerca al Señor. Entre ellos se aprecia a la Virgen y a San Pedro. En el cortejo también avanza Carlomagno, benefactor de la Abadía. Al otro lado, ángeles armados impiden el acceso a una turba densa de condenados, en las que hay diversas tipologías de pecadores.

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En el registro inferior, en el centro, en una pequeña franja triangular está el pesado de las almas.

Hacia la izquierda van los justos, a la derecha los condenados; en el extremo izquierdo de esta franja, la mano divina bendice a Santa Fe. Debajo de estas escenas aparecen las criaturas de la Jerusalén celestial gozando de la Gloria, a la que van accediendo nuevos seres.

Tal vez el registro más espeluznante está al otro lado, donde un demonio empuja a los condenados a las fauces de un horrendo Leviatán.

El rostro del devorador aparece a través de una puerta, de la que se ven los goznes y fallebas. En el interior del infierno todo es drama: cuerpos arrojados a las llamas seres atacados por monstruos y serpientes...

    

El latrocinio piadoso

Relicario de Santa Fe. guiarte.com. Copyright

San Martín de Tours, San Marcial de Limoges, San Sernín, de Toulouse, la catedral de Santiago de Compostela y esta iglesia de Conques han sido los prototipos de del románico de peregrinación, con cabecera dotada de una girola y capillas radiales; una estructura que permitía la celebración de la misa en el centro del templo y –a la par- el deambular de los peregrinos que se interesaban específicamente por las reliquias atesoradas allí.

El templo de Conques sorprende gratamente. Es un románico especialmente airoso, merced a la altura de las naves; el amplio crucero y la girola.

El poderío de esta abadía surgió a partir del año 880, cuando una pobre comunidad de monjes concibió un robo histórico y piadoso. Lograron sustraer de un monasterio de Agen las reliquias de una mártir cristiana del siglo III: Santa Fe.

A partir de entonces, se divulgaron por la cristiandad los hechos milagrosos de las santas reliquias de Conques, y éste lugar se trasformó en un centro célebre, clave en una de las vías hacia Santiago de Compostela.

La Abadía abordó sucesivas ampliaciones. El abad Odolrico(1030-60) emprendió las obras románicas en el siglo XI, aunque en el edificio se siguió trabajando en el siglo siguiente, cuando se hizo el tímpano de la portada, de un estilo en el que se aprecia a veces una fresca ingenuidad y sobre todo una magnífica distribución, similar a la de una página moderna de viñetas.

     

Un tesoro sorprendente

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De Conques hay que destacar otro elemento excepcional: el tesoro

Se trata sin duda del tesoro religioso más representativo del medievo francés. Cuenta con piezas únicas en la historia del arte.

Entre los elementos destaca en primer lugar la estatua relicario de la Santa Fe. Se trata de una pieza importantísima. El interior es de madera y está recubierta totalmente de oro, plata y joyas de distinta época, ubicadas allí desde el siglo X al XV.

La cabeza podría ser una máscara galoromana. Se ha dicho que pudiera tratarse también de la máscara funeraria de un emperador romano.

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Son notables los esmaltes de la corona y valiosísima la colección de piedras: esmeraldas, rubíes, zafiros, topacios, ópalos, cornalinas... Tiene varios camafeos y se identifican materiales del bajo imperio romano, bizantinos y carolingios.

El relicario de Pipino es también bellísimo. Es obra del VIII o del IX, con el interior de madera y el exterior de oro y piedras preciosas, alguna incluso identificada como de procedencia persa. Magníficos trabajos de filigranas.

Otra pieza sorprendente es la llamada A de Carlomagno, de madera y cubierta de plata sobredorada y con esmaltes. Pudo ser donación de Carlomagno, retocada por diferentes abades.

No es de extrañar tanta riqueza y lujo. Conques fue en el medievo –antes de Limoges- el principal centro de producción de esmaltes.

En el aire de Conques se detectan tiempos de fe, rumores de historia.