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Plantas navideñas tradicionales

Germán Suárez Blanco/Guiarte.com. 27/11/2016

En la cultura marcadamente rural de los siglos pasados, nuestros antepasados se sentirían sorprendidos, al ver, en los campos desnudos de los bosques caducifolios, en los paisajes de invernales de hielo y nieve, la pervivencia de plantas que mantenían el verdor.

Aparte de las coníferas, varias plantas no cultivadas por su interés económico llamaron la atención de nuestros campesinos: el acebo, el muérdago y la hiedra. Estas tres, junto con el musgo, recogido en los techos de paja de las casas, que, a final de Navidades con el calorcillo del templo, se convertía en un verde prado, eran para nosotros, niños de mediados del pasado siglo, importantes componentes a la hora de instalar el Portal de Belén en la iglesia.

El acebo.

El acebo destacaba en el bosque por sus hojas, de un verde brillante intenso, representando el poder de la vida en medio de la mortal desolación del solsticio de invierno. Además, sus bayas de color rojo intenso se identificaban con la sangre de los sacrificios. Las espinas que orlan sus hojas son una defensa, no sólo contra las fieras que acechan, sino también contra los malos espíritus. Su porte arrogante y erguido se asocia a la buena fortuna.

En algunos pueblos del norte como el lugar donde nací -Villarmeriel (León)- no sólo se utilizaba el acebo en Navidad; también era planta del domingo de Ramos.

Para proporcionar una rama verde a cada uno de los feligreses que procesionaban en la misa del Domingo de Ramos, la semana anterior se subastaba a la baja la tarea de recogida de los ramos, es decir, la labor de subir a lo más alto de la sierra, trasponer la cumbre y descender por la cara norte hasta donde se criaban las mejores matas de acebo. Allí los dos muchachos que se habían ofrecido a recoger los ramos, por menor precio cortaban un par de feijes (haces) de varas, que cargaban al hombro para transportarlos hasta el portal de la iglesia, donde cada fiel cogería un ramo para su bendición antes de la misa. Luego, ese ramo se colocaría a la entrada de la casa como protección contra los rayos y centellas, quemándose en el fuego del llar algunas de sus hojas si los truenos eran estremecedores.

El muérdago

El muérdago llamaba poderosamente la atención del campesino por el verdor de sus carnosas hojas y la blancura de sus brillantes bayas símbolo del primer amor adolescente, y además por su parasitismo, ya que no es planta del cielo ni de la tierra, pues sus raíces no tocan nunca el suelo ni es capaz de vivir en el aire como las siemprevivas, lo que le confiere poderes mágicos. Además de servir de adorno en el Belén, se le suponían fantásticas virtudes: proteger de los rayos, de la maldad y de las enfermedades, ayudar a las mujeres a la concepción, curar heridas, conseguir la aceptación de la persona amada etc. etc.

El muérdago es el símbolo del amor eterno, pues cuando coloniza un árbol es muy difícil de eliminar. Una ramita de muérdago, arrancada (no cortada) de la planta y que nunca hubiese tocado el suelo, se colocaba en el dintel de la puerta, dentro de los armarios, o se llevaba como amuleto dentro de la cartera.

Por otra parte, en cuanto es una plaga que debilita, haciéndolas improductivas, e incluso mata las plantaciones de manzanos, también se consideraba al muérdago como un elemento negativo, al igual que los genijos, las curriyuelas, las magarzas, las ortigas, las gatiñas, los feleches, las zarzas, etc., y también la hiedra, de la que hablaremos ahora.

La hiedra

La hiedra, con sus hojas de un verdor brillante en medio de la blancura de la nieve y sus bayas negras, llama poderosamente la atención de nuestros campesinos. Por cuanto, además de hundir sus raícen en la tierra, parasita los muros o los árboles por los que trepa, absorbiendo sus jugos vitales hasta secarlos, y participa de las propiedades mágicas. Es considerada un elemento femenino y negativo por lo intrincado de su follaje que hace muy difícil desenvolverse en ella.

Nuestros campesinos no le sacaban otra utilidad que la de servir como albardilla encima de las tapias de sus huertos y colmenares para dificultar su escalada. Por tanto era una “mala hierba”. Sus bayas, de color verde cuando se forman y negro cuando han madurado y son muy venenosas, pueden provocar vómitos, dolores, cólicos, trastornos nerviosos, y resultar abortivas. La ingestión de dos o tres frutos produce síntomas de intoxicación en niños (náuseas, vómitos, excitación); el consumo de 10-12 frutos puede causar la muerte por colapso respiratorio

Pero, además de ser una planta muy bella, esconde entre sus ramas y entre sus grandes hojas mucha magia: en esa semioscuridad, hay un mundo burbujeante para los pequeños animales, quizá porque sus ramas les ayudan a camuflarse y construyen túneles por donde transitan e incluso establecen sus nidos y guaridas

Por su hoja perenne, se asocia con la inmortalidad del espíritu y por esa razón es para algunas culturas una planta sagrada, por ejemplo para la cultura minoica y para los celtas. Será un puente entre el mundo de las hadas, que danzan algunas noches entre sus ramas o brillan tenues en el intrincado laberinto que forman sus hojas, y el mundo de los seres humanos temerosos y crédulos.

Musgo para el Belén. Musgos y helechos en una cavidad rocosa de La Silva, en la montaña leonesa. Imagen de Guiarte.com

Musgo para el Belén. Musgos y helechos en una cavidad rocosa de La Silva, en la montaña leonesa. Imagen de Guiarte.com

El acebo, otra planta clásica de la Navidad e incluso de la Semana Santa tradicional del norte de España. Imagen de Guiarte.com

El acebo, otra planta clásica de la Navidad e incluso de la Semana Santa tradicional del norte de España. Imagen de Guiarte.com

La hiedra, planta sagrada en la cultura céltica, también se empleó tradicionalmente en los belenes del norte de España. Hiedra abrazando una vieja ermita. Imagen de Guiarte.com

La hiedra, planta sagrada en la cultura céltica, también se empleó tradicionalmente en los belenes del norte de España. Hiedra abrazando una vieja ermita. Imagen de Guiarte.com

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