Lisboa, corazón de un imperio

Lisboa es una ciudad llena de encanto, una urbe repleta de historia, de color, de sabor… una ciudad capaz de enamorar a cualquier viajero.

La Gloria otorga sendas coronas de laurel a la Virtud y el Valor. Estatuas de la Plaza del Comercio de Lisboa. Imagen de Beatriz Álvarez para Guiarte.com

El primer ingrediente que contribuye a hacer especialmente atractiva a la capital portuguesa es su enclave. Ubicada en el estuario del Tajo, esparcida sobre colinas, su imagen tiene un encanto distinto en cada barrio. A ello se añade un entorno de gran atractivo y bien comunicado. Desde el mismo centro urbano el ferrocarril suburbano nos acerca en apenas media hora a lugares magníficos como Estoril o Sintra que complementan el encanto lisboeta.

El segundo ingrediente es el color. Lisboa tiene una luminosidad especial. En la plaza del Comercio la blancura del monumento central y la gran arcada contrasta con el amarillo albero de los edificios circundantes y el mechón verde del entorno del castillo de San Jorge, mientras la planicie de piedra clara de la plaza se contrapone con el azul plata del Mar de la Paja. En el casco urbano destacan los blancos entre los tonos apastelados de palacios y nobles edificios, mezclados con el brillo de los azulejos o los grises amarronados de los desconchones, mientras los autobuses y tranvías ruidosos y de tonalidades vivas circulan por calles empinadas, por las que aparecen perspectivas con el rojo de las techumbres o los azules del mar…

Otro ingrediente es el clima, dulce, beneficiado de una orografía que limita los vientos, una orientación hacia el sur que propicia la solana y un mar océano que dulcifica los rigores de las estaciones. Lisboa es una ciudad agradable en cualquier época del año, aunque en especial durante la primavera y el otoño.

Lisboa no es opresiva, como puede serlo para algunos espíritus la densidad de historia y arte de Roma o los volúmenes de cemento de Nueva York. Lisboa es provinciana, dulce y romántica. A ello ayuda el saberla capital de un imperio que ya no existe sino en los libros de historia y el conocer su infortunio, el de 1755, que se llevó por delante los mayores edificios de la urbe y casi la mitad de la población. Hablaremos de la triste historia de los terremotos de Lisboa en otro capítulo de esta guía, el de la Historia.

…Y es música, nostalgia de fado. Y literatura universal. Imposible recorrer sus calles sin recordar a Saramago, Pessoa o Camoes, quien definió a Lisboa con la princesa de las ciudades del mundo.

Vista desde el mirador de Santa Justa. Al fondo el castillo de San Jorge. Imagen de Beatriz Álvarez para Guiarte.com

Todo, el olor de las pastelerías y cafés, el aspecto antiguo de sus restaurantes, el bullicio tranviario, el aire decadente de muchos de sus edificios, nos propicia un sentimiento de autenticidad a la par que nos habla de historia y eternidad.

El terremoto de 1775 arruinó gran parte de su vigor artístico, pero aun así, la ciudad conserva interesantes obras de arquitectura esparcidas por una geografía urbana que alberga en su distrito unos 700.000 habitantes y que alcanza los 2.000.000 contando con la conurbación.

El punto de arranque para la visita podría ser la Plaza del Comercio. Detrás está la Baixa, una teoría de calles rectilíneas resultado de la reconstrucción de la ciudad tras el gran desastre del siglo XVIII. A un lado y otro de la Baixa se hallan los barrios de Alfama (este) y Chiado (oeste). Siguiendo por la rúa Augusta, se alcanza Rossio, plaza de dom Pedro IV, corazón de la ciudad. Poco más adelante está Restauradores, inicio de la gran avenida da Liberdade que nos conduce a otra excelente zona de jardines y museos.

Perpendicular a esta especie de este “cardo maximus” de la urbe, está el “decumanus” de la costanera. En el este se hallaría el Parque de las Naciones, donde se celebró la Expo Universal del 98, que presenta diversos atractivos, entre ellos el “oceanario”, en tanto que en el oeste se despliega un punto de visita obligada, el barrio de Belem con el monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém, monumentos incluidos en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Lisboa es mucho más. Para descubrirlo hay que pasear la urbe, detenerse en sus iglesias, subirse a los tranvías y autobuses, tomarse unos pasteles de nata sentado en alguna de las plazas o acudir a un restaurante popular para disfrutar de un plato de bacalao o de unas sardinas asadas. Las sardinas son un icono de Lisboa, un icono humilde para la capital de un imperio perdido.

Tranvías en la plaza del Comercio. Imagen de Beatriz Álvarez para Guiarte.com
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Información general de Lisboa: albero y café

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