Éste es uno de esos parajes que siempre tuvieron que ser venerados por su hermosura, donde el ser humano se siente empequeñecido por el entorno. No es extraño que siga teniendo hoy un carácter religioso.
La primera vez que llegué por aquí, desconocedor del lugar, tuve una experiencia fuera de lo normal. Atardecía; el sol ya se había escondido por el occidente y la quietud era total. Hasta los pájaros parecían cesar ya en sus cánticos. No había visto a nadie en el camino.
Cuando llegué ante el desfiladero, me sorprendí al escuchar unos cánticos en latín. Sonaban magníficos y misteriosos. Miré hacia la derecha, hacia la izquierda; escruté los riscos... y por un momento me sentí burlado y atemorizado por aquellas hermosas voces que salían de no sabía dónde.
Estuve varios minutos paralizado por la intriga, y esta se resolvió cuando vi descender por las escaleras que conducían a la cueva –entonces menos visibles que ahora- a un grupito de media docena de personas que habían acudido al lugar para cantarle a la reina de esta montaña bella y misteriosa.
Este lugar, aún sin cánticos, sigue siendo especial.
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