Al sur, Gijón parece un lagarto gigantesco que descansa, desmadejadamente, sobre un paisaje en el que se funde el verdor de Asturias con el azul del Cantábrico.
Gijón necesita a ese Dios protector que dirija su futuro. No tiene la ciudad ni la tradición aristocrática de urbes costeras cercanas como San Sebastián ni Santander; ni siquiera el de La Coruña, que frecuentaba el dictador Francisco Franco en sus veraneos.
Tampoco tiene Gijón el sabor artístico de la cercana Oviedo, donde perviven destacados templos medievales al lado de residencias palaciegas de notable interés, en una urbe apacible, a la medida del hombre.
Pero Gijón tiene la sencillez, la humildad y el mar; ese mar por donde llegaron piratas y comerciantes, y que hoy la trae rentabilidad merced a la actividad portuaria y al turismo.
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