Berlín, ciudad de contrastes

Una ciudad llena de contrastes, recorrida de la mano de un guía excepcional.


Estatua de un guerrero en la entrada al Palacio de Charlottenburg. ©Deutsche Zentrale für Tourismus/Rainer Kiedrowski.

La viajera regresa a la capital de Alemania después de siete años y se encuentra con una ciudad en plena efervescencia. El horizonte está plagado de grúas, las calles de obras, los solares con nuevos edificios acristalados, audaces en su diseño.

Ante la vista aparecen hermosas plazas rescatadas a la desidia y al olvido en el Berlín Este y edificios imponentes de carteles y luz en el Berlín Occidental: como nexo, el rio y el nudo de comunicaciones que supone la nueva estación.

Todo pone de manifiesto la voluntad inquebrantable de un pueblo que ha sabido una y otra vez levantarse sobre sus cenizas y ha dejado limpias, pero señaladas, sus heridas para que las cicatrices impidan el olvido. 

Medusa en el AquaDom & SEA LIFE de Berlín © SEA LIFE Deutschland GmbH

De todo encuentra la viajera: ballet con coreografía de Nacho Duato y en la cena bailes de salón divertidos y alegres. Este pueblo ama sin duda la música, piensa de nuevo cuando asiste en una iglesia protestante a un excelente concierto de Bach en el que conoce a unos viajeros catalanes con tanta preparación como curiosidad y bagaje que han recorrido gran parte del mundo, pero siguen sorprendiéndose ante un patio judío o una tienda de mosaicos y que escuchan con atención al guía que nos va mostrando esos contraste que hacen única esta ciudad: museos espectaculares, que albergan junto a Nefertiti, obras de arte alternativo, esculturas clásicas que comparten su belleza con diseños atrevidos y futuristas, edificios singulares alternado con la rehabilitación de palacios barrocos, y todo contado con pasión por alguien que de verdad conoce y ama esta gran urbe, y sus pequeños rincones, los restaurantes donde encuentra a famosos actores o embajadores de los países nórdicos. 

Embarcación de turismo ante el edificio Marie-Elisabeth Lüders. © Deutsche Zentrale für Tourismus e.V.

Es impactante descubrir una cárcel donde fueron torturados los que no aceptaron el nazismo o el monumento tan sencillo y a la vez emocionante en recuerdo de los gitanos asesinados a millares por los nazis; y el de los judíos, dos mil setecientas once estelas grises, irregulares en su tamaño y disposición que trasmiten soledad y angustia.

Mientras el guía muestra donde vivió Hitler y su bunker, la viajera escucha aterrada las explicaciones de cómo las mujeres alemanas tiraban al rio a sus hijos recién nacidos… después de la guerra.
Hijos nacidos de la humillación, la tortura, la violación y el miedo.

Según cuenta el guía, cuando llegaron a Berlín los rusos violaron a muchas mujeres, como lo hicieron también americanos, ingleses y franceses. Los liberadores se tomaban su botín de guerra. 

Busto de la reina Nefertiti. Dinastía 18, Amarna, Egipto, hacia 1340 a.C. © Staatliche Museen zu Berlin, Ägyptisches Museum und Papyrussammlung / Sandra Steiß

La nausea se apodera de la viajera que una vez más piensa que toda guerra no es sino una ignominia y pide irse de nuevo a ver esas hermosas alas que embellecen la embajada de México y que nos hablan de ese otro Berlín el que tiene que ver con el cine, con la belleza, con los sueños y la solidaridad.

Nefertiti espera en el Museo, acompañada de su marido que quiso, sin lograrlo, dejar un solo dios a su gente. No lo consintieron los sacerdotes y pagó con su vida tal atrevimiento. Allí a su lado se guarda un documento extraordinario: un contrato matrimonial de hace 15 siglos en el que se determinan más justa y pormenorizadamente que hoy los detalles de una separación si es que no hay entendimiento: Si ella se va, dice el texto, se le devuelve la dote y no se le hace daño aunque el marido la encuentre con otro. Y lo mismo en el caso contrario. No se dañara a ninguno de ellos.

Y otra vez la tristeza atenaza el corazón de la viajera cuando recuerda lo que le dijeron esta mañana: cuatro mujeres muertas esta semana en su patria, España, a manos de sus maridos o parejas. Hace 15 siglos la sociedad egipcia era en algunos aspectos más avanzada que la nuestra. 

Konzerthaus y monumento a Schiller en la plaza Gendarmenmarkt ©Deutsche Zentrale für Tourismus/ Andrew Cowin

Pero dejamos la tristeza y nos unimos al pueblo alemán que celebra la Reunificación, la ruptura de ese Muro que tantas lágrimas y vidas costó. Están en la calle, cantando, comiendo y bebiendo cerveza, tomando el sol, luminoso y alegre como ellos. Nos unimos a su fiesta y recordamos a Eva y a su hermana separadas durante 25 años, que han ido a celebrarlo y estarán tomado un exquisito pastel de arándanos, pues unen a su cultura e inteligencia unas grandes dotes de cocineras.

El guía comparte con nosotros una librería magnifica, llena de libros, música y un jardín colgante, toda ella presidida por una gran Esfinge. Allí entre los libros españoles encontramos al escritor y poeta Manuel Rivas y eso nos alegra la tarde. Luego decidimos ir a pasear bajo los tilos y sumarnos a la fiesta tomando exquisita cerveza y reunificándonos con un pueblo capaz de levantarse, integrar y trabajar cada día para reconstruir un país y una ciudad, Berlín, que lo abarca todo, lo acoge todo y que muestra su belleza y su fuerza, su tristeza y sus cicatrices, la pobreza y el esplendor, a quienes quieran venir a visitarla.

En un Berlín luminoso y alegre un día de octubre del año 2015. 

Science Center Spectrum. Deutsches Technikmuseum
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